"En la
dialéctica del amo y el esclavo se resume tal vez el trascendental impacto
de la película, sobre todo en el sentido en que Marx y Freud entendieron
el mensaje hegeliano: no podemos esperar nada de la gracia de Dios ni
de aquellos que ejercen el poder en nombre de Dios o de otros; la verdadera
emancipación del hombre, ya sea física o espiritual, dependerá siempre
de aquellos que han padecido y vencido cualquier forma de esclavitud.
A juzgar por La última cena, de Gutiérrez Alea, la lección revolucionaria
de Hegel no será olvidada en Cuba."
Dennis West, The Western Journal of Black Studies, Indianápolis,
1979.
"Si pretendemos
que el cine cumpla en alguna medida una función social productiva -y
en nuestro caso en medio de la sociedad que estamos construyendo esa
función es tanto más productiva cuanto más alcanza a incitar al espectador
a una participación activa en la vida social-, el lenguaje empleado
debe estar condicionado, como premisa elemental, por su capacidad para
establecer una comunicación eficaz. Claro que esto no debe condenarnos
a marchar por los estrechos márgenes que conducen a la simplificación
o a la banalidad sólo porque en ese nivel no se corren riesgos de incomunicabilidad."
Tomás Gutiérrez Alea en "La última cena, el cine y la historia",
entrevista de Gerardo Chijona, Cine Cubano # 93, 1978.
"La última
cena, filme premiado en siete festivales de Europa y América, es un
exponente artístico del Tercer Mundo, ejemplo de un cine serio y comprometido,
brillante en su clásico diseño y vigoroso en su penetrante mensaje revolucionario.
[...] Más que la simple historia de una rebelión, La última cena es
una especie de virulenta antiparábola, preñada de significados latentes
en imágenes de una pagana austeridad."
Carlos Alberto de Mattos, Tribuna da Impresa, Río de Janeiro, 1980.
"El filme
[La última cena] se ha convertido en una de las obras más premiadas
de la cinematografía cubana de este año, y su último premio lo acaba
de obtener en el Festival Internacional de Cine de Chicago; sin duda,
su secuencia de la cena, entre el conde y los esclavos -con cincuenta
minutos de duración-, quedará como uno de los ejercicios estilísticos
más brillantes de la historia del cine."
Diego Galán, El País, Madrid, 1977.
"Dramatizar
un discurso filosófico en la pantalla es difícil empeño, y hay que acreditar
a Gutiérrez Alea el mérito de no permitir -salvo en contadas ocasiones-
que la película caiga en secuencias estáticas; en general, la naturaleza
provocativa de su trama, la riqueza de su estilo y su humor permanente
logran acaparar nuestra atención."
B. Ruby Rich, The Reader, Chicago, 1978.
"Me sorprendí
escuchando el diálogo con la misma ansiedad con que se escucha un proceso
criminal, cuando la vida depende de las palabras y los argumentos que
se esgriman. Esa fuerza que transmite el filme, poniendo en tensión
los músculos, emana de una serie de contradicciones: caridad cristiana
contra opresión clasista, dogma contra sentimiento, ilusión contra realidad.
Raras veces las ideas y los actos se encuentran tan estrechamente unidos
en una película."
Terry Cannon, Daily World, Nueva York, 1978.
"[La secuencia
de la cena] es brillante, el momento en que el conde de blanca peluca
-interpretado con una espléndida mezcla de humildad y arrogancia por
Nelson Villagra- ve, por primera vez, a sus esclavos como seres humanos
y se siente retado, atraído y repelido por ellos. Aún más notable e
inesperado en una película cubana es el candor y el humor con que se
revela la vida africana de los esclavos: el rey que vende a sus hermanos
hasta que le llega su hora, el canibalismo, la explotación interna entre
los propios africanos. Esa escena, que pulsa el viraje decisivo de la
suerte y las mezquinas actitudes del conde, tiene caracterizaciones
tan memorables como las de la "última cena" de Viridiana, la película
de Luis Buñuel."
Judy Stone, San Francisco Chronicle, 1978.
"El filme
nos obliga a reflexionar en torno al cristianismo, la política y las
polémicas, lo que es raro en un filme. El hecho de que la película -fotografiada
por Mario García Joya- sea tan pasmosamente bella, es uno de los tantos
imprevistos de este obsequio." Penelope Gilliat, The New Yorker, 1978.
"La última cena es un bombazo, un manifiesto poético contra la esclavitud,
con una pasión casi mística por la libertad. Tomás Gutiérrez Alea es
uno de los más importantes directores del mundo actual." Peter Rainer,
Mademoiselle, Nueva York, 1978.
"Una vez
más el cubano Tomás Gutiérrez Alea, aclamado por su maestría en Memorias
del subdesarrollo, ha realizado una película notable -en este caso,
desgarradora y colérica-, que lo sitúa entre los primeros cineastas
del mundo."
Kevin Thomas, Los Angeles Times, 1978.
"La fuerza
poética de las imágenes se descarga contra la iniquidad de un sistema
-colonialista y esclavista- que escarnece los valores humanos y morales.
Con su grandeza trágica, el filme nos habla de la necesidad de extirpar
las raíces malignas del pasado." Jacques Siclier, Le Monde, París, 1983.
"Nadie que viera La última cena o las adaptaciones de Nadine Gordimer
en Durban y Ciudad del Cabo -para no hablar de Umlazi- pudo escapar
a la impresión de que se había descorrido un velo en la conciencia de
muchos de los espectadores."
Derek Malcolm, The New Republic, Nueva York, 1983.