El principio
del diablo es seducir. Síntoma inequívoco
de falta de poder. Nunca están garantizados los
resultados. Uno puede desplegar todos sus encantos e impartir
fulgores y promesas. La víctima, frecuentemente,
logra escabullirse con un desplante de virtud y el empeño
ha resultado baldío. Por otra parte, hoy en día,
no cotiza el alma ni en la bolsa ni en la vida. Más
vale aliarse con Dios y cometer todas las tropelías
en su nombre.
G. S.
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