No pararé
hasta que la historia de Adán y Eva se nos cuente
desde la perspectiva de la manzana. ¿Qué
sintió cuando la mordieron? ¿Qué
le pasó después? ¡A ella qué
le importaba esa historia del pecado original! Un asunto
de pareja, Dios mediante, en el que mejor no inmiscuirse,
salvo ser serpiente y pagar el pato. Pero, ¿y la
manzana qué? Ella carecía de toda intención
maligna. Se limitaba a colgar del árbol, de la
sabiduría por supuesto. ¿Hay algún
árbol tonto? ¡Cómo no va a ser sabio
algo que se limita a nacer y crecer! Pero a ella la mordieron,
¡vive el cielo! Se llevó, sin merecerlo,
el primer dolor. Y además, después, otros
vinieron y mordieron en la impunidad y el pecado dejó
de ser original. Yo le hubiera evitado el dolor a la manzana,
mordiendo directamente a Eva en una nalga.
G. S.
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