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Recogí
a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida.
Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería
de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad
y convirtió al vagabundo en una bella princesa.
Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me
desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y
comprendí que Dios nos premia con los sueños
y nos castiga con la realidad.
G. S.
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