Una noche
me desperté y yo no era yo. Era mejor. No sólo
más alto y más guapo, por supuesto, sino
incluso más noble e inteligente. Pensé que
era sólo un sueño, pero lo asumí.
Me convenía. Aunque el mundo, desde esa perspectiva,
resultara, si cabe, mucho peor. Desde entonces, sin embargo,
no he vuelto a dormir. Por temor a que en sueños
vuelva a ser el que fui.
G. S.
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