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El otro
día me cito una mujer en su casa. Abrí la
puerta y abrió las piernas. Fue una bonita manera
de decirme "hola". Pero fingí no advertirlo.
Me asomé a la ventana. Había un hombre vestido
de luto en la acera. Era el hombre más oscuro que
había visto en mi vida a la luz del sol. No presagiaba,
por supuesto, nada bueno.
- ¿Lo conoces? -le pregunté.
- No -me mintió. Y sonrió. Tenía
tres cosas irresistibles. La voz, los labios y la mirada
miope tras los cristales de las gafas. Pero también
me gustaba lo demás. Y cuando, al fin, la tomé
en mis brazos, el hombre oscuro irrumpió en la
habitación y me mató a balazos. Al parecer,
ella siempre lo hacía así. Era una manera
como otra cualquiera de proporcionarle la mayor intensidad
al orgasmo y sin verse involucrada en compromisos sentimentales
después.
G. S.
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