Un dragón
estaba triste porque nadie creía en él.
Cuando echaba bocanadas de fuego, los humanos aprovechaban
para encender sus cigarrillos. Y cuando raptaba doncellas,
nadie se molestaba en salvarlas. Tenía su guarida
llena de doncellas y no sabía qué hacer
con ellas.
Un buen día, el dragón triste se encontró
con una cabra montesa que se acababa de divorciar de su
macho cabrío, y le preguntó qué clase
de animal era él. El dragón no se atrevió
a decirle la verdad y le contó que era hijo de
una lagartija y un pez volador.
-No te creo -le dijo la cabra montesa-. Los peces no vuelan.
En ese momento, pasó una gaviota llevando en su
pico un pez recién atrapado que coleaba.
-¡Gran prodigio! -exclamó la cabra-. Pero,
¿cómo puede alguien que vive en el cielo
tener un hijo con una miserable lagartija que vive en
la tierra?
En ese momento, el pez coleante se desprendió del
pico de la gaviota y fue a caer sobre una lagartija que
tomaba el sol despistada. De las escamas plateadas del
pez coleante se desprendieron destellos que cegaron por
un instante a la doblemente deslumbrada cabra montesa.
Cuando consiguió restablecer la visión,
la gaviota había recuperado su presa, desapareciendo
con ella más allá del horizonte, y la magullada
lagartija, que había perdido la cola en el lance,
había conseguido escabullirse, yéndose a
ocultar en la ranura de una roca. Al ver retorcerse la
fracción de la cola de lagartija, la cabra dedujo
lógicamente que se trataba de una cría de
dragón.
-¡Gran prodigio! -volvió a exclamar.
Y se enamoró perdidamente del solitario desconocido
que el destino había puesto en su camino de cabra
descarriada. Así, en suntuosa guarida, la cabra
y el dragón vivieron felices, servidos por las
más de mil doncellas secuestradas.
G. S.
Este relato aparece en el volumen "El síndrome de Albatros",
editado por Se¡x Barral.
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