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Una mujer
nadaba entre peces. Yo era uno de ellos. Ese día
el mar estaba en calma. Yo también. Hasta que ella
se zambulló. Y la vi. Tenía el cuerpo mórbido
y el cabello oscuro. Nunca había visto un pez así.
Algo me deslumbró. Puede que fuera el agua translúcida.
Hacía sol. O puede que fuera ella. Nadie, hasta
entonces, se había bañado allí. El
caso es que, mientras mis congéneres la flanqueaban
juguetones, yo tuve curiosidad por averiguar qué
clase de pez era aquella mujer. Me aventuré entre
sus piernas y me aprisionó entre sus muslos, coleé
hasta que me soltó. Creo que le gustó, porque
lo hicimos más de una vez. La invité a venir
conmigo mar adentro y ella me propuesto seguirla montaña
arriba. No pudo ser. Tuvimos que encontrarnos en citas
clandestinas. En las esquinas del agua y a orillas del
horizonte.
G. S.
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