| (No hay
rincón donde esconderse de la tristeza. Vayas donde
vayas, te persigue. Es como una mujer rabiosamente enamorada
de ti, que no te deja ni a sol ni a sombra. Nada se puede
hacer para zafarse de su acoso y, en verdad, resulta enojoso.
Salí del hotel y me sorprendió
que la ciudad siguiera allí, con sus calles vacías
que no llevaban a ninguna parte. Me adentré por
ellas, en un largo paseo sin sentido. Nunca volví.
Pero ella, la tristeza, me siguió, como un perro
dócil y fiel. Porque ahora lo sabía. Era
un perro, no una mujer.
G. S.
|