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Cuando regresé a la playa, el carrito de los helados ya no estaba. Mi mujer tampoco. Me esperaba en casa preocupada. Le dije que me había encontrado con un amigo de la infancia que súbitamente se encontró mal. Había tenido que acompañarle a su hotel y llamar a un médico. Un simple corte de digestión. Se lo creyó.
Cinco años después, volví a encontrarme con mi amiga casualmente. En un restaurante de las afueras de Madrid. Yo había acudido a una cena de negocios, ella estaba con otro. Me pidió que me sentara un momento con ellos para tomar un café. Sostuvimos una conversación anodina, mientras su pie descalzo me acariciaba la pantorrilla bajo la mesa y su mirada merodeaba distraída sobre el mantel. La situación resultaba insostenible.
- ¿Te acuerdas de aquel bumerán que traje de Borneo y que te enseñé a
lanzar en la playa? -le pregunté de sopetón, y mi rodilla golpeó su rodilla a modo de guiño. -Lo tengo en el coche y me gustaría regalártelo.
No se hizo rogar y me acompañó, dejando a su pareja con un venenoso "ahora vengo". Por supuesto, no volvió, ni yo tampoco. Fuera, echamos a andar.
- ¿Dónde está el coche? -preguntó con sorna.
- No traje coche -confesé contrito.
- Entonces, ¡corramos! -propuso, y corrimos resoplantes dos manzanas
hasta una boca de metro que nos engulló como Jonás a la ballena. Apoyados contra el trepidante cristal de la puerta metálica, rompimos a reír, disturbando el ensimismado hastío de los viajeros.
- Saca tu bumerán -incitó desafiante. Por fortuna, el tren llegó a la estación y las puertas se abrieron. Salimos expelidos al andén.
- Vamos a mi casa -invitó.- Me he separado.
- Yo no -le informé, mientras la escalera mecánica ascendente nos
depositaba ante un anuncio de sostenes debidamente alterado por un dibujante anónimo que había reconvertido los ocultos pezones en dos erectos penes.
Era un dúplex con la cama arriba y el lavabo abajo. No nos dio tiempo a subir. Lo hicimos en el suelo y, luego, yo sentado en la tapa del retrete y ella encima a horcajadas ante el espejo del cuarto de baño, desoyendo las reiteradas llamadas de un teléfono desesperado.
Me fui sin despedirme, mientras dormía. Y, aunque dicen que no hay dos sin tres, nunca la volví a ver.
Años más tarde me enteré de que ella había muerto. Y yo también.

G. S.

 
  Todos los textos:
> Un día en la vida de G.Suarez
> Una noche inolvidable en la vida de G.S.
> Cuento casi sufí
> Rara normalidad
> El mordisco original
> Yo y el Diablo
> El principio del Diablo
> Cosas de Dios
> Divino designio
> La muerte alegre
> La Luna y la cacerola
> Marylin Monroe
> Un verano en la vida de G.S. y sus consecuencias
> Geométrico Raciocinio
> Ante un lago helado
> Melancolía
> Mujer entre peces
> El dragón triste