Mi confusión
era tan grande como el desorden de aquel cuarto de hotel
con la cama deshecha, la ventana abierta y la ropa por
el suelo. Cerré la ventana y tropecé con
una maleta. Nos miramos y nos echamos a reír. En
realidad, los dos estábamos intimidados, aunque
ella fingiera no perder la iniciativa. Se acercó
a mí y pude comprobar que su agitación no
denotaba precisamente deseo.
-Me engaña con otra -me confesó con repentino
despecho.
-No te servirá de nada acostarte conmigo -advertí.
-¿Todavía te gusto? -inquirió acuciante.
-Sí, pero no así... -dije. Ni aquí,
ni ahora... Podemos volver a vernos en otro momento y
en otro sitio...
-Ya no es como antes, ¿verdad? -concluyó
desolada.
-No -confirmé con brutalidad, y traté de
ganar la salida. Me atrapó.
-¿Por qué? -interrogó.
-No lo sé -respondí. Supongo que las cosas
no pasan impunemente...
-Te refieres a los años -sugirió.
-Me refiero a las cosas que pasaron entre tú y
yo -puntualicé.
-No tengo ningún mal recuerdo -proclamó.
-Eso es lo peor -observé. Fue fácil, superficial
y efímero...
-¡Fue magnífico! ¡Sin dolor! -exclamó.
-Imposible de prolongar ni de repetir -reflexioné-
y eso es lo doloroso, ¿no?
--Tu mano entre mis piernas, contra un muro -rememoró.
-Mientras la gente pasaba por la otra acera -recordé.
-Mis bragas a la altura del tobillo...
-Tu mirada turbia, como ahora...
-Empújame poco a poco contra la pared -me pidió.
Lo hice.
La tibieza de su cuerpo me invadió.
Un irresistible efluvio de antaño suplantó
el presente. La suave cadencia de sus caderas entre
mis manos, el roce fugaz de su vientre agazapado, el
rumor de sus labios y la mirada ausente. Una gota de
sudor surcó el escote y se deslizó entre
los pechos. Un mechón de pelo se descolgó
sobre su sien enmascarando los latidos del tonto corazón
desplazado fuera del tiempo, donde los sentidos no requieren
minutero.
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