| El otro
día estaba en la playa, cuando mi mujer me envió
a buscar un helado para que nuestro hijo pequeño
dejase de llorar. Me puse los pantalones sobre el calzón
de baño todavía húmedo y me calcé
las zapatillas con los pies llenos de arena. Sorteé
los cuerpos tumbados al sol hasta el confín de
la playa y me adentré en una zona pedregosa torciéndome
un tobillo. Por fin, llegué renqueante al carrito
de los helados y me pues en la cola. Inopinadamente, una
voz femenina me pidió fuego. El cigarrillo pendía
de la sonrisa displicente y burlona. Busqué el
mechero en mis bolsillos sin encontrarlo y me disculpé.
Ella se echó a reír.
-¿No me conoces? -preguntó
divertida. Su rostro emprendió un vertiginoso
viaje, de ida y vuelta, al pasado, abriéndose
paso en mi memoria. El recuerdo me golpeó como
una bofetada.
-¡Tú! - exclamé estúpidamente,
y ella me cogió del brazo sin ambages y me arrastró
hasta un coche aparcado con las puertas abiertas.
-Sube- ordenó. Obedecí obnubilado por
la sorpresa. Se sentó al volante y conectó
el motor, sin darme tiempo a reaccionar.
-Me están esperando -protesté débilmente.
-A mí también -dijo, y el coche arrancó
alejándose de la playa.
-Así que te has casado -me espetó irónica
y malévola. Asentí.
-Yo también -anunció con desfachatez,
mientras rodábamos por la carretera.
-¿Qué es esto? ¿Un rapto? -pregunté,
tratando de disimular mi desconcierto.
Respondió afirmativamente.
-Lo siento, tengo que volver -reclamé con firmeza.
Aceleró por toda respuesta.
-¿Dónde vamos? -indagué con exasperación.
-A follar -replicó contundente.
-Siempre me gustó tu sentido del humor -argüí-,
pero esta broma es inoportuna...
-Desde luego -convino-. Ahí está la gracia.
El hotel en plena temporada de verano, estaba completo.
-Tengo habitación -me dijo, y pidió la
llave en recepción.
-¿Y tu marido? -pregunté torpemente.
-Bañándose en el mar -me informó,
mientras subíamos en el ascensor.
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