Cuando
se le alzaron las faldas a Marilyn, yo pasaba por allí
y pude comprobar, lo juro, que la silla del director estaba
vacía. Billy Wilder se mantenía astutamente
agazapado bajo la rejilla del Metro para mejor y más
impunemente escrutar, con sus ojillos libidinosos, los
más recónditos entresijos de la actriz.
Tamaño privilegio y tan adecuada perspectiva fueron
las razones por las que decidí llegar, de mayor,
a hacer cine. Lamentablemente para todos, hace ya muchos
años que la tentación vive arriba.
G. S.
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