La luna,
harta de mirarse en los charcos, se asomó a una
cacerola. Le halagó descubrir su imagen reflejada
en plena ebullición y se sintió viva por
primera vez en su triste existencia de estrella apagada,
como si sus cráteres, a falta de lava, exhalaran
burbujas de jabón. Entonces, alguien cerró
la tapa.
El niño que atrapó la luna en la cacerola
corrió a enseñársela a su madre,
pero cuando retiró la tapa, la luna ya no estaba
allí.
Ese niño fui yo.
G. S.
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