Dos hombres
discutían por no sé qué. Razas, fronteras,
ideologías o algo así. Padecían el
mismo síndrome de los forofos de fútbol
enfrentados por el color de la camiseta. Compartían
la misma cólera homicida. Uno esgrimió un
alfanje. El otro una pistola. "¡Dios está
conmigo!", exclamaron al unísono. Siendo el
alfanje de más corto alcance, vislumbró
el primero fisuras en su fe. Pero careciendo de balas
la pistola, se vio el segundo acuciado por la duda. No
por ello cedieron en su mutuo desafío. Dios dirimiría
la cuestión. Precisamente, a esa hora, yo pasaba
por allí. Y Dios, indeciso, estornudó. Vi
cómo se abría la tierra y se tragaba a los
dos contrincantes. Los imaginé sumidos en inextricables
tinieblas que ya no les permitirían distinguir
el color de sus diferencias. El suelo resquebrajado se
cerró sobre sus cabezas. "Perdón, fue
sin querer", le oí murmurar a Dios. Y es que
Él también se acatarra, pensé yo.
G. S.
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