A Dios
le sorprendió encontrarse en mi pellejo. Le solía
suceder cada vez que se reencarnaba. Le llevó un
tiempo acostumbrarse y luego acabó olvidándose
de que era Dios. Siempre le pasaba así, salvo en
contadas ocasiones en las que le tomaron por loco o, lo
que es peor, le crucificaron. Sólo, a veces, tuvo
la prudencia de pasar inadvertido. Lo normal, de todas
formas, era que, transcurridos los primeros años,
se olvidara de su identidad y se comportara como un hombre
más, ya que en las mujeres no se solía reencarnar
porque, al principio, era machista. Y además le
humillaba tener que parir con dolor. Resultaba denigrante
y fastidioso para alguien que lo había creado todo
de palabra. Casi como yo.
G. S.
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