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| La
relación con una mujer tiene un principio
y un fin. Desgraciadamente o por suerte es así.
Yo he sido siempre monógamo. Si una mujer
me gusta me dejo transformar por ella, me he dejado
cambiar con gran satisfacción de forma
de vivir. He pasado de una educación religiosa,
en que la mujer era virgen e inaccesible, no era
corpórea, no se la podía tocar:
tenía un misterio en su cuerpo que ocultaba.
He pasado de eso a la vida actual y, pese a que
queda mucho remanente de aquello, hoy la mujer
está cada vez más próxima
a una relación de compañero. El
cambio ha sido tan vertiginoso que yo no sé
dónde me he quedado. Guardo reminiscencias
de la mujer entendida como algo completamente
diferente al hombre, que está ahí
arriba. Y luego resulta que está ahí
a tu lado. Yo me muevo en esa contradicción. |
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