Carlos Saura oyó hablar de Luis Buñuel desde muy pequeño. Su madre era amiga íntima de una pianista zaragozana, Pilar Bayona, quien a su vez formó parte de una pandilla de amigos -artistas zaragozanos todos ellos- entre los que estaba Buñuel. Saura vio "Un perro andaluz" y "Tierra sin pan" en la Escuela de Cine: ese fue su primer contacto con la obra de Buñuel. Poco después, en 1957, durante los "I Recontres de Cinema Hispanique" de Montpellier, Saura se quedó deslumbrado con películas como "Archivaldo de la Cruz" o "Subir al cielo". Saura se reconoció en aquellas películas: estaban inflamadas por la imaginación, "esa fuerza tan poderosa, madre de todas las artes, que dijera Goya, se deslizaba entre imágenes galdosianas, a veces en violentas ráfagas, en películas inolvidables", recordaría Saura años después. El de Buñuel era un cine que se encontraba en las antípodas -en todos los aspectos- del que se realizaba en la España de aquellos años.
La amistad entre Carlos Saura y Luis Buñuel comenzó en el Festival de Cannes de 1960, donde se presentó "Los golfos". Según recordó Saura en una entrevista, "veo a Luis con su rostro roqueño de campesino, sus ojos saltones, sus facciones recias. Entonces llevaba un frondoso bigote que desapareció más tarde, devorado seguramente por alguna de las arañas que él tanto temía y respetaba. Buñuel formaba parte de los exiliados, de los que en mi colegio era mejor no hablar. Nombres prohibidos, fantasmas que pertenecían a los perdedores de la guerra, demonios socialistas, marxistas, anarquistas, ateos y masones... ¡Qué contraste su vitalidad, su pasión, con nuestra generación de velatorio, desencantada y aburrida, de mis años de postguerra!".
¿Hasta qué punto influye la personalidad del mago Buñuel en Saura? "Si se me dice una influencia en el terreno de las ideas o de la concepción de un mundo, entonces digo que sí, que quizá tenga influencia de Buñuel. De su cine siempre me fascinó la mirada del desdoblamiento, los juegos con el tiempo y los planos existenciales, y eso es algo que siempre ha influido decisivamente en mi cine". Para Saura, "sus películas son la obra de un hombre honesto, vital, poderoso y sensible a la vez, que supo rescatar del páramo viejas y siempre nuevas ideas, que se enfrentó a los tópicos, que utilizó la imaginación como el arma poderosa que es, dándole vuelos que alcanzaron alturas difíciles de alcanzar. Ese buceador de nuestras profundidades, nos mostró el camino de un cine renovador y personal, que desgraciadamente olvidamos con demasiada frecuencia".