 |
Recuerdo que era un viernes por la tarde, un día
de septiembre, cuando recibí en casa una cinta de miniDV con
una selección de casting realizada por Sara Bilbatua. Era
la segunda fase tras un larguísimo casting que tuvo lugar
durante varios meses antes del verano. Puse esta nueva cinta en mi
cámara y la primera candidata que vi fue a una tal Manuela
Vellés, de dieciocho años.
Empecé a verla con
mucha inquietud, echado hacia delante en el sofá, y al minuto
de verla y escucharla, respondiendo a las preguntas de Sara, me tuve
que echar hacia atrás y apoyarme con fuerza en el respaldo,
pensando que todo lo ocurrido hasta entonces se estaba llenando de
sentido en ese preciso momento. Tenía ante mis ojos a la Ana
que desde que escribí el guión soñaba con encontrar.
SÍ, Manuela Vellés me hizo ver que existía
lo que yo buscaba, y este hecho me afianzaba en el imaginario
de mi personaje, y a ella, persona que se ponía justo
en medio del camino, mirándome con la expresión
justa, plantando delante de mí su personalidad magnífica,
la convertía
en lo mejor de lo mejor. Durante el breve tiempo que duró la
entrevista yo me preparé para que cuando Manuela comenzara
a interpretar las tres secuencias que Sara le había entregado
del guión, me iba a decepcionar.
Casi no me apetecía ver cómo interpretaba. Por
supuesto la vi, colocando las frases, haciendo de actriz, redondeándolo
todo… Cuando
eché la cinta atrás para volver a ver su entrevista,
mi cámara
se estropeó, y no pude ver más en todo el fin de
semana, que lo pasé pensando que ya tenía a mi
protagonista, pero que venía
de la mano de un reto nuevo: Tendría que llevarla, guiarla,
enseñarla
a interpretar. Manuela no tenía ninguna experiencia, nunca
antes había
interpretado nada, sólo tenía la intención
de ser actriz; se acababa de matricular en una escuela de interpretación.
El lunes volví a
ver la prueba de Manuela y la del resto de las candidatas de
esa primera entrega (Sara me había seleccionado más
de cien).
Yo miraba a las otras con los ojos muy abiertos, pero
en el fondo de mí bullía el extraño
deseo de que no quería que nadie me gustara más.
Sabía que
ese era un síntoma cristalino de que ya había tomado
la decisión.
Y me sentí afortunado.
Una semana más tarde hice
una prueba en persona a Manuela Vellés.
En general conseguí rebajarle los vicios y tonos algo
fingidos del primer casting. Me gustó ver que se dejaba
dirigir, y que era inteligente y muy porosa, pero estaba claro
que me quedaba con ella un largo recorrido. La siguiente semana,
Nicolas Cazalé, actor francés de origen bereber,
llegó a
Madrid para hacer una prueba con Manuela para el personaje de
Said, un pintor saharaui. Vino desde Paris el día que él
pudo; quiero decir que yo no elegí la fecha. Esa mañana,
recién llegado, primero
estuvimos tomando un café en la Plaza Mayor de Madrid,
y yo comencé a
hacer video a esta hermosa pareja mientras se estaban conociendo,
tímidamente, él
más que ella. Saltaba a la vista su diferencia racial,
el contraste de sus miradas, ella limpia y sonriente, él
serio y algo atormentado… me
gustó pensar (en clave de Caótica) que
el tiempo corría
entre ellos, que les separaba un desierto. Con mi cámara
me recreaba en sus rostros, y luego encuadraba al sol: era el
día del eclipse.
Yo me dejé disfrutar sintiendo
que tenía los astros de cara, y
casi me convenció más la coincidencia de lo que
ocurrió ese
día en el cielo, que lo que luego vi en la prueba que
hice en mi estudio. Estuvimos hasta última hora de la
tarde, y a la salida Manuela me preguntó si
podía responderle algo. Le dije que la llamaría
pronto, y que me iba con prisa a casa porque esa noche tenía
una cena familiar; era el cumpleaños de mi hija Ana (no
le dije que hace dos años fue también
la fecha del estreno de mi documental).
Cuando la llamé por
teléfono para decirle que quería que
fuese Ana, sentí que le daba una alegría y un susto.
No me extraña
nada. Le pedí que confiara en mí, primero, y luego,
mucho más
importante, que confiara en ella. Le prometí, le garanticé que
la iba a ayudar con toda mi alma, con todo lo que había
aprendido en mi vida y en mi trayectoria como director de actores.
Le pedí que dejara
que mi intuición prendiera la suya, como un disparo de
salida para ese largo y dificilísimo viaje que íbamos
a iniciar juntos. Elegir a Manuela Vellés para interpretar
a Ana, fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi
vida profesional.
El punto de partida en el trabajo de ensayos con Manuela fue
construir con ella los recuerdos de su infancia y adolescencia
en Ibiza; el olvido frío que sentía por su madre,
que les dejó cuando ella tenía doce años,
y el inmenso amor que la unía a su padre, que siempre
había sido su guía y protector. Parte de la inconsciencia
de Ana, que parece moverse sin peso por el aire, y su alegría
natural, muy confiada, se debe a la presencia de este hippie
alemán, un gigante muy mayor que sólo vive para
su hija, escuchando sus risas, viendo cómo se expresa
en sus cuadros sin ningún temor a ser juzgada. Klaus es
el artífice de esa libertad que Ana respira a grandes
bocanadas, sin presión, sin hacer daño a nadie.
|
 |
Ideamos juntos un álbum de recuerdos, diez momentos grabados
en la memoria de Ana, con todo tipo de detalles, imágenes,
frases, sensaciones.., que Manuela me iba contando con los ojos
cerrados. Luego le pedí que se fuera sola a Ibiza para recorrer
los lugares en los que había vivido y se había formado
como persona. A su vuelta, Manuela ya tenía el primer germen
de Ana dentro. Mi intención era que con el tiempo supiera
de ella más que yo, que la sintiera como suya, que le buscara
un sitio en su personalidad. Cuando llegara el momento del rodaje,
yo debería estar completamente fuera, aunque justo enfrente,
para filmarla.
Tuve mucho cuidado en que la presencia (en mí) de mi
hermana Ana no presionara a Manuela, así que apenas le
hablé de ella. Si acaso sólo se tocaron los dedos,
en los cuadros que aparecen en la película, que mi otra
hermana Sofía le enseñó a pintar a cera.
Manuela ya estaba preparada para empezar a viajar con el personaje,
para salir con ella de su entorno luminoso y cálido, para
dejar la cueva de su padre y enfrentarse a la vida exterior,
cada vez más lejos de su isla. Y sola (ante su profundo
caos). En los ensayos comenzaron a aparecer otros actores de
la película, como Bebe, Asier Newman, Nicolas Cazalé o
Raúl Peña. Aquel fue mi primer motivo (siempre
secreto) de preocupación con la actriz Manuela Vellés.
Con cada uno de los actores, ella estaba siempre un poco por
debajo, a veces demasiado, como con Bebe, a quien Manuela admiraba
tanto como cantante que, literalmente, se ponía roja de
vergüenza y se hacía pequeña. Bebe era todo
improvisación, siempre con el carácter en la mano,
creativa, espontánea, una salvajilla llena de gracia y
verdad, justo lo contrario que Manuela, a la que el miedo le
quitaba la voz. Estaba trabajando con una persona que todavía
no era actriz, de ahí que le costara sentirse segura,
interactuar con actores que ya tenían cierta experiencia.
Manuela nos acompañó a parte del equipo en nuestro
viaje de localizaciones en Nueva York, yo quería que ella
conociera con sus propios ojos la ciudad que su personaje había
elegido para su nueva vida. Volviendo en avión pensé con
preocupación que era urgente idear una manera nueva de presentarle
a Manuela su nuevo trabajo, para que se sintiera segura como actriz
sin compararse con sus compañeros. Todo consistía
en fortalecerla, darle confianza y favorecer su concentración.
Recuerdo que paramos los ensayos en Navidad. Manuela estuvo siete
días
alejada de Ana mientras yo le escribí un monólogo a medida para
que se narrara a sí misma su historia-viaje en la película. Tras
aquel descanso navideño, trabajando todas las tardes con el monólogo,
sin el resto de los actores, unido al hecho de que las clases de técnica
de voz con la especialista Lidia García estaban comenzando a surgir efecto,
empecé a ver con asombro a la actriz Manuela Vellés; natural, fácil,
moldeable, fuerte y, sobretodo, concentrada.
Volvimos a ensayar con el resto de los actores, y todos notaron
el cambio con gran entusiasmo. Aparecieron también Mattias Habich (su padre) y Gerrit
Graham (Mister Halcon), que me expresaron su fascinación por esta nueva
actriz. Yo no podía sentirme más feliz y orgulloso (después
del susto de antes de Navidad). Mientras, se sucedían las reuniones de
jefes de departamento, lecturas de guión con el equipo, en fin, lo habitual,
sólo que yo entonces, y se me notaba, irradiaba seguridad al resto, ya
que la gran apuesta de la película, la interpretación de Manuela,
estaba creciendo, día a día, así que sentimos que todo nuestro
trabajo se llenaba de sentido. Teníamos un tesoro que era Ana, y la llave
maestra para el resto de los departamentos, para abrir todos los sentidos, para
que las corrientes confluyeran en el mismo cauce, ya la llevaba dentro Manuela
Vellés.
A mediados de febrero de 2006 comenzamos un rodaje de 12 semanas,
el más largo y complejo que he hecho en mi vida. Y a la
vez el más fácil, gracias a la sensación de
haber tenido un gran equipo y, sobre todo, a la mejor Ana que podía
imaginarme. Manuela Vellés se crecía cada día
ante el pasmo, la admiración y el cariño de todo
el equipo. Su actitud se parecía más a la de una
aventurera, todo era tan nuevo, tan distinto a lo que había
hecho hasta entonces que ella misma se renovaba cada día,
era fascinante ver que no se desgastaba con el esfuerzo, con la
cantidad de horas que había que estar en la máxima
concentración, ni con la responsabilidad. Los demás
sí, por supuesto, y yo el primero. Pero Manuela parecía
avanzar en la historia sin rozamiento, dejándoselo todo
en cada reto, en cada secuencia, muchas delicadísimas hasta
para la actriz más experta. Crear, me refiero a crearse
a sí misma como actriz y personaje sacando de un fondo que
no conocía, pero que a ella misma le pareció inagotable,
se convirtió en un acto de felicidad, que nos contagió al
resto del equipo. Sí, Manuela Vellés, nuestra querida
protagonista, nos decía que nunca en su vida se había
sentido más feliz, y todos nos impregnamos de esta preciosa
energía de juventud, de esa profunda fuerza de la que ella
está tan bien dotada (quizá no lo sabía y
entonces la estuviera descubriendo). Nunca en mi vida he presenciado
un espectáculo tan fabuloso de transformación y de
conquista, nada fue difícil para ella. Sólo deseo
que Manuela Vellés siga enganchada a esta corriente pura
que nace de sus más profundas y enigmáticas entrañas,
para que le garantice un buen combustible para su creatividad.
Yo le auguro un exitoso y larguísimo futuro.
|