Acabo de ver un documental extraordinario titulado “La pesadilla de Darwin” . El tema de dicho documental ha sido ampliamente difundido en diversos artículos, aunque imagino que no está de mas recordarlo: En los años sesenta se introdujo en el lago Victoria, en Tanzania, el segundo del mundo en superfície, un pez llamado perca del Nilo, la voracidad depredadora del cual ha alterado por completo el ecosistema de la zona , acabando con cualquier otra especie. No es ése el único cambio que ha propiciado la perca del Nilo: Debidamente filetados y limpios, los filetes de perca son enviados a Europa con aviones rusos que en su viaje de ida traen armas para diversos conflictos en los países limítrofes. Los alrededores del lago han sufrido tambien un cambio drástico: campamentos de trabajo para pescadores , sin ningún tipo de asistencia sanitaria o derechos, mujeres , niñas y niños abandonados y obligados a prostituirse, enfermos de sida , factorías impolutas donde se trata el pescado al lado de descampados insalubres donde miles de cabezas y carcasas son fritas para ser vendidas mas tarde entre los mas pobres, y así una serie de secuencias que conforman un cuadro, como dice el mismo autor, el austríaco Hubert Sauper , no diferente del que se podría encontrar en Sierra Leona cambiando el pescado por diamantes, o en Libia y Nigeria por el petróleo.
Sin embargo las virtudes de este documental no están tan sólo en el extraordinario rigor con que estos hechos nos son mostrados y que incluyen impagables imágenes de líderes africanos quejándose de que de Africa sólo se publicitan las cosas negativas, o miembros de la C.E.E. apludiendo el nivel tecnológico de las factorias de pescado. Lo que hace que este documental sobresalga entre otros que se han hecho sobre temas parecidos es un punto de vista que , por encima de todo , siente empatía por las personas que retrata.
Es una de las pocas veces – como en “Los espigadores y la espigadora” de Agnès Varda- donde una película , cuyo tema central es el triunfo del capitalismo mas salvaje, muestra a las víctimas – y a algunos de los verdugos- como a personas que permanecen con nosotros una vez terminada la visión del film. A menudo, la población de los países africanos nos es mostrada con una absoluta indiferencia: moscas, cuerpos esqueléticos, ojos desorbitados, mirada perdida. A base de repetir esas imágenes ya no vemos nada, ya no sentimos nada. Aquí vemos a seres humanos, como nosotros, cercanos , presos de una situación insostenible y que hacen lo que cualquiera de nosotros haría en la misma situación. Baste mencionar la manera en que son mostradas las jóvenes prostitutas que se venden por diez dólares a los pilotos: el autor les muestra el material que había rodado de una de ellas que ha sido asesinada por un piloto australiano, cantando una canción sobre las bellezas de Tanzania. Su silencio, sus miradas de consternación (“ las próximas seremos nosotras”) es respetado por el cineasta con una delicadeza absoluta. Lo mismo puede decirse de la manera en que los pilotos rusos, que pretenden no saber qué traen los aviones que aterrizan en el minúsculo aeropuerto de Mwanza, aparecen el documental : uno de ellos llega a decir – despues de admitir que ha llevado armas a Sierra Leona que han sido repartidas entre niños soldado- que querría que “todos los niños del mundo fueran felices”. La película nos obliga a plantearnos, aunque no queramos, a quienes o a qué debemos el nivel de confort con el que vivimos en el mundo occidental. Cuánto de esos doce euros el kilo que pagamos por la perca del Nilo, llega a los bolsillos de los pescadores del lago Victoria y a cambio de qué.

Isabel Coixet
(23/03/2006)