Últimamente
somos vilipendiados, criticados y despreciados: se nos tacha de asociales,
de individualistas, de que vivimos en las nubes, de que no nos importa
el prójimo ni la realidad que nos rodea. Pero ahí estamos,
caminando por la calle con una sonrisa interior que ríete de los
que han encontrado a Buda, esperando a que el semáforo se ponga
en verde, ajenos a los bramidos de los autobuses, a los improperios de
los conductores, a los cláxones, a las sirenas de las ambulancias.
Hablo de los afortunados poseedores de un ipod o de uno mini, que para
el caso es lo mismo. No sé por qué no me valen los otros
inventos parecidos. Tiene que ser el ipod con la manzanita en la pantalla,
supongo que porque pertenezco a la sufrida legión de partidarios
del Mac , a los pusilánimes que adoramos a Steve Jobs y le tenemos
una manía injustificable al otro. Con un ipod , cargado de casi
todas las canciones que me gustan (voy por la 617, pero es que quito y
pongo canciones todo el rato) , soy capaz de caminar cinco kilómetros
sin enterarme, me ahorro todas las aburridas conversaciones a gritos de
los que viven pegados al móvil (¿podría alguien hacer
algo para que se callen, por favor?) y no han descubierto el bendito silencio
de los sms y, en general, resisto mucho mejor las esperas, los ascensores,
las consultas médicas, las colas y las horas en la peluquería.
Ha dejado de importarme que en el autobús todo el mundo parezca
estar esperando una desgracia inminente y que las señoras se me
cuelen en la pollería. Si Frank Sinatra me susurra 'Summer wind'
o Tom Waits 'Rumbled Rose' hasta soy capaz de aventurarme en la Delegación
de Hacienda.
Y algo todavía mejor: se acabaron los discos con sólo un
par de temas buenos. Gracias al ipod, uno sólo tiene lo que de
verdad le gusta escuchar. Resulta paradójico tambien que los discos
dobles que cuentan una historia se disfruten mucho mejor. Un viaje en
tren a Zaragoza puede servir para que el último disco de Eels adquiera
una dimensión totalmente nueva. Un atasco con las voces de Blossom
Dearie , Nina Simone, Björk y Diamanda Galas se convierte en un momento
de paz inusitada. Un mustio magnolio de la calle crece como una secuoya
cuando uno escucha a Jarvis Cocker cantar "esos árboles inútiles
sin los que uno no puede respirar no me avisaron que me dejabas".
Las calles sucias parecen pavimentadas en oro cuando Marianne Faithfull
arrastra las palabras al cantar 'Alabama song'. Las caras preocupadas
de la gente, las palomas muertas, los niños que lloran y protestan,
los bebés que agitan sus brazos, los escaparates llenos de ofertas
, los carteles de conciertos que ya han pasado, las colillas, los locos
que hacen música con botellas de plásticos, los mimos estáticos
que representan a soldados de cobre, ya no son sólo las cosas que
uno se encuentra por la calle sino que parecen formar parte de un videoclip
de The streets.
Gracias a Gorecki y a su sinfonía número 3, a Benjamin Biolay,
a Rickie Lee Jones, a Shivaree, a Scissor Sisters, a Scott Walker, a Nick
Cave, a The Divine Comedy, a Tindersticks, a Falete, a David Byrne, a
Goldfrapp, a The Stooges, a Glenn Gould y a tantos otros, me ha sido posible
defenderme del funeral del Papa, de las tertulias de la Cope donde todos
juegan a ver quién insulta mejor, de las largas reuniones donde
se repiten los mismos conceptos con diferente terminología, tan
sólo para justificar sueldos y empleos de tiempo, de los pelmas
que están encantados de haberse conocido, del mundo en general.
Si tan sólo a alguien se le ocurriera un ipod para editar la realidad.