Ocurre después de la comida . Tras el tortel,
el café, el carajillo. Al mismo tiempo que una brutal somnolencia
hace su aparición, cuando las conversaciones llegan a un callejón
sin salida y se apagan hasta los rumores de la casa de al lado, ésa
donde siempre hay un bebé que nunca acaba de crecer. Llega de pronto,
como una niebla espesa, mas espesa que el humo del tabaco y los puros
y se aposenta encima de la mesa del comedor en la que ya no caben mas
migas ni restos de comida, como un batracio satisfecho a partir de las
cinco de la tarde, justo cuando uno está pensando en tomar otro
café. Es la tristeza del Domingo por la tarde, ese estado entre
la melancolía y la pura pena que ataca a todo bicho viviente entre
los tres y los noventa y tres años. Ese estado que, en los países
nórdicos, contabiliza mas intentos de suicidio que en ningún
otro momento de la semana. Ese estado que condujo a Proust a meterse en
la cama y a no querer salir por mas magdalenas y té que Céleste
le trajera. Esa extraña congoja que empuja a mucha gente a invertir
los patrones del tiempo y a intentar con desesperación prorrogar
el sábado hasta el martes y a poblar los after que abren el Domingo
al mediodía. Esa mezcla de vagos recuerdos de infancia llenos de
relamidas voces de locutores deportivos y horribles sintonías que
llenaban el patio de vecinos y cuadernos escolares con deberes a medio
hacer y la sensación de empezar todo de nuevo y el miedo a que
nuestros amigos del Viernes hubieran formado otras alianzas durante el
fin de semana y ya no nos "ajuntaran" el Lunes y miedo también
a que la señorita hubiera olvidado nuestros nombres.
Domingos por la tarde en ciudades desconocidas, en hoteles con moquetas
imposibles y habitaciones con baños de color marrón que
te empujan a pasear por bulevares vacíos con tiendas cerradas y
gente que bebe sola en cafés a punto de cerrar.
Domingos por la tarde en Agosto donde la ebriedad de sentir la ciudad
para uno solo es reemplazada por el vértigo de tener la ciudad
para uno solo.
Domingos de adolescencia a la salida de la Filmoteca, después de
ver una película de Bergman ( que en sus memorias hace varias referencias
a la tristeza suprema del Domingo por la tarde) que nos zarandeaba hasta
la médula y que nos empujaba a partes iguales hacia el deseo de
hacer cine y hacia el cementerio.
Domingos de invierno en una estación de metro en Brooklyn , donde
un hombre negro alto como un jugador de basketball empezó de pronto
a darse cabezazos contra una columna de hierro hasta abrirse la cabeza
mientras aullaba "Odio los Domingos, Dios, cómo odio los Domingos"
, mientras la gente desde el andén de enfrente chillaba, "Sí,
hermano ¿quién no?".( Las huellas de la sangre quedaron
durante mucho tiempo en esa columna)
Y , sin embargo, hasta a tristeza del Domingo por la tarde tiene cosas
buenas. Conozco parejas que se han conocido compartiendo ese miedo a la
tarde del Domingo. Conozco gente que empieza una novela siempre en Domingo.
Otros, durante el rodaje de una película, deciden empezar a rodar
justamente en ese momento, dado que, a efectos de la complicada contabilidad
ancestral del departamento de producción, cuenta como Lunes.
Existen también personas que dicen no sentir nada especial esa
tarde, que afirman que lo que a ellos lo que de verdad les deprime es
el Miércoles por la tarde o el Jueves por la mañana. Pero
es cosa sabido que hay gente que haría cualquier cosa por ser diferente
a los demás, hasta fingir una alegría que no sienten un
Domingo por la tarde.