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En este artículo, originalmente escrito
para la revista ClubCultura # 8, la directora dibuja
un personal perfil del protagonista de su último
filme. Más allá del actor versátil
y el realizador comprometido, Coixet descubre las muchas
caras de Tim Robbins.
“Lo mejor del terror es que
es algo que se puede usar eternamente, se acopla a todos
los usos políticos y justifica inagotables gastos
militares. Bendito sea el terror. Lo honramos, lo queremos...”
( de la obra teatral "Embedded", escrita por
Tim Robbins)
De todos los Tim que hay en Robbins, es difícil
quedarse con uno. Está el Tim pedazo de actor
que ganó un Oscar con "Mystic River",
el Tim travieso que una noche pretendía asaltar
todos los telebancos de Madrid, el Tim enamorado de
la emperatriz Susan, el autor teatral, líder
del Actor`s gang, el activista incansable, el jugador
de hockey, el punk, el hombre que mide metro noventa
y siete y se pasea por Chelsea con unos patines que
le convierten en un gigante, el director de cine que
se quedó a las puertas del Oscar con una película
literalmente perfecta: "Dead Man Walking",
y algunos Tim más que desconozco.
Pero en todos esos Tim, siempre hay dos cosas que están
por encima de todo: un sentido del humor a prueba de
bomba (¡es hasta capaz de reírse de "Team
America"!) y una inteligencia brutal que le hace
ser un tipo cercano, humano, divertido y hasta humilde.
Muchas veces, al leer entrevistas suyas y contrastarlas
con el hombre y el actor que conozco, me alucina ver
que los periodistas que se acercan a él siempre
están más interesados en que Tim encaje
en el esquema de “liberal americano airado”
que se han formado de él y no en ver qué
clase de individuo realmente es.
Josef
-¿Me estaba mirando, Hanna?
Hanna
-No.
Josef
-Yo creo que sí… Veo que empieza a mentirme.
Eso quiere decir que empiezo a gustarle…
(del guión de "La vida secreta de las palabras")
Cuando escribí el guión de "La vida
secreta de las palabras" nunca pensé que
iba a contar con Tim Robbins. Reconozco que fantaseé
con ello (de la misma manera que fantaseo con cantar
como Róisin Murphy o bailar con Mark Morris),
pero nunca sospeché que el día que Michael,
mi agente, me preguntó, después de leer
el guión, si había pensado en quién
iba a interpretar a Josef y le dije: “Tim Robbins”,
realmente fuera a trabajar con él. Porque, desde
que un día en una película absurda sobre
baseball y seducción llamada "Los búfalos
de Durham", dije “Oye, ¿quién
es ese tipo larguirucho con la cara como de bebé?,
porque lo hacía muy bien, no como Kevin Costner”,
he visto cada película del señor Robbins
(hasta las malas) y siempre, siempre, he creído
absolutamente en cada palabra que ha pronunciado, cada
mirada, cada gesto que han hecho sus personajes. Y yo,
personalmente pienso que el Oscar que le dieron por
"Mystic River" se lo tenían (también)
que haber dado por el escalofriante personaje del soldado
que interpreta en "La escalera de Jacob" (Adrian
Lyne), por el ingenuo inventor del hula-hoop de "The
Hudsucker Proxy" (Joel Coen), por el escurridizo
hijoputa vestido de Gucci de "The Player"
(Robert Altman) o por el policía cabrón
de "Short Cuts" (Robert Altman).
Tim Robbins es un actor que escapa a cualquier intento
de clasificación: puede hacer de héroe
y de malo malísimo, de víctima y de asesino,
puede ser guapo y feo, puede parecer el más tonto
de la cuadrilla y el más listo. Y además,
en un mundo en que cada vez que Brad Pitt se entera
del nombre del arquitecto que le ha diseñado
las sillas del comedor, sale en primera página,
Tim Robbins dice las cosas que piensa y tiene un discurso
coherente y articulado. Y, para rematarlo, las tres
películas que ha hecho como director son tan
inclasificables como él como actor. Es, en definitiva,
un bicho raro. Gracias a eso, gracias a que Tim nunca
ha pensado, como él mismo dice, en términos
de “tener una carrera”, y a estas alturas
sólo quiere hacer cosas que le diviertan o que
le desafíen o que le sorprendan, cuando leyó
el guión de mi película, me llamó
al día siguiente para decirme: “Si quieres
trabajar conmigo, aquí estoy”.
Hanna
-El helicóptero vendrá a buscarte. Mañana
o pasado.
Josef
-¿Vendrás conmigo? ¿Me cogerás
la mano cuando pueda volver a mirarme en un espejo?.
Reconozco que no las tenía todas conmigo cuando
volé a Londres a conocerle. Habíamos hablado
por teléfono unas cuantas veces. Me había
dicho que "Mi vida sin mí" le parecía
una gran película y que el guión de ésta
le parecía de los mejores que había leído
últimamente, que su personaje era un auténtico
desafío interpretativo (lo es) y todas esas cosas,
pero, de repente, todo se me antojaba irreal. Sabía
que tenía ofertas para hacer otras películas
al mismo tiempo que la mía, con directores mil
veces más prestigiosos y con presupuestos cien
veces más altos. Todo dependía de esa
entrevista. Hay algo que envidio de muchos directores,
además del talento, y es la capacidad de vender
la moto, la capacidad de fingir que te crees el director
mas dotado del planeta, cuando en realidad llevas a
un pequeño mini-me dentro que está aullando
“¡Eres un farsante!”, y al que apenas
consigues acallar. Mi mini-me tiene una garganta especialmente
potente, así que llegué al hotel de Londres
donde se alojaba en tal estado de derrota (y encima
gracias a British Airways, dos horas tarde), que ni
siquiera me di cuenta de que al abrir la puerta de un
golpe, le di en la cara un mamporro al mismísimo
Woody Allen que estaba rodando una película en
el hall de ese mismo hotel. La cara de odio de Woody
Allen (que debió pensar que yo quería
emular al asesino de Lennon o algo así) no se
me olvidará en la vida. Y tampoco la risotada
de Tim Robbins que estaba en el hall esperándome
y que vio cómo miraba con terror a Woody Allen
que ya estaba llamando a seguridad. Me escurrí
cómo pude, musitando veinte “I’m
sooooo sorry” y finalmente me senté frente
a Tim. Esos primeros momentos creo que realmente decidieron
que hiciera La vida secreta de las palabras, porque
a los dos nos dio una risa floja de ésas que
no se pueden parar ante lo cómico de la situación
(Woody Allen cagándose en mis muertos y frotándose
todavía la nariz, Scarlett Johansson saliendo
con rulos para preguntar qué pasaba, los de seguridad
del hotel sin saber qué hacer).
Cuando finalmente conseguimos salir del hotel, el hielo
se había roto, así que antes de que nos
sentáramos en un bar, yo, con esa diplomacia
que me caracteriza, le dije: “Oye, Tim, que yo
no sirvo para el small talk ni nada de eso,
que si vas a hacer la película”. A lo que
él dijo: “Pues, claro. ¿Cuándo
empezamos?”. A veces pienso que se imaginó
que, al menos, si yo como directora no daba la talla,
tendría oportunidad de grandes momentos de esparcimiento
a mi costa. Y entonces, empezamos a hablar en serio
de la película. Me dijo que él creía
saber quien era Josef, su personaje. Me dijo cuántos
tatuajes creía él que Josef llevaba en
el brazo, qué clase de mirada iba a tener cuando
no podía ver, con cuantas mujeres había
hecho el amor en su vida, por qué hasta los cuarenta
y cinco no se había enamorado de verdad, por
qué se sentía confundido y atraído
por Hanna. No le pregunté cómo era posible
que conociera a Josef tan bien porque algo me decía
-su entusiasmo al hablarme de Josef, como si estuviera
“vendiéndome” a un amigo- que, de
todos los personajes que él había interpretado,
éste era, probablemente, el que más se
acercaba al auténtico Tim. Y sé, por experiencia,
que algunas cosas están mejor en el aire, sin
ser pronunciadas.
Hablamos de su relación con otros directores,
de la cachaza de Clint Eastwood (“Te da un par
de tomas y más vale que lo hagas bien a la primera”),
del caótico rodaje con Winterbottom, de la maestría
de Robert Altman, de la locura de Adrian Lyne en los
ochenta ( “la película en que casi temí
por mi salud mental”)… Estaba realmente
alucinado de que yo llevara la cámara en todas
mis películas. Le dije que era la única
manera que había encontrado de contar lo que
quería contar sin perder nada de lo que yo quería
ver en el encuadre. Que, para mí, lo importante
era saber quién soy yo respecto a mis personajes,
desde dónde estoy, desde dónde estamos
mirando esta historia, cómo crear esa brutal
sensación de compartir la intimidad de un camarote
en que dos personas que son dos mundos separados por
un océano, van creando un vínculo tenue
pero poderoso que les abre el uno al otro y les hace
enamorarse y volver a vivir, a pesar de todo y por todo.
Más tarde, cuando ya estábamos rodando
la película, me dijo que fue ese entusiasmo que
casi me hacía tartamudear y que me hacía
brillar los ojos, el que realmente le convenció
para aceptar el papel. Quién sabe. Lo cierto
es que, dos meses después, al día siguiente
de las elecciones americanas, él, solo, sin manager,
ni asistente, ni abogado, ni masajista, llegó
a Madrid.
Josef
-Ahora que me tiene cogida la polla y estoy meando enfrente
de usted, imagino que podemos llamarnos por nuestros
nombres, hasta podemos empezar una nueva vida juntos.
Sí, lo sé, soy una agonías. Ahora
ya tenía a Tim Robbins y a Sarah Polley para
la que había escrito el personaje de Hanna. Tenía
producción. Tenía a mi querido Jean-Claude
como director de fotografía. Tenía por
fin una plataforma petrolífera donde nos iban
a dejar rodar, después de meses de negociaciones,
en Irlanda. La película iba a empezar en diez
días y tenía una semana de ensayos con
los actores. Pero mi incansable mini-me ahí estaba
dándome la turra. ¿Qué iba a pasar
ahora cuando Tim y Sarah estuvieran juntos? Porque la
mitad de la película transcurre en el camarote
donde ella le cuida a él, donde le ayuda a mear,
donde le lava, donde le desinfecta las heridas, donde
le da de comer, donde le escucha meterse con ella. Así
que si no había química entre ellos, ¿qué
iba a pasar? En mi cabeza repasaba mentalmente todas
las películas donde buenos actores están
juntos sin que haya la menor chispa entre ellos. Johnny
Depp y Juliette Binoche. Johnny Depp y Kate Winslet.
Johnny Depp y Sarah Jessica Parker. Bueno, en realidad
Johnny Depp no sirve como ejemplo porque sólo
tiene química consigo mismo. Tim mide metro noventa
y siete y tiene cuarenta y siete años, y Sarah
apenas metro cincuenta y tiene veinticinco años.
Y encima Bush había ganado las elecciones otra
vez. Para no hablar del calentamiento global y otras
catástrofes.
Y llegó Tim, bastante hecho polvo. Les llevé
a él y a Sarah a comer a Viridiana para que se
conocieran. Todo volvía a tener un aire irreal.
El revuelto de hongos. Bush. El foie de Viridiana. Los
dos protagonistas de mi película sentados frente
a frente intentando romper el hielo. Silvia Pinal. Así
que decidí proponerles ensayar esa misma tarde,
aunque estaba previsto que lo hicieran al día
siguiente. Entramos en la habitación del hotel
que nos habían cedido para ensayar. Un hotel
que todavía no había abierto al público
y del que los tres fuimos los primeros huéspedes.
Tim se tendió en un sofá con el guión.
Sarah se sentó en un sillón. Yo me descalcé
porque la primera vez que uno oye los diálogos
de una película dichos por los actores, hay que
tener los pies realmente en el suelo. Y, entonces, pasó.
El milagro. La magia. El fuego, la fuerza, la química,
la física, cómo quieran llamarle: me da
igual. Ante mis ojos, mis oídos y mis calcetines
de lunares, Tim era Josef, Sarah era Hanna, y yo estaba
allí con ellos y en ellos y a través de
ellos porque nunca he presenciado una primera lectura
de guión que se acercara tanto a lo que yo tenía
en la cabeza. A cada palabra, a cada silencio, Hanna
y Josef se materializaban en la fría habitación
de hotel y el olor a pintura y a moqueta dejaba paso
al olor a desinfectante y a mar y a petróleo.
Esos dos planetas hechos de diferentes materiales se
acercaban hasta quemarse. Y algo que no se puede explicar
pero que tiene un peso que casi se puede tocar, que
es la química entre dos actores, se produjo allí
mismo. Y yo fui lo bastante afortunada para vivirlo
y atesorarlo.
“No está mal, no está nada mal“,
dijo Tim. “No”, dije yo. “Ha sido
la hostia ¿Lo haréis igual de bien cuando
rodemos?”. “Bueno, sí, ha sido la
hostia, yo no sé si lo podremos hacer igual de
bien”, dijo él. Y Sarah, que tampoco las
tenía todas consigo al principio, dijo: “Creo
que ahora voy a llorar, si no os importa”. Y los
tres nos echamos a reír.
A partir de ese momento, todo fue sobre ruedas. El vínculo
entre ambos, Tim y Sarah, Josef y Hanna, se fue haciendo
cada vez más real, más fuerte. Sus escenas
juntos te hacen sentir como un intruso en la intimidad
de dos personas, como si tú también estuvieras
agazapado junto a ellos oyéndoles respirar.
Sé que habrá algún día en
que vuelva a quejarme (todos los directores, let`s face
it somos unos quejicas), en que el cabrón de
mi mini-me me dé la brasa con mil gilipolleces
absurdas que me arruinen un poco la existencia, entonces
sólo espero recordar ese primer día de
ensayos con Tim y Sarah y darme cuenta de que, pase
lo que pase, pude asistir en vivo y en directo a un
milagro.
Josef
-¿Sabe que he soñado con usted? No se
preocupe, no era un sueño erótico.
Hanna
-Vaya, qué lástima…
Una mañana, a las seis, antes de que sonara
el despertador, Tim me llamó a la habitación:
“Isabel, creo que no veo muy bien”. “Voy
a llamar a un médico”. Llevábamos
una semana de rodaje y Tim había estado usando,
para interpretar a Josef, que ha sufrido un accidente
y se ha quedado ciego temporalmente por una explosión,
amén de cuatro horas diarias de maquillaje, unas
lentillas especiales hechas en Nueva York que le estaban
causando molestias en la vista. Tim es un tipo capaz
de rodar con cuarenta de fiebre -como hizo el primer
día de rodaje-, así que si me decía
que no veía bien, es que realmente no veía
un pijo. Localizamos a un oculista de urgencias. Fuimos
a su consulta. Al examinarle la vista, dijo que las
lentillas le estaban causando heridas en la córnea,
que no se le ocurriera volver a usarlas. En el coche
que nos llevaba al rodaje, le dije que no se preocupara,
que ya buscaríamos una solución, pero
que, desde luego, no iba a permitirle volver a usar
las lentillas. Me preguntó si no habría
problemas de raccord con todo lo que ya habíamos
rodado, si a mí me gustaba el efecto que hacían
las lentillas en pantalla. Le dije que ésa no
era la cuestión ahora, que si se quedaba ciego
o algo, sí que íbamos a tener problemas
de raccord de verdad.
A la hora de rodar, cuando ya me estaba rompiendo la
cabeza para hacer un primer plano sin que se vieran
demasiado las pupilas, se presentó con las lentillas
puestas. “Estás loco”, le dije. “Pues,
claro, ¿qué te crees que hago aquí?”.
Y no hubo forma humana de quitarle las lentillas. En
la pantalla, pocas veces he sentido de una manera tan
física la mirada de un hombre ciego.
Inge
-Y ¿ha pensado que quizás lo que Hanna
necesita es que la dejen en paz?
Josef.-
-Sí, sí lo he pensado, pero sé
que ella me necesita. Y yo a ella.
Hubo un momento, casi al final del rodaje, donde teníamos
una secuencia con Tim solo en un bar delante de una
Guiness, donde se suponía que Josef estaba pensando
qué debía hacer con su vida. Era una escena
sin diálogo, relativamente sencilla. En el guión
ponía únicamente “Josef bebe una
cerveza y saca una pastilla de jabón de la mochila
de Hanna”. En plan de broma, le dije: “Uf,
hoy sí que espero que te acuerdes del texto”.
Me di cuenta de que estaba desconcertado. No era sólo
“qué se supone que tengo que pensar aquí,
o algo así”, era algo más. “Es
que, es la primera escena en la que estoy solo, realmente
solo”. “Es verdad”, dije. Nos quedamos
en silencio. “Bueno, es el momento de la cristalización”.
“What?”. “Sí, es el momento
en que no hay vuelta atrás, el momento en que
te das cuenta de que realmente amas a esa mujer, y por
cierto, cuando quieras rodamos”. “Hija de
puta”.
Y rodamos. Una. Tres. Cinco tomas. Me miraba. Ya sabíamos,
a esas alturas, con una mirada, cuándo algo estaba
bien y cuándo, no. A la sexta toma, algo apareció
en sus ojos que si no era la cristalización del
amor que describió Stendhal, francamente se le
parecía mucho. “¿Contenta?, ¿Tienes
bastante cristalización?”. ““Ummm,
sí, para ser el ganador de un Oscar, no lo haces
nada mal, la verdad, aunque creo que deberías
volver a ponerte las lentillas”. “Yo la
mato!!!”. Hicimos otra toma. Y fue exactamente
como si Julian Sorel estuviera en el bar, delante de
una pinta de Guiness.
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