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COSAS
QUE HACER ANTES DE MORIR
"Emprende
Isabel Coixet en "Mi vida sin mí" una de
las más arriesgadas aventuras del melodrama, la representación
desde dentro de una agonía, la llegada de la muerte
observada desde la conciencia alertada de una mujer moribunda,
que quiere poner orden en el desorden que ocurrirá
en el mundo que la rodea cuando ella salga de él en
viaje sin vuelta. Es un dispositivo de estirpe trágica,
porque carece de resolución dramática optimista,
pero está atravesado por un pesimismo inteligente y
consolador, que segrega libertad y mueve y conmueve, en una
secuencia esponjosa y con capacidad de fortísimo contagio
sentimental, que sitúa al espectador, cuando se adentra
en la zona final del relato, en el borde del buen llanto,
de la lágrima dulce.
En su
arranque, y para una mirada epidérmica, esta intensa
y emocionante película española -coproducida
con Canadá, donde se rodó- puede parecer sacada
de uno de los cajones de sastres que abastecen el cine independiente
norteamericano, pero, a medida que se adentra en sí
misma, "Mi vida sin mí" toma rumbo propio,
no híbrido de escuelas y estilos ajenos, un rumbo que
conduce a una pantalla intimista muy viva y libre, un ámbito
no ostentoso sin pudoroso, que casi no se deja ver, sometido
a la ley de la transparencia. Y cuanto allí filma Coixet
queda atrapado por la esponja de su sensibilidad y convertido
en fuente de estilo.
Se mueve
siempre Coixet dentro de la idea argumental motora del filme:
"Cosas que hay que hacer antes de morir"; y es emocionante
por su sencillez la dura y grave escena en que Sarah Polley
-admirable actriz canadiense, que esculpe este personaje y
logra en él momentos de gran delicadeza, al borde del
milagro interpretativo de la transfiguración- anota
estas "cosas". Y la notable mujer, aún casi
una muchacha, vive algunas de ellas, como el arranque de su
idilio con un compañero de lavandería, que tiene
exquisita y excelente graduación; y la lenta y dolorosa
mutación que van experimentando sus vínculos
familiares, mutación que no ocurre en una escena concreta,
sino en el tiempo o el flujo de la secuencia; y la escena
de la grabación de los monólogos que la permitirán
vivir después de muerta, que es una escena con perturbadora
capacidad de encanto; y su doloroso rescate, en un admirable
cara a cara con Alfred Molina, del padre encarcelado.
Estalla
de vida la lenta agonía de la mujer, y la muerte se
mueve por detrás de la imagen, silenciosa, discreta
y pudorosamente, sin dejarla asomar su mordisco. Moviendo
ritmos y personajes en el borde de lo cursi, Coixet hace un
ejercicio de dominio de esa materia que mueve, pues no cae
nunca en lo fácil y cada pequeño paso de la
mujer hacia la muerte, por obvio que sea, tiene proporciones
de inesperado. Es lo que ocurre en el magnífico despliegue
de Leonor Watling, que va ganando entidad a medida que es
enriquecida por la mirada de Sarah Polley, que la elige como
futura madre de sus hijas. Hace falta, para mover un melodrama
de tanta pureza sin caer en la exageración, mucho tacto
y sentido de la contención. Y Coixet derrocha estas
calidades indispensables para llevar a puerto un barco tan
frágil como el suyo, y las completa con el olfato que
requiere la elaboración de un reparto tan exacto como
el que logra. Porque los intérpretes de "Mi vida
sin mí" son más que el añadido de
una decena de larga de magníficos rostros, son un todo,
un prodigio de unidad colectiva, de delicada interacción

ÁNGEL
FERNÁNDEZ-SANTOS
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