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Sonrisas
y Lágrimas
Me
emocioné. Contuve las lágrimas unas cuantas
veces. A mi lado, dos amigas, fueron menos pudorosas. No me
fijé qué hacían otros hombres ni otras
mujeres; simplemente cuento mis emociones y las que me parecieron
más cercanas. No separo las lágrimas ni las
emociones en masculinas o femeninas. También reí,
una, dos o varias veces. Es decir, salí encantado por
haber podido sentir tantas cosas, tan diferentes y tan verdaderas
de una pequeña gran película. Digo pequeña
frente a grandes producciones, frente a enormes costos, grandes
estrellas o espectaculares decorados. Nada de eso necesita
"Mi vida sin mí", la obra maestra que surgió
en el frío de Canadá, rodada en cinco semanas
y con un reparto excepcional y con un presupuesto necesario,
pero pequeño por comparación. Felicidades, por
tanto, también a El Deseo, la productora de los Almodóvar,
por permitir que esta rara tan necesaria de nuestro cine que
es Isabel Coixet haya podido rodar como ha querido su más
hermosa y sincera película. Por parecidos caminos que
su excelente "Cosas que nunca te dije", con menos
precariedad, con más sabiduría cinematográfica,
con mejor guión y con mayores emociones.
Ann -la
extraordinaria Sarah Polley- vive feliz con su familia. Es
muy joven, tiene 23 años y ya es madre de dos pequeñas.
Su marido, también joven y padrazo con trabajos precarios.
El entorno es objetivamente duro, pero la familia de Ann parece
feliz. Así es, o así parece, hasta que Ann recibe
la trágica noticia de su segura e inevitable muerte
por cáncer en dos meses. ¿Todo se derrumba?
No. Ann decide mantener en secreto su enfermedad. Además,
hace la lista de su decálogo de deseos pendientes.
A partir de esos deseos la película se llena de verdades,
emociones, risas, amores, extraordinarios personajes que aparecen
en la vida de este grupo familiar. Magníficos papeles
pequeños y esenciales tienen Leonor Watling -la encantadora
vecina- y María de Medeiros, la excéntrica y
moderna peluquera. Filme de fotografía sobresaliente,
también la cámara.
Melodrama
lleno de verdadera tragicomedia, de sonrisas y lágrimas
-no confundir con película azucarada- que nos hace
mejores después de haberla visto. Y, además,
salir cantando "Senza fine"

Javier
Rioyo
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