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Cuando
todo ha de caber en un rato
No
es fácil contar una historia como la que cuenta Isabel
Coixet sin que se derrumbe algo: o la narración, o
el espectador, o los palos del sombrajo. "Mi vida sin
mí", tal y como elegantemente advierte el título,
está narrada en primera persona por su protagonista,
que intenta iluminar esa zona oscura de un futuro que le pertenecería
y que no tendrá, pues una muerte anunciada truncará
en breve. El personaje es una mujer joven, madre de dos niños,
sin un aparente interés personal y que, al encarar
contra el muro de su inevitable muerte, abrirá ella
misma un hueco por el que asomarse y transformarse en alguien
pleno. La pura contradicción del título (no
puede haber mi vida sin mí) se embellece aún
más con la absoluta ironía de alguien que, vaciándose,
alcanza la plenitud.
La actriz
Sarah Polley raspa las aristas de su trágico personaje,
lo llena de equilibrios y hermosuras, de entereza, le da sentido
y una salud y optimismo que no tiene; la escena en la que
realmente prevé con imposible nostalgia su futuro sin
ella y lo intuye en unos esbozos de mensaje de cumpleaños
para sus hijos, es un prodigio de sensibilidad, de escritura
y de elipsis de la directora, Isabel Coixet, una mujer que
sabe decir las cosas que nunca se dicen. La película
te mantiene, en efecto, contra las cuerdas, pero no permite
nunca que te vayas a la lona: a la tristeza, la envuelve de
aventura; a la pérdida, de encuentro; a la depresión,
de romanticismo; a la falta de futuro, de presente, y de,
en cierto modo, de continuación, mediante personajes
rutinarios pero tan irreales y tan oportunos y deseados como
un "hada vecina" o un "príncipe de lavandería"...
Coixet no le vuelve la cara al tópico, sino que lo
adapta, lo transforma en épica, en músicas grabadas,
en noches desveladas, en tiempos comprimidos, en ratos de
un todo. Probablemente sea "Mi vida sin mí"
la película que con más ahínco y lucidez
habla del futuro, y sin plantearse siquiera un paso más
allá de ahora

E.
RODRÍGUEZ MARCHANTE
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