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From I to J   

Isabel Coixet

Un día, en una mesa polvorienta y atestada de una librería de segunda mano de Londres, John Berger apareció en mi vida. Era un libro naranja y descuajeringado, con la portada llena de dobleces y palabras ininteligibles y minúsculas escritas en bolígrafo. El interior también estaba lleno de anotaciones en un idioma que desconocía, pero por cincuenta peniques no se pueden pedir primeras ediciones y, además, siento siempre curiosidad, como Helene Hanff, por las anotaciones que alguien ha escrito en un libro antes de que llegue a mí, así que, intrigada por el título Ways of seeing («modos de ver»), me lo llevé a casa. Lo empecé a leer en el largo recorrido en metro que me llevaba al lugar donde vivía entonces, en las afueras de Londres. Cuando bajé del vagón, el mundo ya no era el mismo, yo ya no era la misma y mi punto de vista —ese que, con pueril desfachatez, yo creía inamovible— se había hecho trizas. En veinte páginas y doce paradas de metro, el acto de ver había adquirido una brillantez y un sentido que me acercaba a un misterio que siempre se había mostrado esquivo conmigo: mirar es encontrar.

Ways of seeing fue un descubrimiento y una revelación: como si por unos instantes el telón que había cubierto el mundo que me rodeaba se hubiera levantado y un magnífico maestro de ceremonias me estuviera mostrando las cosas —la pintura, los árboles, las lágrimas, la historia y el tenue pero poderoso vínculo que las une— por primera vez. Era también la primera vez que un crítico de arte no hablaba tan sólo de pintura o escultura, sino que decía cosas como: «Yo creo que uno mira las pinturas con la esperanza de descubrir un secreto, pero no un secreto sobre el arte, sino sobre la vida». Y desde que el libro se publicó en 1974, generaciones de lectores han experimentado ese mismo sentimiento de revelación porque, tras leerlo, ya nada puede mirarse del mismo modo.

Años después, cuando le presté Ways of seeing a un amigo, éste me dijo que las anotaciones del libro estaban en islandés. Nunca lamenté tanto no saber ni una palabra del idioma de Björk.
Ese es el efecto que los libros de Berger producen en la gente: uno alimenta la esperanza de entender el mundo y de relacionarse con él, aunque sea en islandés. O precisamente en islandés.

1
Un día, John Berger dijo: «El momento en que comienza una pieza musical nos da la clave de la naturaleza de todo el arte». Ese día, Tom Waits y Maria Callas estaban cantando un dueto en una gasolinera abandonada, cerca de las barcas rotas que pueblan las orillas del encogido y seco mar de Aral. Sonaba como una canción de amor, aunque no lo era. Una manada de perros famélicos hacía el coro.

2
Un día, John Berger encuentra a su madre en Lisboa, aunque su madre lleva años muerta. Cogiéndole del brazo, ella le recuerda que los muertos nunca permanecen donde se les entierra. Así empezaba el último libro de Berger, en el que narra sus encuentros con diversas personas fallecidas que fueron importantes en su vida.
En Cracovia coincide con su profesor de dibujo. Ambos recuerdan el cuadro de Antonello da Messina del Cristo muerto sostenido por un ángel. El profesor mira los dibujos que el alumno ha hecho:
«No hay una brizna de piedad en las manos del ángel, sólo ternura. Has captado la ternura, pero no la gravedad, la gravedad de las primeras palabras impresas». La ternura y la gravedad nunca han sido tan inseparables como en los escritos de John Berger. En el mundo que describe, un perro hambriento es rey, y un hombre sin techo posee toda la sabiduría de los arcángeles.
Y, simultáneamente, podemos mirar una montaña de despojos creciendo al lado de una autopista y una fotografía de unas vacas en la Alta Saboya, y entender el fino e irrompible hilo que las une. Sin volvernos locos.

3
Un día, John Berger fue pintor. Leñador. Crítico de arte. Labriego. Soldado. Guionista. Poeta. Motorista. Dramaturgo. Actor. Ensayista. Conferenciante. Novelista. Albañil. Amante. Marido. Padre.
Es imposible responder a las preguntas ¿qué libro debo leer?, ¿qué es lo mejor?, ¿por dónde empezar? No hay nada que le represente totalmente y, al tiempo, todo le representa.
Nunca le he visto partir leña, pero estoy segura de que en cada hachazo también está todo lo que hay que saber sobre el mundo, todo lo que es necesario saber.

4
Un día, John Berger escucha a John Coltrane tocando Every Time We Say Goodbye. Pero la canción no es la banda sonora de amores perdidos, de pasiones contrariadas. Es la música que escuchan los que tienen que dejar sus hogares contra su voluntad, a causa de la guerra, del hambre o de las persecuciones. Es la música que mece los cadáveres de hombres, mujeres y niños que pueblan el estrecho de Gibraltar. Es la música que se escucha en todos los campamentos de refugiados de África. La música que escucharon, años antes de que Coltrane naciera, el millón de armenios exterminados por el Gobierno turco. La música que no puede ahogar el fragor de la guerra que ya ha empezado. Una música sin fin en un siglo de desapariciones. Los ojos azules de John Berger, como los de un hermoso búho, parecen no cerrarse nunca.
La música le mantiene despierto.
Y él, a nosotros.

5
Un día, John Berger escribió una de las más bellas historias de amor que se han escrito: Hacia la boda. Un hombre ama a una mujer que tiene sida y, contra todo y contra todos, se casan. Las fangosas aguas del Po, donde se esconden las anguilas marrones, son el marco de esta historia, una película que a Roberto Rossellini le hubiera gustado dirigir. En Páginas de la herida, leemos que «el amor quiere acortar toda distancia. Sin embargo, si el espacio y la separación fueran eliminados, no existirían ni la persona amada ni la que ama».

6
Un día, John Berger dijo en su primer libro, Un pintor de hoy, que el creador, sea en la disciplina que sea, rara vez sabe lo que está haciendo, absorto como está en las dificultades inmediatas que se le plantean y sólo disponiendo de una vaga intuición de lo que hay más allá de lo más inmediato. Y esa «vaga intuición», esa niebla que hay que atravesar para llegar al lado de la claridad, es el proceso que contemplamos cuando admiramos una escultura de Giacometti o leemos un poema de Leopardi.
Toda la obra inmensa de Berger habla de esa travesía. Y él atraviesa la niebla con una maleta que no le pertenece, cargada de todas las historias del mundo, ávido por entregárnosla para que la hagamos nuestra. Tan generosamente.
Un pintor de hoy fue duramente criticada en el momento de su aparición. Un crítico llegó a decir que el libro merecía estar escrito por Goebbels. Nadie recuerda el nombre del crítico. Hasta qué punto alguien puede estar equivocado.

7
Un día, John Berger comió una sopa. Una sopa polaca, szczawiowa, de col y huevos y patatas y crema ácida y un montón de cosas más que sólo los polacos conocen. Una sopa milagrosa que calienta en invierno y refresca en verano. La sopa le lleva a recordar a un artesano del siglo xvii que definió las siete fases por las que todos los procesos humanos pasan: el primero es lo agrio, el segundo la dulzura, el tercero la amargura, el cuarto la calidez, el quinto el amor, seguidos del sonido y el lenguaje. El lenguaje de Berger pasa por todos esos procesos y los contiene. Como una sopa increíblemente alimenticia de un caldero que nunca se acaba. Hambrientos como estamos.

8
Un día, John Berger, entre las cretonas gastadas del salón de té de un hotel madrileño, me habló de La línea vertical, una obra de teatro que escribió junto a Simon McBurney, el fundador de la compañía de teatro Complicité. La obra fue representada durante tres noches en dos estaciones de metro de Londres abandonadas, la primera en 1907, la segunda en 1994, el mismo año en que se descubrió una cueva con dibujos del paleolítico en Ardèche (Francia). Los espectadores seguían en penumbra a los tres narradores de la obra (John, Simon y la actriz Sandra Foe) a través de los túneles, las escaleras, los elevadores en desuso, en un descenso a la médula de la historia de la humanidad. En un momento dado, los espectadores son requeridos a acostarse en una montaña de colchones. El brillo en los ojos de John contando que esos colchones eran los colchones reales donde la gente se tumbaba en la Segunda Guerra Mundial, cuando se refugiaban en el metro durante los ataques aéreos. ¿Te imaginas, esos colchones donde quizás los padres de algunos espectadores o ellos mismos se habían acurrucado, musitando canciones para ahuyentar el terror, para no oír las bombas cayendo? Nada de eso podrá ser posible. Ya nadie va a sentirse seguro en el metro. «¿Puedes verme en la oscuridad? Dime, ¿puedes verme?»

9
Un día, John Berger y su hermosa hija Katya —si hay una mujer en el mundo para quien ese adjetivo ha sido creado es para ella— leyeron en voz alta fragmentos de la correspondencia sobre Tiziano que habían mantenido años atrás. Era un día claro y caluroso, en algún lugar de la Toscana, con moscas y vino y salami y queso picante y sillas plegables y abanicos y risas de niños, al lado de una pequeña capilla roja y verde pintada por Sol Lewitt.
Mientras sus voces se elevaban por encima de las suaves colinas, hablando de ocres y amarillos, de húmedas esquinas venecianas, de la oscuridad que realza el brillo de unos ojos, algo parecido a la esperanza se abrió camino en el corazón de todos los presentes. Y hasta las moscas se dejaron llevar en un viaje simultáneo, más allá de aquellas suaves colinas y dentro, muy dentro, de nosotros mismos, a ese rincón donde luchan la desesperación y la luz. Sólo la existencia de alguien como él hace que ese combate tenga sentido.

10
Un día, John Berger me preguntó si querría hacer algo, lo que yo quisiera, con una obra que se llamaba From A to X y que estaba escribiendo en ese momento. Aún conservo la carta en la que me decía que la idea de que yo iba a «apropiarme» de sus textos le ayudaría a acabar la obra. Mi respuesta fue un papel que luego vi en la mesa donde trabaja; en el papel sólo ponía «¡Sí!», en letras grandes.
Dos años y pico después y tras innumerables conversaciones, ruegos, preguntas, respuestas y aventuras que transcurren desde París hasta Los Ángeles, pasando por Roma, Madrid, Girona y Barcelona, y que han tenido como compañeras de viaje a actrices y artistas de reconocido prestigio que han creído a pies juntillas en el proyecto, presentamos esta instalación en el Arts Santa Mònica, que no pretende otra cosa que recrear y homenajear a un hombre sin el cual el mundo en que vivimos sería más opaco, menos luminoso, más aterrador.
From I to J es la materialización de ese «¡Sí!» trazado en tinta china que un día me atreví a enviarle. Mi único deseo es que todos los espectadores se conviertan en cómplices del proyecto y, por unos instantes, compartan las vidas de A’ida y Xavier y respiren el aliento de vida que John Berger ha sabido insuflarles.

From I to J

Cartas del libro "From A to X" de John Berger - Audio