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Montes de Pas
Cuento africano
  MONTES DE PAS

A algunos lugares del mundo se les considera perdidos – perdidos y diferentes para los demás, pero no para ellos mismos-. En el norte de España, en profundos valles defendidos por imponentes montañas, sí que hay una forma de vida humana diferente, tan especial que ha resistido durante siglos a los poderes del estado, de la iglesia, y de los estudios “científicos” más absurdos e incoherentes. Se trata de unas tierras de laderas empinadísimas, muy verdes, con multitud de cabañas de piedra diseminadas como saltamontes por collados, vaguadas, cotas. Unos ancestrales mojones de piedra, como guardianes de la frontera, - pena de muerte para el que osara removerlos-  marcan el territorio en que vive el pueblo pasiego, habitante de este vértigo.
Los pasiegos dependen del ganado que cuidan con tanto esmero. Durante siglos, su actividad productiva principal – por no decir única-  ha sido el pastoreo de vacas. Auténticos cowboys, pues. Se trata de un monocultivo que ha hecho de la vaca un tótem tribal. La vida pasiega, aislada y austera, ha dado origen a todo tipo de mitos malévolos. Los pasiegos viven en cabañas bastante alejadas de grandes núcleos de población, lo que dificultaba – y sigue dificultando-, la asistencia a la escuela o a la iglesia. A cambio de esas carencias, han desarrollado históricamente una admirable adaptación al medio en que se mueven. Pero la leyenda – y el desprecio- han acompañado hasta hace poco al mundo pasiego.

Algunos sesudos antropólogos sugirieron que los pasiegos eran una de las tribus perdidas de Israel, otros afirmaron que eran de origen árabe, como demostraba el ondulante andar de las pasiegas al subir y bajar el monte.

Acabo de regresar de unas cortas vacaciones por los pueblos, montañas y ríos trucheros de la región pasiega. No había vuelto desde que en el 2004 rodé allí una película, La vida que te espera. Tanto Marta Etura, como Luis Tosar, Juan Diego, Clara Lago o yo mismo, guardamos un gran recuerdo de aquellos días sumergidos en el mágico mundo de los valles. Más atrás en la memoria -en mi memoria-, está la primera impresión que me hizo de niño ver las mujeres con bebés en cuévanos llevados a la espalda, subiendo por las sendas de la montaña. O ver pasar los rebaños de vacas, trasladadas a los pastos de verano por toda la familia, enseres y perro incluido. Una vida seminómada que nos asombraba a los escolares sedentarios de la ciudad. Pero fueron sobre todo los pueblos colgados de las nubes, los túneles misteriosos, las cabañas remotas y solitarias – una especie de soberbia dentro de lo humilde- lo que me hizo, al cabo de los años, rodar una película allí.

Ahora el mundo pasiego tiene una revaloración; se admira – y se estudia- su adaptación al medio ambiente como modelo. No dejen de visitarlo antes de que se acabe.

Enlace: Los valles pasiegos

Octubre 2011

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