Una página en blanco a la espera de escritura es un desierto, atrae tanto como atemoriza. La página puede existir o no existir, pero, si se ha creado, es para algo. Vamos pues a ello, cumpliendo una antigua promesa hecha a mi mismo y a los amigos de está página, si alguno hubiera. Y resulta que precisamente vengo de un sitio de desiertos, promesas y mitos. Y que, además, se expresa en español. Guinea Ecuatorial es el único país africano de habla castellana – aunque se hablen otras lenguas, como el fang-. El español es el idioma vehicular, el de los negocios, la política y el de la lengua culta literaria. Las relaciones con la antigua metrópoli son complejas – Guinea Ecuatorial es una dictadura siniestra, como lo son todas- pero la gente que la habita no debiera ser la que pague nuestra buena conciencia democrática. De hecho, la Agencia de Cooperación Española hace una labor excelente, e intenta llenar los numerosos agujeros culturales que tiene el país. Pero el extrañamiento entre los gobiernos contagia a las dos sociedades, los meridianos se alejan cada vez más, como si en vez de estar en el mismo planeta atravesaran galaxias lejanas. Y sin embargo...
La actividad narrativa guineana es rica y variada, aunque en España no tenga la misma consideración que la latinoamericana. Todos los escritores que he conocido allí reivindican su vinculación hispánica. Pertenecen a las etnias fang o bubi – las originarias del territorio-, pero no son escritores indigenistas, en el sentido restrictivo o ideológico que pueda tener el término. Al contrario, el español es la lengua de la libertad, a pesar de que en la vida familiar y cotidiana hablen la lengua autóctona. Y es que, en un medio político hostil a la libertad y a la creación, la vinculación con España es esencial. Como nosotros con los institutos Goethe o Alianza Francesa durante el franquismo. Espacios de libertad. Los autores ecuatorianos de antes y de ahora, se dirigen a un lector que mayoritariamente lee en español, y que, claro está, reside sobre todo en la antigua metrópoli. Hay un esfuerzo, que a veces me parece desesperado, por ser escuchados. Pero la metrópoli la mayor parte de las veces ha hecho oídos sordos de la literatura ecuatoguineana.

Un escritor como Juan Ávila Laurel –que es reconocido internacionalmente- debería ser tan popular en España como lo son Vargas Llosa o García Márquez, por citar alguno. O al menos como los autores mejicanos, chilenos o argentinos que a cada uno le vengan a las mientes o sean sus preferidos. Su novela Arde el monte de noche – Calambur narrativa 2009- es una historia ubicada en la isla de Annobón, tan lejos de todo como de sí misma, y recrea un mundo a la vez real y mítico, del mito como “una manera de habla”, en sentido barthesiano.
Ekomo, de María Nsué Angüe,-Sial/Casa de África 2008- es una obra de referencia en la literatura ecuatoguineana. Llena de voces poéticas, de susurros y hasta de jaculatorias repetidas, ese mundo de fábula llega a imponerse a la triste vida cotidiana de su protagonista. La única utopía cumplida es la imaginación.
Otros nombres que no defraudarán al curioso lector, pueden ser los de José Fernando Siale o los de Maximiliano Nkogo y César Mba Abogo.
Bueno, sí, también son difíciles de pronunciar Shakespeare o Faulkner y ahí están.
Los libros de los autores africanos en lengua española se pueden encontrar por Internet en www.casafrica.es
En fin, amigos, que cuando tengáis la oportunidad de asomaros al desconocido mundo de Guinea Ecuatorial, hacedlo. Será una sorpresa continua.
Julio 2011
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