
con Guillermo del Toro
La mimesis y los cuentos
de hadas
Fernando Martínez de la Serna
“Yo quería ser biólogo
marino, escritor e ilustrador de libros. Y el cine me ofreció
la posibilidad de hacer todo eso y más. Porque ciertamente
la biología tiene en mis películas una importancia
muy grande. Me atraen fundamentalmente todos los misterios,
y la biología es uno de los más grandes que
existen: el hecho de que dentro de nosotros exista un universo;
que exista el cosmos y que exista el cosmos interno, y ambos
permanezcan secretos para nosotros. Nuestras funciones no
están totalmente claras. No sólo no conocemos
el océano ni conocemos el espacio, no nos conocemos
nosotros. Podemos cifrar e inventariar muchas cosas, pero
incluso algunas de las que podemos nombrar no sabemos bien
cómo funcionan. La biología me parece una fuente
de anarquía y de horror”.
Guillermo del Toro es uno de los pocos cineastas verdaderamente
equidistantes de las superproducciones afines a Hollywood
y la cultura independiente. Nacido en 1964 en Guadalajara,
Jalisco (México) forma parte de una generación
insólita de directores de cine mexicanos (Alejandro
González Iñárritu, Alfonso Cuarón,
muy amigos suyos) que ha conquistado todas las claves de la
industria: productores gigantes y diminutos, público
que va al cine a evadirse y quienes acuden para inmiscuirse,
fans de Superman y devotos de Almodóvar.
Ahora estrena El laberinto del Fauno (su octava película:
Doña Lupe, Geometría, Cronos, Mimic, El Espinazo
del Diablo, Blade II y Hellboy), una fábula de la elección,
un cuento de hadas en un entorno absolutamente de hierro como
es el franquismo, donde no hay individualismo, donde todo
es plegarse a la voluntad del poder. Ésta podría
ser la llave para entrar en el universo de Guillermo del Toro.
La frágil línea que separa la realidad de la
fantasía, y la dificultad que entraña discernir
la una de la otra, o la otra de la una.
¿Cuándo aparece El
Fauno en su cabeza y cómo se va transformando en una
película que tiene de fondo la Guerra Civil española?
La película empezó de formas muy diversas. Hay
ideas muy elementales en la película que parten del
original El Espinazo del diablo antes de transformarse en
una historia de fantasmas en la Guerra Civil española.
El Fauno ya estaba en mi tesis de escritura cinematográfica
en la escuela de guiones. Y aún así es difícil
para mí encontrar la semilla misma de la idea, porque
originalmente la pensé como una historia completamente
diferente: hace muchos años pensaba en una mujer embarazada
que se mudaba con su marido a una casa abandonada que el marido
reparaba, en la Inglaterra victoriana, y ella se enamoraba
de un fauno que se la follaba todas las noches. La mujer empezaba
a ver cómo el laberinto florecía y las criaturas
salían del laberinto, y El Fauno le decía: si
quieres vivir con nosotros tienes que sacrificar a tu hijo.
¿Hay alguno de estos elementos en la película
El laberinto del Fauno? Sí. ¿Se parece a la
película que hace mucho tiempo imaginé? No.
Yo pensé que el momento de transición del mundo
entero, 1944, cuando está acabando la Segunda Guerra
Mundial, era un momento muy propicio para hablar de monstruos
y de opciones.
A poco que se haya visto alguna
de sus películas se perciben elementos que permanecen,
más allá de que trate de superhéroes
(Hellboy) o de insectos (Cronos): El Bien, El Mal, algo más
o menos parecido a una lámpara mágica o hada
madrina…
Desde muy chiquito yo he coleccionado y he estudiado de manera
bastante concienzuda los mecanismos del cuento de hadas, y
siempre me han fascinado como mecanismo primario de narrativa
humana. Creo que hay elementos de fantasía de ese nivel
en toda la literatura. El cuento primigenio es el cuento de
hadas. A partir de esa curiosidad, me dieron muchas ganas
de hacer algo. Y estuve a punto de hacer Harry Potter en algún
momento, estuve a punto de hacer Narnia, pero me parecían
películas con un universo fantástico muy benigno.
Claro, después hizo Alfonso (Cuarón) su Harry
Potter y el compadre hizo algo sensacional. Y entonces decidí
hacer mi propia versión del cuento de hadas, bastante
más enfermo de lo que haría para una película
americana, y de ahí empezó a salir El Fauno
otra vez, pero ya no como una historia victoriana sino como
una compañerita de El Espinazo del diablo, como una
peliculita melliza.
Es bastante sorprendente el reparto, íntegramente español
y con nombres muy marcados y seguramente más asociados
a otros géneros muy alejados de tu universo. ¿Le
parece hasta cierto punto lógica esta primera impresión,
o no está de acuerdo?
Cuando yo vengo a España y miro a los actores españoles,
los veo como a un extranjero. Recuerdo que un productor muy
prestigioso español me dijo, “¿Pero cómo
llevas a Sergi López de villano? Pero si Sergi López
es incapaz de interpretar un personaje así. Y con Maribel
(Verdú) también estás equivocado, lleva
a otra actriz”. Y yo le decía, “Es que
tú lo ves desde demasiado dentro, igual que la gente
consideraba que Eduardo Noriega no podía hacer el papel
que Interpretó en El Espinazo del diablo por su imagen
española de guaperas, y nadie en el extranjero dudó
de él en la película”. Además yo
soy un poco terco, me empeñé y sentía
que tenía razón en que Sergi López podía
hacer un villano cojonudo y que Maribel (Verdú) podía
hacer este papel perfectamente, de la misma manera que me
empeñé en El Espinazo con Noriega o con Marisa
Paredes haciendo de dama de llaves sin una pierna. Es un poco
esa terquedad y esa voluntad de ver al actor como lo que podría
hacer y no como lo que ya ha hecho.
¿Cómo aparece el cine
en su vida y cuándo adquiere el primer plano?
En mi infancia yo hice súper-ochos, como quien juega
a indios y vaqueros. Tenía la cámara de mi papá
y la usaba todo el tiempo para grabar cosillas, pero no tenía
mucha conciencia de lo que estaba haciendo. De pronto, a los
15 años, vuelvo a agarrar el cine y a hacerlo ya con
más gusto, pero en medio de estos dos momentos yo me
había planteado escribir, dibujar, hacer libros que
ilustrara yo mismo.
¿Y de ahí a los monstruos,
los insectos, a que toda clase de animalillos del bosque sean
protagonistas de sus historias?
Siempre me ha fascinado la idea del monstruo que se transforma,
que se desdobla literalmente, físicamente, y se vuelve
una segunda cosa. Me atrae mucho la capacidad de los insectos
de transformase, de la mimesis, de su posibilidad de camuflaje.
Investigando Mimic encontré un dato maravilloso de
un escarabajo que simula ser hormiga para vivir entre las
hormigas y comerse a las pupas y a las propias hormigas cuando
están débiles. Qué síntesis de
lo que puede ser un fascista, que simula ser humano y va por
ahí comiéndose a las pupas y a la gente débil.
¿Las fuentes de inspiración,
sus pálpitos, van cambiando con el tiempo y el espacio,
o le resulta muy difícil adherir elementos a su imaginería?
Cuando yo hice Cronos me hice amigo de un crítico de
arte francés que me abrió los ojos a una escuela
de pintores, la simbolista, que me cambió la vida.
Anterior a esto tenía una gran proclividad por los
surrealistas, pero desde entonces los pintores simbolistas
me parecen una influencia esencial en lo que yo hago. En Mimic,
por ejemplo, descubrí un montón de juguetes
para rodar que yo nunca había utilizado, grúas
sofisticadas, cabezas calientes para mover la cámara,
con giroscopios… etc. Y llegué a El Espinazo
con armas que ya no eran las mismas de antes. Mis fuentes
de inspiración, de creación, van cambiando.
Y cuando fui padre me cambió la vida, la manera de
ver el mundo. Y últimamente me ha inspirado cierta
gente, como Alejandro González Iñàrritu
o Alfonso Cuarón. Hemos logrado en los últimos
años una increíble compenetración como
amigos, aquella fábula que tenías de niño
sobre lo que podría ser la amistad. Yo veo una película
de Alfonso o de Alejandro y es una fuente de nutrición.
No sólo no sé cómo la hicieron, sino
que me maravilla que tampoco sepa cómo la imaginaron.
Ignoro tanto que puedo disfrutar lo que conozco.
¿Cuáles son sus películas
fetiche, y cómo vive el hecho de ver películas?
¿Disfruta a día de hoy del cine como espectador?
Algunas de mis películas favoritas la primera vez que
las vi las odié. Concretamente Vivir y morir en Los
Ángeles, de William Friedkin, pensé “Qué
puta mierda, este tío está muy mal”. Y
me dijo un amigo, “Tío, estás equivocado,
vuélvela a ver”, y me cagué en su puta
madre. Pero le hice caso, la volví a ver, y me pareció
una obra maestra. La reacción visceral, la primera
impresión ante una película, no siempre es la
buena. Y es algo muy propio del cine. Lo que tiene el cine
que no tiene ni la música, ni los libros, ni ninguna
otra cosa es que el cine no sucede en tiempo real. Tú
la ves en tiempo real, pero la película es una gran
falacia, pretende darte una continuidad de tiempo y espacio
que fue totalmente inventada por el director. Eso es lo que
provoca que nuestra opinión sea fallida en el primer
visionado de una película. Puedes decir que te gusta,
y luego encontrar ya por qué te gusta. O puede que
no te guste y luego cambiar de opinión. También
te puede gustar la primera vez y luego la odias. A mí
me ha pasado mucho esto con un director muy concreto. Y creo
que la razón está en que, la primera vez que
ves una película, por más que sepas y seas culto,
o hayas hecho cine o seas crítico, la primera ilusión
es que está pasando delante de ti. Tienes la ilusión
de estar viendo un concierto, pero no es un concierto. Lo
que es una alegoría del cine, un milagro, es que son
pedazos rodados por separado. Cuando oyes a Coltrane tocar
un solo de jazz, es Coltrane tocando un solo de jazz ahí.
Una película que emociona no es nada más que
una emoción absolutamente construida. Al libro tú
lo controlas. El cine sin embargo es lineal, y está
controlado narrativamente por el director para dar esa ilusión
de continuidad, permite la opinión causal de la gente
con tanta autoridad como si de un partido de fútbol
se tratara. La gente cree que sucedió. Cree que había
un laberinto y un fauno y nosotros nos fuimos ahí a
rodarlo con la cámara. Por subnormal que parezca, eso
es lo que todos sentimos. Yo me acuerdo cuando íbamos
por ahí Ron Perlman y yo, presentando Hellboy en diferentes
ciudades, y la gente le decía, joder qué bien
te quedó el personaje, qué ingeniosos diálogos,
como si a Ron se le hubieran ocurrido en el momento, de repente.
“Voy a decir esto”. “Qué bien Ron,
adelante, es una pasada”. La gente asocia al actor con
la creación del personaje, y tampoco digo que no sea
parcialmente verdad, pero la ilusión es fruto del director.
Creo que tienes en marcha varios
nuevos proyectos. ¿Cómo se simultanean y en
qué proceso están cada uno?
Uno de ellos es una versión de El Conde de Montecristo
en clave de western, con Nicholas Cage como protagonista.
Esta idea lleva conmigo desde 1993. Ahora que por primera
vez hay un actor como Nicholas Cage interesado, entonces es
que lo podré hacer. También trabajo en el guión
de Las montañas de la locura, adaptación de
la novela de H. P. Lovecraft, en la que intentaré reflejar
el horror cósmico de que el ser humano no es el centro
del universo. Otro proyecto es una nueva versión del
libro de Roald Dahl Las Brujas, del que ya hizo una versión
Nicholas Roeg en los ochenta, con Angelica Huston. Con esta
película llevo dos años trabajando. Luego está
El Hombre Lobo, para Universal, que es un personaje mítico
que me encanta, y me entusiasmaría rodar. Ésta
es la idea más nueva. También tengo Un asesinato
en la calle del carnaval, que es un guión de un chico
que tiene 23 años, que me llegó a casa y dije
me cago en la hostia, esto me gusta mucho. Y ahí va.
Más el siguiente proyecto español, 3993, con
guión de Sergio Sánchez , que me apetece mucho.
Por último, ¿qué
es lo que más le gustaría hacer en la vida que
no haya podido hacer todavía? Y no me refiero necesariamente
a su labor como cineasta, de hecho más bien me refiero
a La Vida...
Tengo una respuesta muy clara y es justo a lo que te refieres.
Siempre he querido ir al Tibet. Tengo una imagen absolutamente
fantasiosa de El Tibet, que creía que no se parecería
en nada a El Tibet de verdad. Pero un amigo fue hace poco,
y le pregunté todo tipo de detalles: era exactamente
como lo imagino, y tengo que ir. Iré.
F. M. de la Serna
|