23:04 horas del viernes 21 de diciembre. Reflexiones intempestivas un mes y pico
antes del caos. Nivel mental: locura controlada.
Sí, compañeros de fatigas, internautas, eternautas del mundo cibernético, aquí estamos de nuevo frente al ordeñador, este aparato maligno que nos pone mágicamente en contacto, por una extraña línea telefónica.
Hoy ha sido un gran día. La lectura masiva del guión con todos los jefes de equipo, celebrada en la oficina, ha sido un completo éxito. Hemos aclarado varios conceptos. Por ejemplo, el polímero expandido, o expansible si se moja, parece importantísimo para la escena de la nieve, o no, o algo. El caso es que todos estamos pendientes del polímero. Maján, el jefe de especialistas -pronúnciese Méiyen- está dispuesto a lanzar a la muerte a varios de sus hombres. Y yo le agradezco la entrega. Son como gladiadores, como espartanos. A morir por la película. Y van.
No nos llega el presupuesto para el plano en que el camello le chuperretea la cara a Sancho Gracia con su lengua pegajosa, porque hacer la maldita lengua en látex nos cuesta casi un kilo. Fuera lengua. Le echarán un balde de agua, o lo que sea, o lo haremos con el camello real, corriendo el riesgo de que le coma una oreja a Sancho. Además, ese camello está muy mosqueado, porque lleva siglos encerrado y ahora un grupo de colgados le marean tomando medidas de la lengua. Con ese kilo que cuesta la lengua de goma pagamos las dietas de diez meritorios. Después de esta confusa discusión de lenguas, nos ha entrado el hambre y nos hemos comido entre todos una pata de jamón que ha mandado alguien por navidad. Hemos hecho café y hemos seguido trabajando.
La discusión abierta sobre la escena de la taquilla, una taquilla imposible de rodar, porque la carretera está en dirección contraria al eje de la secuencia, nos está volviendo locos. He propuesto la posibilidad de fingir una carretera pintando y alisando el suelo de negro, y poner una señal de tráfico, pero el contraplano de Antuña tendremos que rodarlo en otro sitio, otro día, así que resulta más sencillo construir otra taquilla igual que la que existe en un sitio donde la carretera tenga la dirección correcta. La taquilla nos costará unos kilos, y los meritorios se volverán a quedar sin dietas.
La estampida de bisontes ha sido substituida por una estampida de caballos, porque sólo tenemos dos bisontes, y una estampida de bisontes con dos bisontes no es seria. Además los dos bisontes están tan amuermados que no son capaces ni de caminar, se encuentran en peores condiciones que los leones de Angel Cristo. Alguien ha propuesto rodar una estampida de leones de Angel Cristo, pero la opción ha sido desestimada. También se ha planteado la posibilidad de vestir con abrigos de señora unos toros de encierro, pero nadie se atreve a ponerle los abrigos a los toros. Los cabrones de los bisontes ni se mueven, sólo pastan y miran siempre hacia abajo. En cambio, podemos conseguir veinte caballos bastante baratitos. Ahora tenemos que pensar cómo hacer para que el niño no muera entre las patas de los caballos. Quizá si echamos polimero expandido, los caballos se distraigan. Me estoy volviendo loco.
Y vosotros, tranquilos, en vuestras butacas, con las palomitas.