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El curso de Filosofía que se licenció en la Facultad de Deusto en Bilbao en 1988 era un curso majo y bastante completo: entre sus miembros destacaban un 'heideggeriano' convertido en traductor, un taoísta revertido en vascólogo, el benévolo vástago de un conocido político, un artista cinéfilo... Este último solía alegrar los conventuales claustros universitarios con surrealistas dibujos que animaban a participar en el Cine-Forum, y que a mí me sonaban a eco de los tiempos de la contracultura centroeuropea. Sin embargo y curiosamente, su autor Alejandro de la Iglesia ofrecía una figura bastante formal a nuestros ojos, por una parte alejada de aquellos informales correligionarios de los años 60 y por otra todavía no rellenada por la materialidad corpórea del posterior Alex de la Iglesia.

Cuando algún alumno o alumna actual me preguntan por cómo era el ya famoso director de cine, yo recuerdo siempre su capacidad de convencimiento en materias fílmicas y adyacentes, lo que sin duda mostraba ya su personalidad. Lo recuerdo, sí, mas no perdono su taxativa convicción en tales materias hasta el punto de obligarme moralmente a visionar la ultramoderna película de ciencia-ficción "Alien" . Yo era un italianizante en cine (Visconti, Fellini, Pasolini, Bertolucci) y le decía que no tenía tiempo, que aborrecía el maquinismo tecnológico y que lo alienígena me alienaba, pero él insistía tenazmente, así que tuve que tragarme el despiadado filme a tramos, diócesis o dosis. Cuando por fin culminó mi tarea y concluí la visión, Alex se interesó por mi interpretación de la película, de modo que le comuniqué mi escueta intriga por el contraste que allí se me ofrecía entre la frigidez metálica de la nave espacial y la carnalidad/carnosidad de la bella fémina protagonista. Aún recuerdo que se quedó algo estupefacto de mi interpretación supongo que algo tonta y sesgada, por lo que siempre me quedó la impresión de haber suspendido aquel día en filmología con el futuro y brillante cineasta 'goyaizado'. De ser certera mi impresión, y nunca quise saberlo por si acaso, resultaría que él fue conmigo menos benévolo de lo que yo lo fui con él, ya que en la asignatura de metafísica y hermenéutica que yo impartía le propiné una notabilísima nota.

Y bien, no volví a saber propiamente de Alien de la Iglesia salvo por algunos comentarios con Patxi Lanceros y amigos, hasta que un día vi en la televisión casi por casualidad su cortometraje "Mirindas asesinas", firmada por un mundano Alex que yo no acababa de asociar con aquel Alejandro de Deusto. Me acuerdo muy bien del impacto o compacto que me produjo aquella terribilidad mítica y la violencia gratuita, aquellos estertores viscerales del protagonista Angulo, su regodeo y sadomasoquismo de verdugo, el amedrentamiento de las víctimas. Pues bajo el magma histriónico del filme latía una viscosidad turbulenta y demónica, anunciándose sin ambages el Dies irae o Día de la ira de la bestia, película que tardé en contemplar porque los mensajes al respecto tanto de la tele como de los espectadores se empecinaban en presentarla como un espectáculo de fuegos artificiales, barroquería pirotécnica y desafuero mental.

Cuando finalmente pude ver sosegadamente "El día de la bestia", pensé que Alex volvía por sus fueros y me reconcilié definitivamente con la potencia plástica y la imaginería exuberante de mi discípulo/maestro. Pero a menudo la gente se ha quedado con la anécdota sin acceder a la categoría. En efecto, el personal suele divisar una violencia exacerbada que celebra como catharsis o purificación individual y colectiva, pero sin advertir que nos confrontamos a una violencia metafísica, por cuanto elevada a la enésima potencia, lo que la convierte automáticamente en una violencia violentada: una violencia que se violenta a sí misma (para decirlo aristotélicamente), una violencia que se destruye y aniquila a sí misma, una violencia radicalmente simbólica corroída por un humor negro. Este humor negro es apercibido por el público bajo la forma externa del cachondeo, pero se trata de un cachondeo de nuevo metafísico, es decir, una explosión de risa espasmódica y humor corrosivo(morirse de risa), por cuanto su irrisión reflota en un abismo (remito aquí a la teoría de la risa del gran Schopenhauer). Con ello el film en cuestión parece lograr la fastuosa denigración del héroe macabro precisado de curación mental: mas no se olvide que un tal héroe es el representante de una tal sociedad (la nuestra precisamente).

Así que la filosofía se cuela en la filmología 'alexiana' como la seriedad en el humor y la metafísica en la física y lo físico. "Jo, qué fuerte", le dice el locuelo Segura al loco Angulo en el film mencionado, haciendo referencia a la propia autoviolencia o autorepresión del protagonista -el cura trabucaire- que es la base de la violencia y la represión del otro. Ese cura fundamentalista confiesa no haber visto en su vida ni cine ni televisión, lo cual es como confesar su incapacidad de simbolización y sublimación, reafirmando su realismo o literalismo mortífero; por eso toma al pie de la letra y no simbólicamente el Libro del Apocalipsis, las Profecías y las Utopías, lo cual manifiesta un modo de pensar simple y simplista, dogmático y rígido, ideológico. De esta guisa Alex de la Iglesia puede realizar una perspicaz crítica masiva a lo que yo llamaría el heroísmo tradicional clásico en nombre de un generoso antihéroe que él mismo encarna orondamente. De donde su irrisión del excesivo querer que ha caracterizado según Nietzsche a los españoles.

Al asumir radicalmente la violencia fundamental/fundamentalista en sus realizaciones cinematográficas, nuestro cineasta es capaz de asumir el mal que corroe nuestra sociedad y afrontarlo (auto)críticamente. No deja de resultar curioso que la idea del indómito cura activista se haya inspirado en la contrafigura del profesor J.Igal, un clásico jesuíta navarro, fanático de la especulativa filosofía monista o unitarista de Plotino y, por lo tanto, prototipo del intelectual ensimismado. Pero es que los extremos se atraen porque hay cierta mutua ligazón en la desmesura. Esa desmesura conjurada por Alex a través de la propia desmesura, lo que implica su pertinente proceso de relativización a favor no de una mesura cerrada sino de una mensura abierta: la que simboliza hoy su propia figura carnavalesca.

Andrés Ortiz-Osés