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Tras
casi dos años de trabajo, es penoso comprobar cómo
todo el esfuerzo que supone realizar una película se reduce
finalmente a hora y media de proyección. Hasta que llega
el primer pase, tu cabeza no advierte la gravedad de esa afirmación,
la angustia que te invade al ser consciente de que un pequeño
fallo en la copia, una mancha, un roto, pueden distraer al espectador
y destrozarte una secuencia. Cada proyección es La Proyección,
el pase más importante, probablemente el único para
ese grupo reducido de espectadores, y no existe un espectador más
importante que otro.
Por eso siempre pierdo los nervios cuando enseño por primera
vez una película. Normalmente me siento atrás, escondido
en el rincón más oscuro, como el vampiro de almas
de Poe, dispuesto a absorber las energías que desprendan
los espectadores al contacto con las luces que se reflejan en la
pantalla. ¡Dios, tengo tantas ganas de comprobar por fin cómo
funciona, si los gags son graciosos, si las escenas que quería
que asustasen asustan, si se entiende lo que pasa, si la gente quiere
al protagonista y le acompaña en la historia, si han visto
ése detallito que está colocado con toda intención
allí atrás, en el decorado
! Socorro. Comienza
la proyección y la gente se acomoda en sus asientos.
Todo parece normal. Suena bien, el Dolby no salta, todo va de perlas.
Afortunadamente la copia es buena, pero yo no la he visto anteriormente.
Error fatal. Puede tener una raya, puede que una secuencia salga
azul, o verde. Puede tener un fallo de laboratorio inadvertido,
y ya, para siempre, ese defecto acompañará en el recuerdo
a la película y yo no podré evitarlo. ¡Por la
Virgen, la gente se ríe, parece que les gusta! Gracias, Señor,
gimes para tus adentros, intentando contener las lágrimas.
De pronto adviertes que se acerca el cambio de bovina. Se qué
es absurdo, pero ¿y si se han equivocado de orden al colocar
las bovinas? ¿Y si proyectamos la uno y la tres, y la dos
la hemos colocado al final? Aunque parezca ridículo, casi
imposible, eso ha pasado en otras ocasiones.
Errar es humano. Por supuesto, si ocurre, estoy perdido. Nadie
disfrutará de la película. Pararemos la proyección
y todo el clima se habrá venido abajo. La gente, que ya estaba
metida en la historia, se desenganchará y todo el esfuerzo
de estos dos años habrá sido en vano. Bueno, parece
que el primer cambio de bovina es correcto, gracias a Dios. Ahora
viene el segundo acto. Agazapado en mi escondite al fondo de la
sala, observo las cabecitas de todos los espectadores, una a una.
Parece que ése tipo de la tercera fila se está aburriendo.
No, no puede ser. Es la butaca, que es incómoda
¡Sí,
sí, se está aburriendo, cabecea, cambia de postura
continuamente! No puedo soportarlo. Ah, se ha reído. Vamos
a ver, no nos precipitemos. Igual sí le gusta la película,
y sencillamente se trata de una persona nerviosa, un culo inquieto.
Ahora viene esa secuencia que tanto me costó. Espero que
les guste. ¿Qué hace aquél de la esquina? No
puede ser cierto. ¡Se está levantando! ¡Ahora
no, por Dios! Se ha levantado y se dirige a la salida. ¡Pasa
por delante de la pantalla y está distrayendo a todo el mundo!
¿Pero quién es ése canalla? Además suena
su móvil. ¡Sale para hablar por su maldito móvil!
¡Toda la sala ha perdido instantáneamente la concentración,
han olvidado la pantalla y siguen con la mirada a ese imbécil!
En cuanto acabe la proyección, le buscaré y le mataré
a palos, pero ahora no puedo decirle nada porque yo también
distraería a la gente. Ya ha salido, por fin. El ruido que
hace la puerta al cerrarse de golpe, molestísimo, coincide
con una frase fundamental del guión, y no se ha oído.
Por culpa de ese tipo odioso. Empiezo a emparanoiarme. La música,
¿está demasiado alta? No, está bien. No, no,
está muy alta, molesta a los diálogos. No, está
bien. ¿Subo el volumen? No, tendría que salir y molestaría
con la puerta y todo el lío. Vuelvo a observar concienzudamente
el mar de cabecitas de la sala. ¡Madre de Dios, ese crítico
tan importante se está encendiendo un cigarrillo!
Está distraído, no le interesa, no le gusta. Voy
a morir. Siento que voy a morir de un momento a otro. Pero no, igual
enciende un cigarrillo porque está a gusto, porque le gusta
la película, porque le agrada la historia, porque me quiere,
porque la vida merece la pena ser vivida. No sé. Comienzo
a sudar copiosamente. Un sudor frío, angustioso. Llega el
cambio de bovina. Por favor, por favor, por favor
Bien. Ahora
viene el mejor chiste de la película. ¡¡Eh!!
¡No se han reído! ¿Porqué? ¿Qué
ha fallado? ¡Es graciosísimo! ¡No lo han entendido!
Lo he contado mal. Me he precipitado. ¿Será que no
se entiende? Espera, espera. Igual sí se entiende, pero no
es un chiste de carcajada, es un chiste de sonrisa. Sí, es
eso. Es un chiste de sonrisa. ¡Claro, todos han sonreído,
pero no lo he visto, porque les tengo a todos de espaldas! Eso es.
La película avanza sin sobresaltos. Santo Dios, ya estamos
en el tercer acto. El final es lo más importante. ¡Si
el final es bueno, lo olvidarán todo! Acabar bien, qué
difícil es. Como en el Sexto sentido: la película
es un coñazo, pero como el final es acojonante, te olvidas.
Las cabezas se revuelven en sus butacas. Eso está bien, el
público está nervioso, expectante, deseoso de presenciar
el desenlace, ansioso por ver de qué manera se resuelven
los problemas que agobian al protagonista y vivir con él
su final feliz. Las cabecitas se retuercen, los culos se agitan
en los asientos. Fin.
Un par de tipos (vaya, son amigos míos) aplauden. Salgo
corriendo antes que nadie, oculto bajo las sombras de los títulos
de crédito. Me voy al baño, y sentado en la taza del
váter, lloro como un idiota. Lloro durante unos minutos eternos.
Ya ha pasado y todo ha ido bien. Alguien ha visto mi última
película, "La
Comunidad" y durante hora y media ha vivido en un mundo
que hemos levantado mi equipo y yo en dos años. Y no sé
cómo explicarlo, ni qué decir de todo esto, pero es
maravilloso. 

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