El
poblado de Texas-Hollywood está
a cuatro patadas de Tabernas, en Almería.
Se construyó hace tres décadas. Es el único decorado
del Oeste que todavía conserva su estructura original. Allí
se han rodado películas como El bueno, el feo y el malo, Hasta
que llegó su hora, Shalako, Los siete
magníficos, Las petroleras, Ana Caulder, La colina de las botas,
Indiana Jones y la última cruzada, La vuelta de El Coyote
y la teleserie Reina de espadas. Es decir,
que Clint Eastwood, Brigitte Bardot, Yul Brynner,Claudia
Cardinale, Terence Hill, Raquel Welch, Sean Connery, Lee Van Cleef,
Charles Bronson, Bo Derek, Harrison Ford y Mar
Flores se han paseado por sus calles disfrazados de vaqueros,
pistoleros, aventureros y chicas de saloon. Que a nadie le extrañe,
pues, que a pesar de la abundante presencia de caballos, camellos
y bisontes, en este lugar huela a auténtico cine de género.
Es más, cuando ningún equipo autóctono o foráneo
está rodando, los propios empleados de la casa se encargan
de protagonizar espectáculos de acción en vivo para
entretener a los visitantes de pago (que los hay) y mantenerse en
forma ellos mismos y sus monturas.
Uno de estos especialistas, Agustín Gómez
María, más conocido como El
Titi, nos explica de qué va la cosa: "En
el espectáculo western de Texas-Hollywood hay un poco de todo:
caídas, peleas, duelos y persecuciones a caballo. Yo hago de
pistolero malo, porque sé poner cara de tío chungo.
Lo hacemos sobre todo en temporada alta, cuando hay público".
El Titi tuvo su primer contacto con el cine siendo un crío.
Lo sacaron del colegio para hacer de niño que recibía
a los tanques de Patton con una banderita
de los Estados Unidos en la mano. "Después,
le cuidé el perro a Brigitte Bardot". Como una
cosa lleva a la otra, se subió a un caballo en cuanto tuvo
oportunidad. Y hasta hoy. "Para ser especialista
hay que sentirlo", sentencia. Fue precisamente él
uno de los personajes que más llamaron la atención de
Jorge Guerricaechevarría y Alex
de la Iglesia durante una visita que hicieron el pasado año
a las instalaciones de Texas-Hollywood. Tras presenciar el show y
conocer a sus protagonistas, ambos comenzaron a darle vueltas a una
historia que acabaría convirtiéndose en el guión
de 800 BALAS. Al final, El Titi aparece en la película haciendo
el papel de El Chacho, un jinete que
se rompe una pierna actuando en un espectáculo muy parecido
a los de verdad.
800 BALAS se rodó en Almería
y Madrid, desde finales de enero
a finales de abril del 2002. Texas-Hollywood es su localización
principal. La cinta empieza a lo grande. En los primeros minutos,
aparece una diligencia perseguida por unos cuatreros. Esta escena
de acción, trepidante, culmina con la muerte de uno de los
bandidos, arrollado por los caballos y las ruedas del vehículo.
Enseguida descubrimos que todo esto sucede durante el rodaje de un
western setentero. El bandido era, en realidad, un especialista; el
accidente, sin embargo, no formaba parte de ningún montaje.
Suena entonces una versión guitarrera de El bueno, el feo y
el malo, de Ennio Morricone, a cargo
del mítico dúo de rumba pop catalana Los
Amaya. Finalizado el prólogo, comienza la historia propiamente
dicha, ambientada en la actualidad.
Esta es la peculiar manera que tiene De la Iglesia de introducirnos
de cabeza en el universo tragicómico de su sexto largometraje,
el primero que se financia a sí mismo a través de una
productora con nombre temerario: Pánico
Films. La estética de 800 BALAS es espectacular: scope
puro y duro. El tono, arriesgado. El humor, contundente. Las referencias,
equívocas. Por fuera, parece una del Oeste;
por dentro, pellizca las zonas sensibles. Como en anteriores obras
del realizador vasco, los protagonistas son unos desheredados de la
Tierra. Todos ellos malviven inmersos en un viejo decorado de western,
comportándose como personajes de ficción, ajenos al
hecho de que no hay ninguna cámara que les esté filmando.
Bueno, ninguna no, porque ahí está la de De la Iglesia,
dispuesta, como siempre, a captar la lucha entre dos mundos irreconciliables:
realidad y ficción.
En los años sesenta y setenta se rodaron en Almería
y alrededores centenares de películas del Oeste. Eran filmes
de inspiración americana, pero de manierismo europeo. El término
spaghetti western englobó a la mayor parte de estas producciones,
aunque sería más exacto utilizar el de eurowestern.
Muchos españoles participaron activamente en la consolidación
de este subgénero tan pintoresco; sobre todo, especialistas.
Con el tiempo, por desgracia para los fans del auténtico cine
de barrio, este tipo de películas dejó de hacerse, y
los especialistas fueron quedándose sin trabajo. Unos se buscaron
la vida como pudieron; los demás se quedaron colgados de los
recuerdos. Julián, el personaje
que interpreta Sancho Gracia en 800 BALAS,
pertenece a este segundo grupo.
De la Iglesia aprovecha la figura de Julián y la de sus compinches
para hablar del cine dentro del cine. Y lo hace con pleno conocimiento
de causa, con el ojo puesto en esos pequeños grandes detalles
que marcan la forma de ser de todos los cinéfagos: los que
hacen películas y los que las ven. También, de alguna
manera, al elegir el western como caldo de cultivo de su propuesta
tragicómica, hace suyas las palabras del maestro Franco
Giraldi, autor de Siete pistolas para
los McGregor (1965) y Sugar Colt (1996):
"Tragedia griega, drama shakespeariano,
conflictos elementales, personajes arquetípicos y decorados
simbólicos. El western es, en un sentido naïf del término,
la quintaesencia del cine".
Durante el rodaje de 800 BALAS se produjeron todo tipo de coincidencias.
Curiosas unas; demenciales todas las demás. La ficción
y la realidad se fundieron con demasiada frecuencia en un abrazo amistoso.
La fiesta salvaje que ocupa buena parte del metraje central de la
película, por ejemplo, tuvo su versión real a los pocos
días de rodarse. El grupo gallego Siniestro
Total actuó por sorpresa y en directo sobre el escenario
del saloon. Todo el equipo técnico y artístico se dejó
llevar por la excitación del momento y acabó asaltando
el camión del vestuario. Disfrazados de pistoleros, bailarinas,
confederados e indios, los miembros de la banda de Alex retrocedieron
veinticinco años en el tiempo para invitar a Clint a unos tragos.
Algunos aseguran que toquetearon el poncho del actor con los dedos
y olfatearon su aroma de leyenda. Cuarenta y ocho horas más
tarde, Julián, por boca de Sancho Gracia, pronunciaba estas
sabias palabras: "En la vida hay momentos
jodidos, pero jodidos de verdad; mucho más de lo que tú
te puedas imaginar. Ésos no hay Dios que te los quite. Hay
que aprovechar los intermedios entre putada y putada. No divertirse
cuando uno puede es el mayor pecado del mundo".
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