- Entrevista a Javier Bardem
 
- Cartél y fotos (PRENSA)
- Premios
- Ficha - Testimonios de los actores
- Artículos y críticas - El rodaje
- Entrevista Amenábar - Ramón Sampedro
- Entrevista Javier Bardem - 'Mar adentro' (Poema)

 

“Hay películas que no deberían hacerse, que son un gasto de dinero y de talento absurdo; y otras que no solamente deben hacerse sino que es muy importante que se hagan. Mar Adentro es una de ellas. Yo no soy creyente, pero sí tengo una sensación como de que, a diferencia de Ramón [Sampedro], debe de haber algo más allá. Reynaldo [Arenas] y Ramón están por ahí en alguna parte, y me hablan. Muchas veces me preguntaba, le preguntaba a Ramón, ¿qué te parece que se haga esto? Y me respondía que muy bien, que perfecto”.

Javier Bardem es Ramón Sampedro, un tetrapléjico que lleva casi treinta años postrado en una cama al cuidado de su familia y cuyo único deseo es morir dignamente. Una historia real que Alejandro Amenábar ha convertido en película, Mar adentro, y que Bardém protagoniza en su decimonoveno papel en el cine. Es la primera vez que trabaja con Amenábar, después de sus eminentes papeles con Bigas Luna, Pedro Almodóvar, Vicente Aranda, Gonzalo Suárez, Imanol Uribe, Manuel Gómez Pereira, Mariano Barroso, Alex de la Iglesia, Gerardo Vera, Julian Schnabel, John Malkovich, Fernando León y una aparición en la última película de Michael Mann, Collateral, que Bardem ha preferido no reseñar en los créditos del filme porque no cree que tenga tanta entidad.

Amable, cercano, Javier Bardem habla bajo y pausado, rectifica las palabras que no le convencen y fuma cigarrillos light. Te mira a los ojos hasta que siente timidez. Entonces apunta al suelo y vuelve a los ojos cuando le preocupa resultar maleducado. A veces te toca el brazo o te da una palmada en la espalda, y se interesa por tu aprobación cuando acaba sus respuestas.

Bardem (Las Palmas de Gran Canaria, 1969) llama a los personajes reales que ha interpretado (Reynaldo Arenas en Antes que anochezca de Julian Schnabel, y ahora Ramón Sampedro en Mar adentro, la nueva película de Alejandro Amenábar) sólo por su nombre de pila, Ramón, Reynaldo. Nunca por su nombre y apellidos. Bardem los trata como amigos íntimos, hermanos, o más bien como a sí mismo. Y muchas veces incluso habla en primera persona sin querer, se sorprende siendo otra vez Ramón, y rectifica aturdido.

“Reynaldo me proporcionó el mapa de trabajo perfecto para interpretar ahora a Ramón Sampedro: hay que atender minuciosamente al habla, la mirada, en Reynaldo el movimiento, en Sampedro el estatismo. No poder moverme fue muy complicado, porque siempre he utilizado mi cuerpo. Siempre me lo han pedido y me ha dado buenos resultados. Borra todos los hábitos, no muevas ni un solo músculo...”.

¿En algún momento te pesó la responsabilidad de enfrentarte a un personaje tan simbólico como Ramón Sampedro, a quien además mucha gente conoció y siguió su caso en vida?
“Pesa mucho. Pesa que se hable de la película y que guste o no, pero también que se hable de Ramón Sampedro, que es al fin y al cabo quien dio la vida para que lo contáramos. Cuando uno trabaja e intenta hacer un personaje que es real, la dificultad es mayor porque uno tiene miedo a perder el respeto a la memoria colectiva. Tienes que estar muy atento a no defraudar a toda esa gente que sabe quién es Ramón. Hay que leer lo que escribió, lo que escribieron sobre él, las entrevistas, quién era ese personaje y qué es lo que quería. Lo más difícil es que tiendes a la imitación y la interpretación no es un proceso de imitación, sino de interiorización, de hacer tuyo algo que no es tuyo sino de otra persona”.


¿Qué crees que pensaría él de Mar adentro, de verse en las marquesinas de los autobuses, en la televisión...?
“La gente más allegada, los que le conocieron muy bien, saben que a él le habría parecido muy bien que se hiciera una película como esta. Porque en definitiva deseaba que se hablase de la eutanasia, que no cayese jamás en el ostracismo, que se comentase incluso, y por supuesto, aunque se estuviera en desacuerdo. Que se hablase de la muerte, que es algo de lo que no queremos hablar, y en el momento que alguien dice públicamente “quiero morir” es como mencionar al diablo. Porque tenemos vetada la relación con la limitación propia del ser humano, cuyo mayor exponente es la muerte. Queremos lo contrario, cada vez ser más jóvenes, más guapos y más capaces, por lo menos en occidente. Ramón decía que no, que es al revés, que la muerte es algo sencillamente natural, y que él tan sólo quería adelantarse un poco, por voluntad propia. Yo nunca me sentí extraño en eso, porque leo su poesía, le oigo hablar... y él quería eso”.

¿Cómo se consigue el funambulismo de no pasar de puntillas por un tema como la eutanasia y tampoco caer en el panfleto o en el enfrentamiento, más cuando en la película Ramón Sampedro no quiere nunca hacer proselitismo de su deseo de morir?
“Para mí lo más importante ha sido estar a la altura del discurso de Ramón, sin enjuiciarle más allá de que esté de acuerdo o no. Aunque en mi caso esté de acuerdo. Caer en eso sería caer en la mayor trampa del actor: poner por encima lo que te parece a ti. Ramón Sampedro se convirtió en una figura mediática sólo porque intentó llevar a cabo su idea desde la sombra pero se encontró con la negativa sobre todo religiosa, y legal, pero más que nada social debido a las creencias religiosas, al fanatismo. Él se convirtió en el exponente de una idea pero en ningún caso en abanderado, y lo puso siempre muy claro: “yo hablo de mí”, su vida, circunstancia y deseo. Habló de una declaración de amor verdadero, el que considera que un acto de amor no es un acto de protección, que el amor no es poseer ni pertenecer, sino que está por encima del propio deseo, de que no te guste lo que te requieren”.

¿Cómo te preparaste para la escena de la muerte? ¿No tuviste ninguna duda acerca de si era ético o no rodarla, si la película debía terminar así?
“El momento más duro. Yo le pedí a Alejandro que se hiciese el último día de rodaje, cuando estuviésemos todos bastante más relacionados con Ramón, para que hubiese un ambiente especial, para que ese día fuese si cabe más importante que el resto. Yo tuve que revisar el vídeo de la muerte muchas, muchas veces. Y fue muy duro. Lo que intenté hacer es reproducir esa agonía. Es vital que se vea la agonía porque es el final del discurso: si no me dejáis que muera rodeado de los míos, de la mano de la persona que más me quiere y de una forma no dolorosa, me abocáis a morir solo y en agonía. Y ese día sí que sentí que estaba usando el dolor, pero me duró cinco segundos. Porque estando como estábamos en el último día de rodaje, tenía la película entera en la cabeza, y simplemente era una prolongación de su discurso. Y no solamente creo que no lo usamos sino que él nos está usando a nosotros, estamos a su disposición para que lo que ha hecho, lo que he dicho, llegue a más gente. Y sentir eso es maravilloso”.


Estuviste nominado al Oscar por tu papel de Reynaldo Arenas, pero te resistes a la aventura de Hollywood al contrario que otros actores españoles, de otras generaciones y de ésta, que en cuanto les surge la posibilidad, aunque sea para una película de dudoso interés, aceptan el papel aparentemente encantados.
“En Hollywood esta película no tendría el final que tiene, desde luego, con esto está todo dicho. Al final lo que cuenta es la historia. Películas como Mar adentro o Los lunes al sol lo dejan tan evidente. Da igual qué actores estén y quién la dirija. Si tienes la suerte de tener un buen director y buenos actores pues mejor, pero al final lo que tienes que creerte es esa historia que te están contando. Los guiones que se hacen, no sólo en Hollywood sino también aquí, son guiones que se hacen con poco cariño, con pretensiones puramente comerciales. Entonces dices, hasta qué punto, si tengo la suerte de poder elegir, quiero elegir cosas que no me hagan crecer. El hecho de trabajar en Hollywood por decir que trabajas en Hollywood me parece tan vacío como querer ser astronauta por ser astronauta, sin tener siquiera curiosidad por ver qué es la galaxia”.

Clubcultura

 

© Montse Velando