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1.
Diego Galán / EL PAÍS
Hermosa, excepcional
Mar adentro es una película hermosa, inteligente, arriesgada
y narrativamente muy hábil. Confirma el talento de Alejandro
Amenábar, que por vez primera ha realizado una película
sobre seres humanos de verdad y sobre un tema social de enorme trascendencia
como es la eutanasia. Recupera para nuestra memoria el caso de Ramón
Sampedro, marinero accidentado a sus 25 años y condenado
a vivir inmóvil en una cama ("No soy más que
una cabeza pegada a un cuerpo muerto"), dependiente de la generosa
atención de sus familiares. Ramón quería acabar
con aquel suplicio ("Para mí, esos dos metros necesarios
para llegar hasta ti y poder siquiera tocarte son un viaje imposible,
son una quimera, ¡un sueño!... por eso quiero morirme").
Reclamando una muerte digna, lucha en los tribunales, publica un
libro defendiendo la eutanasia (Cartas desde el infierno), aparece
en televisión ("He querido mostrar esta imagen de mi
cuerpo atrofiado e insensible para que jueces, políticos
o quienes tengan que tomar la decisión, ya que no pueden
sentir el dolor como yo lo siento, entiendan al menos por qué
una persona puede llegar a decidir que la vida no es esto... Que
la vida es otra cosa"), pero sólo con la ayuda de unos
amigos anónimos logra ingerir la dosis de cianuro necesaria,
haciendo que se filme el momento de su muerte para que quede testimonio
de su reivindicación: "Considero que vivir es un derecho,
no una obligación, como ha sido en mi caso, obligado a soportar
esta penosa situación durante 29 años, cuatro meses
y algunos días. Pasado este tiempo, hago balance del camino
recorrido y no me salen las cuentas de la felicidad".
Aunque
la película no entre en ello, el caso de Ramón Sampedro
levantó un debate que dio la vuelta al mundo mientras la
justicia española buscaba infructuosamente a los cómplices
de su muerte. Más de 2.000 ciudadanos se confesaron públicamente
responsables de haber administrado a Sampedro aquella dosis mortal.
Finalmente, se decidió cerrar el expediente.
Con
austeros mimbres dramáticos -un hombre en la cama entre las
cuatro paredes de su habitación, las visitas de una abogada
y de una joven vecina infeliz y la presencia casi constante de los
miembros de la familia-, los guionistas Amenábar y Mateo
Gil han tejido una película apasionante en la que la emoción
convive con el buen humor del propio Ramón Sampedro. Sin
alejarse del grave hilo fundamental, han sabido enriquecer la narración
con pinceladas de una vitalidad tan contagiosa que el espectador
alterna la sonrisa con la congoja, disfrutando de cada minucioso
detalle. No hay resquicios en la ambientación de la aislada
casa gallega donde se desarrolla la acción, ni en el vestuario,
que parece usado por los actores durante toda su vida, ni en la
fotografía de Javier Aguirresarobe, tan viva como discreta,
sin el protagonismo que fue necesario en Los otros.
Son
admirables los intérpretes, magníficos todos y cada
uno, comenzando por Javier Bardem, que realiza uno de sus trabajos
más difíciles y brillantes, desde su composición
física hasta el acento gallego, continuando con Lola Dueñas,
la vecina amiga; Mabel Rivera, la cuñada (¿de dónde
ha salido este asombro de actriz?); Joan Dalmau, el padre; Celso
Bugallo, el hermano; Tamar Novas, el sobrino; Belén Rueda,
la abogada; José María Pou, el divertido cura tridentino...
En una película tan inspirada como ésta, se respira
el entusiasmo que se debió de vivir durante su realización
y que ahora se transmite igualmente al espectador. Tanto que cada
cual puede hacer suya la película e incluso discutir por
cuestiones de opinión o de gusto algunas de sus elecciones.
¿Era el personaje interpretado por Belén Rueda quien
debía cerrar la historia o, en su lugar, el de Lola Dueñas,
con su ingenua frescura, ya que a la postre su personaje es determinante?
¿Debía insistirse en el esbozado tema de amor? Y es
que Mar adentro te cala hondo, acaba formando parte de ti, su recuerdo
madura en el tiempo. Naturalmente, no es una sensación obligatoria.
Quien escribe cuenta la propia. Una película imprescindible.
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2.
Mirito Torreiro / FOTOGRAMAS
Con solo tres películas en su haber y con un dominio de los
resortes del oficio que se expande desde la dirección hacia
el guión y la música, Amenábar ha logrado encaramarse
a lo más alto de la profesión cinematográfica
española, una proeza insólita. Es este un detalle
a tener en cuenta: cada película de nuestro hombre asume
riesgos mayores, y la que hace justo después de Los Otros,
el mayor éxito del cine español en toda su historia,
no lo es menos: ahí es nada construir un discurso sobre la
eutanasia sin que parezca que es el corazón mismo de la función,
y hacerlo, además, a partir de un personaje público
como es Ramón Sampedro.
El reto que
asume aquí Amenábar le lleva a contar, por un lado,
la peripecia vital de un hombre que ansiaba la muerte más
que cualquier otra cosa, condenado por una tetraplejia que hizo
de él un hombre inútil regido, eso sí, por
un cerebro portentoso. Por otro lado, contraponerla, en un discurso
tan sutil como abierto, a otras opciones vitales, como las que encarnan
los personajes de Julia (Rueda), Gené (Clara Segura) y el
cura (Josep Maria Pou). Y por otro, lo más insólito
del film, apoyándose en una descripción sólida
de la vida de una familia gallega.
El resultado
es un film que juega con endiablada habilidad con la emotividad
del espectador, a quien a veces empuja al llanto, otras a la sonrisa
y hasta al triunfo vicarial sobre un enemigo poderoso (es esa la
función de Pou en el film), aunque en ocasiones (el final,
sin ir más lejos) descompensado por el cálculo y el
deslizamiento hacia la facilidad: el mostrar a Sampedro como un
héroe sin fisuras favorece la identificación del público,
pero se da de tortas con una dramaturgia rigurosa. Un film con un
envoltorio prodigiosamente bien compensado, en el que destaca un
inmenso trabajo actoral que empieza en Bardem, sublime como suele,
y acaba en Bugallo y en esa inmensa Mabel Rivera que es, de lejos,
lo más auténtico de la función. Y la confirmación
de que, más allá de las debilidades que siente por
complacer a su espectador al coste que sea, Amenábar es el
más formidable de los cineastas de su generación.
Para interesados
en la eutanasia.
Lo mejor: la
factura técnica, el dominio de la narración.
Lo peor: ciertas
facilidades que nada tienen que ver con el realismo de la propuesta
3.
Juan Cruz / EL PAÍS
José Luis Cuerda invitó a Alejandro Amenábar,
que no debía de tener más de dieciocho años,
al rodaje de su película Tocando fondo. Cuerda había
visto dos cortos de Amenábar, Himenóptero y Luna.
Al director de El bosque animado, ambas películas chicas
le sorprendieron por su genio cinematográfico y porque en
ellas su autor hacía de todo, incluso de actor. Ya en el
set de Tocando fondo, Amenábar y su colega Mateo Gil, con
el que ha colaborado siempre, se dedicaron a ver las evoluciones
del rodaje, hasta que el director tuvo que ausentarse. A la vuelta,
Cuerda se encontró que allí seguían aquellos
dos chicos y que uno de ellos, Alejandro Amenábar, había
ocupado su silla. "Ésta es mi silla, ya será
tuya", le dijo el director.
En esa ocasión Amenábar le habló a Cuerda del
guión de Tesis, que iba a ser su primer largo. Lo haría
algunos años más tarde, a los veintitrés años,
gracias al empeño del hombre en cuya silla de director se
había sentado. Tesis fue un éxito extraordinario,
pero ni ése ni los que vinieron hicieron que Amenábar
cambiara: tiene más o menos los amigos de entonces, sus costumbres
han variado poco, e incluso mantiene intacta la fidelidad al director
que le dejó la silla por un rato. Cuerda decía esta
semana: "¿Qué me debe a mí? ¡Que
le debo yo a él!".
Siempre lo tuvo claro, y se ve a su alrededor. El último
miércoles fue a un programa de televisión, La mirada
crítica, en Telecinco; cuando llegó, vestido de vaqueros,
con una camiseta, mostrando aún los 32 años que tiene,
Amenábar produjo a su alrededor ese silencio concentrado
que dicen que hace guardar sin proponérselo en los sets de
cine. Tiene el aire de un hombre cuyo sentido de la concentración
es tan alto que si un día ganara un Oscar, o cualquier premio
de los que producen gritos, él se quedaría callado
como si el asunto se produjera en otro planeta. Pensando en sus
cosas.
Pero lo que define más su carácter es una anécdota
que le sucedió a finales de 1999, cuando Tom Cruise quiso
hacer con él (y con Cuerda y con Fernando Bovaira, director
de Sogecine) la película Los otros. Éste era un almuerzo
en Nueva York; Cuerda no fue porque no entiende bien el inglés,
y Tom Cruise fue sin su mujer de entonces, Nicole Kidman, que tenía
una afección en las cuerdas vocales. A Cruise le gustaría
que Kidman fuera la madre en Los otros. Y quería coproducir
la película. La posible protagonista del filme apareció
al café, y le pasó a Amenábar un papelito escrito:
"Quiero ser la madre en Los otros".
mperturbable,
el joven director de la película explicó, en inglés,
que tenía a varias actrices en la cabeza, y añadió:
"You are on consideration". ("Usted es una de las
candidatas para el papel"). Ante el estupor que causó
la respuesta entre los circundantes, Amenábar se dirigió
a Bovaira: "¿Se dice 'on consideration' o 'under consideration'?".
Después de tenerla en cuenta para el papel, ya saben ustedes
que fue Nicole Kidman la protagonista del mayor éxito de
Amenábar. Hasta el momento. El éxito lo vive bien.
Antes de estrenar esta semana Mar adentro dijo lo que había
aprendido (de la vida, de la muerte) haciendo este filme y lo que
suponía para él esta exposición cada vez mayor
que tiene ante el público.
A
él le gusta mirar a la gente por la calle; cuando no lo pueda
hacer, el asunto será preocupante. Fernando Trueba lo advirtió
y él lo lleva como una máxima: "Lo peor es cuando
uno mismo se cree un genio". Entre las cosas que le preocupan,
la telebasura (y, por supuesto, la guerra, la tortura, el terrorismo),
pero que "el día a día de un país se haga
sobre la base de airear la intimidad de la gente" le resulta
atosigante. Estos días se divulgó que es homosexual;
no era noticia, nunca lo ocultó. Y dice eso y dice todo (también
a los actores) en voz baja, como si no quisiera perturbar el nacimiento
de una idea que él se encarga de convertir en mil imágenes.
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4.
Javier Rioyo/ EL PAÍS
(...) Lo contaba la otra noche en Madrid Jesús Quintero -que
anda por Madrid peleando contra los zapeos que de sus personajes
se hacen en tantos programas-, veníamos de ver Una sobrecogedora
reflexión sobre la vida, sobre la muerte, la película
de Amenábar Mar adentro. Nos habíamos conmocionado,
salimos de la sala conmocionados, con las lágrimas por dentro,
también por fuera, con algunas risas que se ahogaban después
de asistir a esa lección de cine y verdad que tiene la vida
de aquel marinero en tierra, en cama, que se llamó Ramón
Sampedro. Los recuerdos jocosos de Quintero, las historias de algunos
de sus perros verdes, de sus locos de las colinas, de sus ratones
colorados, distendieron ese nudo emocional que produce esa obra
maestra de este joven genio, de este madrileño de tierra
adentro, que nació en Chile y creció en un barrio
de Madrid. Amenábar fue un adolescente sin cine, sin televisión
y sin futuro para el oficio del siglo XX, según la sentencia
de uno de esos genios teóricos que enseñan cine en
la Facultad de Ciencias de la Información. Gracias a José
Luis Cuerda por negar ese mal guión de un profesor con anteojeras.
Gracias a Cuerda porque, además de por su propia obra, de
su talento y su talante, de su admirable capacidad de cineasta que
entre el neorrealismo y el surrealismo ya nos ha dejado unas cuantas
películas que mejoran con los años, él fue
el primero que se dio cuenta de las posibilidades de aquel chaval
que nos enseñó el miedo desde las tripas de una Facultad
que no creía en él. Y que siguió armando excelentes
tramas cinematográficas, capaces de seducir a millones de
espectadores, con Nicole Kidman entre sus enamoradas.
Cuerda, su impulsor, su productor primero, y segundo, es tan listo
que se autoexilia mar adentro, en Galicia. Sin perder de vista su
casa madrileña, que está llena de obras maestras de
la mejor pintura contemporánea. Algo que sorprendió
a la mismísima Carmen Laffon, que ante tantas obras notables
le prometió un cuadro suyo. Cuerda tuvo que confesar que
todos eran falsos. Ese arte para el juego, para la trampa, seguramente,
lo aprendió de su padre. Se sabe que fue uno de los mejores
jugadores de póquer de los tiempos franquistas del Círculo
de Bellas Artes. Cuando el joven Cuerda se acercaba por algún
recado familiar hasta la partida interminable de papá, capaz
de ganar o perder una casa en el Viso en una noche de timba, algo
del sutil arte del engaño, del farol, se le debió
quedar grabado. Ésa es otra historia.
La emoción, la conmoción de la película, no
sería la misma sin otro madrileño, Javier Bardem.
La genética de una familia de actores, cómicos de
la legua, gente del teatro, familia de cineastas que nos han dado
nombres fundamentales para nuestra más brillante historia
de gentes del espectáculo. Bardem, fuerza de la naturaleza,
seductor de cualquier serrana que se tropiece en su camino, tierno
como un boxeador sentimental, listo, intuitivo, mimético
por fuera y por dentro de cualquier personaje que interprete. Para
encontrar actores semejantes habría que acudir a lo mejor
de Robert de Niro, de Sean Penn o de Brando. Y no está solo
en esas emociones que traspasan la pantalla, en esa película
que es capaz de conseguir esa emocionante música callada
que pocas veces se ve en un cine, y menos en un preestreno o en
un pase de prensa. Belén Rueda, que da un salto mortal desde
la televisión a la gran pantalla, y nos enamora con su verdad.
Lola Dueñas, hija de cómico, habitante del centro
más caótico y vivo de Madrid, madrileña sin
casticismo, ¡vaya gallega! Joan Dalmau, José María
Pou y el resto de actores que hacen de esta historia de muerte una
obra tan llena de vida, de verdad (...).
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5.
Carlos Boyero/ EL MUNDO
Llevo varios días oyendo hablar de algo tan trivial y tan
frívolo como la conveniencia o la inconveniencia, el oportunismo
o el coraje, de que Alejandro Amenábar haya decidido hacer
pública su homosexualidad. Algún espíritu malévolo
incluso me comunica su sospecha o su certidumbre de que esas declaraciones
en los días anteriores al estreno de Mar adentro han sido
lanzadas en función del marketing, para que el tufo del morbo
ayude a la promoción de su criatura. Creo que el personal
delira atribuyéndole a este hombre discreto y formidable
director de cine la cualidad más destacada de un tal Pedro
Almodóvar, o sea, la infinita capacidad de autopromoción,
la astucia mediática para lograr que, independientemente
de la calidad, cada una de sus películas sea un éxito
comercial. Afortunadamente, los internacionales y conmovidos espectadores
de la Mostra que acaban de dedicar una ovación a Mar adentro
desconocen ese absurdo mamoneo, digno de las fecales Crónicas
Marcianas, sobre los gustos sexuales del autor de esta preciosa
y terrible película. La tragedia del protagonista se desarrolla
en Galicia y, consecuentemente, él y la mayoría de
los personajes de su entorno hablan con marcada acentuación,
pero lo que dice y hace este hombre lúcido, obstinado en
su derecho a largarse al otro barrio, es comprensible y emotivo
para cualquier habitante del planeta.
Alejandro Amenábar ha conseguido realizar una película
luminosa, una exaltación simultáneamente poética
y realista de la vida y de la aparición del amor en las circunstancias
menos apropiadas, con un argumento tan sombrío como el anhelo
de que llegue la muerte.
El niño prodigio que sedujo al público de todos los
sitios con Los otros (no fue mi caso, me merece un gran respeto
su solidez visual y la interpretación de Nicole Kidman, pero
no me provocó angustia, ni miedo, ni emoción, sensaciones
que pretendía transmitir su director y que engancharon a
mucha gente), persona con crédito ilimitado en Hollywood
a raíz de la inefable llave que otorga el triunfo para abrir
cualquier puerta y hacer lo que te salga de los genitales, sin embargo,
decide arriesgarse y narrar aquí mismo una historia tan poco
comercial como la de un hombre paralizado desde hace 30 años
en una cama, con el cerebro ágil e intacto y la sensibilidad
a flor de piel, que pide a los que le rodean que le ayuden a suicidarse,
ya que no soporta la esclavitud, la impotencia y la amargura de
no poder servirse de su cuerpo, de saber que la vida está
en otra parte.
Fascinación
y compromiso
Resulta transparente la fascinación de Amenábar hacia
Ramón Sampedro y el compromiso racional y sentimental que
establece con una persona en esa ancestral y lacerante condición
física y anímica.
Mar adentro está realizada desde el corazón, pero
la solidaridad afectiva del autor con el tullido protagonista no
serviría de nada si Alejandro Amenábar no aplicara
una inteligencia y un sentido del cine fuera de lo común
para hacer apasionante esa crónica. Lo consigue. El director
de Mar adentro nos introduce en el rico mundo interior de ese hombre,
logra que nos riamos con su maliciosa sorna, que comprendamos su
estallidos de cólera, la desolación que crea el quiero
y no puedo, las evasiones espirituales que se inventa su imaginación
para soñar con el universo exterior y escapar de esa habituación
torturante, su evocación de los recuerdos felices, su amistad
y su coqueteo con dos mujeres muy distintas que acabarán
enamorándose de él, su radicalismo con causa, su irremediable
y profunda soledad, su desesperación militante, su desarmante
agudeza.
La cámara de Amenábar no pierde jamás de vista
a su héroe, pero también le sobra comprensión
para describirnos admirablemente el entorno familiar y afectivo
que rodea al futuro y entrañable suicida, la generosidad
de esta gente, su entrega y su paciencia, aunque un enfermo tan
complejo como digno, tan seductor como valiente, tan ferozmente
pragmático como secretamente lírico.
Todo lo que vemos y escuchamos en esta película suena a verdad,
a sutileza, a conocimiento de las luces y las sombras, los deseos
y las frustraciones, los miedos y las esperanzas, la urgencia de
dar y recibir amor que habita en los seres humanos. Y todo en ella
es armonioso, inteligente y humano. Javier Bardem, ese camaleón
hipersensible, espectacular e hipnótico, es de las mejores
cosas que le han ocurrido a la interpretación cinematográfica
en los últimos años. Su composición desde fuera
y desde dentro de Ramón Sampedro está más allá
del elogio. Qué peligro intentar darle la réplica
a un actor tan asombroso, que su personalidad y su arte no te acojonen,
oscurezcan o anulen. Pero Belén Rueda y Lola Dueñas
bordan a esas mujeres cautivadas por el ogro tierno.La primera es
sugerente, elegante, misteriosa, intensa y muy guapa. Es imposible
no querer a la segunda, su desamparo, su gracia y su humanidad son
torrenciales.
Con películas españolas como ésta, como Los
lunes al sol, como La vida mancha, sí podría entender
ese concepto tan baboso, enfático y fenicio de la excepción
cultural. No sé si Mar adentro es cultura pero no tengo dudas
sobre su excepcionalidad, su hermosura, su emoción contagiosa,
su apuesta por la vida.
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