EL
RÍO.
Los recuerdos más alegres de mi infancia están
relacionados con el río.
Mi madre me llevaba con ella cuando iba a lavar porque era
muy pequeño y no tenía con quién dejarme.
Siempre había varias mujeres lavando y tendiendo la
ropa sobre la hierba. Yo me situaba cerca de mi madre y metía
la mano en el agua tratando de acariciar los peces que acudían
a la llamada del casualmente ecológico jabón
que usaban las mujeres de la época, fabricado por ellas
mismas.
El río, los ríos, siempre eran una fiesta. Fue
también en las aguas de un río donde descubrí
unos años más tarde la sensualidad.
Sin duda, el río es lo que más añoro
de mi infancia y pubertad.
Mientras lavaban, las mujeres cantaban. Siempre me han gustado
los coros femeninos. Mi madre cantaba una canción sobre
unas espigadoras que recibían la aurora trabajando
en el campo y cantando como alegres pajarillos. Le canté
los fragmentos que recordaba al músico de “Volver”,
mi fiel Alberto Iglesias y me descubrió que era un
tema de la zarzuela “La rosa del azafrán”.
En mi incultura, nunca hubiera imaginado que aquella música
celestial fuera una zarzuela. De esta manera, el tema ha pasado
a ser la música que acompaña los primeros títulos
de crédito.
En “Volver” Raimunda busca un lugar para enterrar
a su marido y decide hacerlo a la orilla del río en
el que se conocieron de niños.
El río, como los gráficos de cualquier transporte,
como los túneles o los pasillos interminables, es una
de tantas metáforas del tiempo.
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