Daniel Giménez Cacho y Nacho Pérez
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Un rodaje es un hogar, al igual que la escritura de un libro, la pintura de un cuadro o la realización de cualquier obra, mientras dura.
Hace más de dos meses mi casa se llama "La mala educación". Y desde que entré apenas he tenido ocasión de husmear el exterior. No hago sino rodar, pensar en el rodaje e intentar dormir lo suficiente para tener la cabeza fresca al día siguiente. Apenas leo, no salgo, no voy al cine, no escucho música ni veo la televisión.
La vida se reduce mucho durante el periodo de rodaje de una película, pero también se centra y se intensifica, aunque sea en una única dirección. Las pocas sensaciones que consiguen rozar tu sensibilidad lo hacen de un modo muy vivo.
A pesar de los gruesos muros de este hogar que más parece un bunker siempre hay historias, anécdotas ligeras como la brisa, que consiguen atravesarlo y conmoverme.

Nacho Pérez y Raúl García
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En Valencia, por ejemplo, rehabilitamos el cine Tyris, una joya de la estética de los 70, con un programa doblemente negro: Teresa Raquin y La Bestia Humana, dos novelas de Zola, convertidas en thrillers modélicos por Marcel Carné y Jean Renoir, respectivamente. Las elegí no sólo para demostrar la excelencia del noir europeo, sino porque ambas contienen situaciones idénticas a las que viven los dos personajes que entran a ver el programa doble (Lluis Homar y Gael, en su papel masculino).
Mucha de la gente que pasaba ante la fachada recién limpiada se acercó a la taquilla para comprar entradas. Hubo una señora mayor que incluso llamó emocionada a una amiga para decirle que las puertas del Tyris habían vuelto a abrirse. Yo imaginé que a esta mujer y a su amiga les había ocurrido algo importante en ese cine, o que tal vez las dos películas estaban vinculadas de un modo extraordinario a sus vidas.
A veces todo lo que rodea al plano que estás rodando es más sugerente que el propio plano.

Como todas las noches de este rodaje, aquella fue una noche horriblemente calurosa (nunca me he abanicado tanto como en este rodaje). Valencia entera respiraba por los balcones de sus calles y el rodaje de nuestra película suponía para la calle donde rodábamos un espectáculo complementario.
Estábamos preparando una escena de lluvia, y de pronto, en la pantalla de los monitores de vídeo a través de los que controlo todo lo que ocurre delante de la cámara, vi cómo un niño de unos diez años recibía el agua de las pértigas con la alegría con que los niños saben celebrar los fenómenos naturales, aunque éste no lo fuera.

El director de fotografía Jose Luis Alcaine
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El niño vivía enfrente, y se había escapado de su casa. Después de soportar semanas de un calor sofocante, el niño ya acostado oyó el ruido de la lluvia y salió a la calle pletórico mientras sus padres seguían pegados al balcón. Buscando el agua que le refrescara se puso justo en el centro de nuestro plano. Me gusta pensar que para este niño el cine estará siempre unido a la idea de algo ansiado y milagroso como aquella lluvia falsa. Nadie lo echó del área cerrada del rodaje, de hecho yo pensé que era familiar de algún miembro del equipo porque se movía con mucha naturalidad.
Aquella noche de lluvia el personaje de Lluis Homar se lanzaba hambriento a los labios del personaje que interpreta Gael, cuando descubre que no volverá a verlo por un tiempo. Es una escena muy dramática y por su naturaleza me habría gustado rodarla sin testigos, pero no pudo ser. Aunque fueran las tres de la mañana los balcones estaban a tope. Cuando llegó el beso, escuchamos un suspiro generalizado, seguido de un aplauso. Busqué con los ojos al niño, esperando que al menos él no estuviera, pero sí estaba, muy serio, contemplando probablemente por primera vez en su vida cómo dos hombres se besaban desesperadamente bajo la lluvia.

Fele Martínez y Gael García Bernal
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En "La entrevista" Fellini habla de lo que más le gusta (a mí también): las tripas de un rodaje, todo aquello que no se ve excepto los privilegiados que nos dedicamos a ello. Vi "La entrevista" uno de estos sábados en DVD, y reconozco que lloré cuando Mastroianni y Fellini van a visitar a Anita Ekberg, veinte años mayor que en "La Dolce Vita" y veinte kilos más amplia. Juntos contemplan en una pantalla las escenas de la Fontana de Trevi. Cuando Anita se mete en la fuente y recibe el agua de las cascadas con la cabeza echada hacia atrás, el cuello infinito, la mandíbula perfecta, la cabellera rubia y larga, el pecho también infinito apenas cubierto por un escote palabra de honor.
Es muy emocionante observar cómo a su protagonista se le corre el rimel de los ojos mientras contempla su antiguo esplendor.
El agua, la noche eterna de Roma y la belleza de Anita, inmortalizados por el genio de Fellini.

 

 

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