enía
que hacer “La mala educación”, tenía
que quitármela de encima, antes de que se convirtiera
en una obsesión. Había manoseado el guión
durante más de 10 años, y podía seguir
así una década más. Por la cantidad
de posibles combinaciones, la trama de “La mala
educación” sólo se termina de escribir
cuando la película ya está rodada, montada
y mezclada.
“La
mala educación” es una película
muy íntima, pero no exactamente autobiográfica,
quiero decir que no cuento mi vida en el colegio ni
mi aprendizaje durante los primeros años de la
“movida”, aunque éstas sean las dos
épocas en que se desarrolla la trama (el 64 y
el 80, con un intervalo en el 77).
Por supuesto, mis recuerdos han sido importantes a la
hora de escribir el guión, al fin y al cabo he
vivido en los escenarios y en las épocas en que
transcurre la misma.
“La
mala educación” no es un ajuste de cuentas
con los curas que me maleducaron, ni con el clero en
general. Si hubiera necesitado vengarme no habría
esperado cuarenta años para hacerlo. La iglesia
no me interesa, ni como adversario.
La película tampoco supone una reflexión
sobre la movida madrileña de principios de los
ochenta, aunque gran parte transcurra en el Madrid de
esa época. Lo que me interesa de ese momento
histórico es la borrachera de libertad que vivía
España, en oposición al oscurantismo y
la represión de los años 60. Los primeros
ochenta son, por ello, el marco ideal para que los protagonistas,
ya adultos, sean dueños de sus destinos, de sus
cuerpos y de sus deseos.
La película no es una comedia, aunque haya humor
(todo el personaje de Javier Cámara), ni un musical
infantil, aunque haya niños que canten.
Es un film noir, o al menos así me gusta considerarlo. |