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P-
Eso suena a síndrome de Estocolmo.
R- No. Suena a que yo no persigo ajustar las cuentas
con nadie en concreto, después de tanto tiempo.
Yo soy director y guionista, para mí el P. Manolo
es un personaje, no un arma arrojadiza contra la iglesia
católica, que bastante problemas tiene ya. Si
quisiera atacar al clero me bastaría recordar
las recientes afirmaciones de la Conferencia Episcopal
acerca de la violencia de género. Decir que la
liberación femenina de los sesenta es la culpable
de que algunos maridos maten a sus mujeres es el mayor
insulto que se haya dicho hasta la fecha contra la condición
femenina. Y si los obispos se atreven a desvariar y
a provocar en estos momentos es porque el ambiente político
les es propicio. Pero ese es otro tema, muy grave, que
me preocupa mucho pero pertenece a otro territorio que
no es el press-book de "La mala educación".
Al
P. Manolo y su prolongación el Sr. Berenguer
no los he creado para atacar a la iglesia, son elementos
que me permiten hablar de dos de las múltiples
caras de la pasión. Cuando al P. Manolo lo interpreta
Daniel Giménez Cacho, la pasión que siente
por el niño, y su abuso de poder, hacen de él
un verdugo. Cuando se hace llamar Sr. Berenguer y ha
dejado los hábitos y se enamora de Juan, el mismo
terrible personaje juega el papel contrario en la ruleta
de la pasión, ahora es una víctima.
La
película es inconcebible sin estos dos personajes,
que son uno solo, y sin la encarnación que de
ellos hacen Daniel Giménez Cacho y Lluis Homar,
respectivamente. Aunque ambos sean veteranos, para mí
han supuesto dos enormes descubrimientos. Nunca les
agradeceré bastante su falta de prejuicio, su
hondura y su ilimitada disposición para complacer
las demandas de un director insaciable como yo.
P- ¿Qué me dice del resto del
reparto?
R- Todos están soberbios. Fele Martínez,
Fran Boira, los niños, Javier Cámara,
Alberto Ferreiro, Paco Maestre, Petra Martínez,
Gael... Es un milagro acertar cuando no conoces a casi
ninguno de los actores, excepto a Javier y a Fele.
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