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LA PREPARACIÓN CONTINÚA

A pocos días de volar a París (para rodar la explosiva melancolía de "Masurca Fogo , un espectáculo de Pina Bausch con el que finaliza "Hable con ella"), continúo haciendo pequeños cambios en el guión, destilando y ampliando de acuerdo con las localizaciones reales o con los actores que intervendrán en la película (por ejemplo, acabo de adjudicarle un papel a Chus Lampreave y eso significa rescribirlo y ampliarlo a su medida y a sus características). El equipo está harto de recibir un nuevo guión cada dos semanas, me temo que las últimas versiones ni siquiera las leen. Afinar un guión es una fase imprescindible de su escritura y tengo la impresión de que pocos escritores lo hacen (en esta parte del proceso el tiempo no existe y para los escritores profesionales el tiempo no sólo existe sino que, además, se cobra por él) a no ser que el guionista cargue también con la dirección de la película.
A primera vista puede parecer un coñazo, pero no es así. La baronesa Karen Blixen, narradora por excelencia y pulidora más excelente todavía, decía (según Javier Marías): "Rescribo mis cuentos una y otra vez… sólo si uno es capaz de imaginar una y otra vez lo escrito (o imaginado) "podrá ver" nítidamente las historias. Sólo si tiene la paciencia de contárselas y volvérselas a contar, será capaz de contarlas bien". Yo soy capaz de leer 100 veces mi propio guión, cambiar pequeños detalles en cada una de esas lecturas y no aburrirme nunca con ello. Algunos de los detalles más importantes de cada una de mis películas han surgido en el último momento… Espero que la incursión de última hora de Chus sea uno de ellos.

He vuelto a Chus Lampreave, o viceversa, por dos razones (que son una sola, el placer de vernos y hablar): darle un pequeño papel de portera y porque Chus quería que la acompañara a la ceremonia de entrega de las Medallas de Oro de Bellas Artes. Una de las medallas era para ella.
Chus es uno de esos seres privilegiados que poseen una inocencia natural, lo cual implica alegría, optimismo, sentido del humor y bonhomía. Cuando descubro que llevo uno o dos años sin verla, pienso que soy un imbécil, porque existen muy pocas personas cuya compañía tonifique tanto. La estuve observando toda la tarde y parecía una niña que no entendía muy bien la razón de la medalla pero que en cualquier caso la encantaba. Ni siquiera la proximidad de premiados tan adultos como Arroyo, Querejeta, Antoñete o Paco Rabanne le contagiaban su madurez, al contrario, Chus a su lado parecía más niña que nunca. Tomó la palabra para agradecer en nombre de todos los premiados el estupendo artista Eduardo Arroyo. El suyo fue un agradecimiento que más parecía una reivindicación (llamaba la atención sobre lo importante que era la obra de los últimos años de un artista) y una queja (que dada la edad media de los premiados no lo hubieran hecho antes).
Esta introducción de Arroyo, que al principio sonaba ligeramente inoportuna, contagió todos los recuerdos que guardo de esa tarde. A pesar de ser una tarde donde disfruté cada palabra que dije, cada palabra que oí, cada beso en la mejilla y cada abrazo, para mí fue una tarde dominada por la sensación (muy física) del paso del tiempo y de la enfermedad. Durante la ceremonia yo estaba sentado detrás del inteligente cogote de Fernando Fernán Gómez. Fernando ha aprendido a interpretarse tan bien a sí mismo, que a través de la nuca yo podía adivinar lo que pensaba en cada momento de la ceremonia. Estaba convaleciente y feliz de poder escuchar todas las bromas que intercambiábamos Emma Coen y yo. Me gustó mucho que después de la entrega de las medallas y de los discursos, en la fiesta propiamente dicha, cuando un camarero se nos acercó con bebidas y yo le pregunté a Fernando, sentado pero integrado, qué quería beber, antes de que él dijera "agua", Emma cogió al vuelo un vaso de whisky con hielo, se lo entregó y le dijo: "Toma, por valiente". No sé si escuché bien, o si mi emoción distorsionó la frase, pero adoré a Emma en ese momento y admiré igualmente a Fernando por haberse sobrevivido y por sobrevivirnos a los demás, quiero decir, por habernos soportado. Y por soportarnos en ese mismo instante, sentado frente a la realidad (había muchos miembros de la farándula) y la realeza de la Familia Real.
Antes de la ceremonia yo había saludado y besado la fragilidad de Mary Carrillo, sólidamente apoyada en una de sus mellizas. "¿Cómo estás Mary"? le pregunté tópico pero sincero. "Estoy mayor", me respondió con gesto de disgusto, como si la edad fuera una enfermedad molesta, pero pasajera. Según Margueritte Duras, incluso la muerte es una enfermedad.
Me encontré con muchos actores y actrices que hacía años que no veía, y alguno de ellos se habían convertido en ancianos. Es cierto que los rostros han conseguido el milagro de imitar los rasgos de épocas más frescas, pero la lentitud de los andares no hay cirujano que la opere. También había invitadas que habían rejuvenecido (a base de engordar, según Mónica Randall), ella misma, Maria Luisa Merlo y Marisa Paredes habían atrasado notablemente la medida del tiempo aparente. Cuando volvíamos a Madrid (la fiesta fue en El Pardo), y acompañaba a Chus a su casa, le comenté (o tal vez se lo comenté antes) que hace dos años yo recibí la misma medalla. Fue la última ocasión en que mi madre paseó y estuvo de pie durante horas, motivada por la ilusión de conocer a nuestros reyes. Después de aquel día ya no volvió a levantarse.
No sé si fue este recuerdo, al que yo no presté atención pero que estuvo toda la tarde latente, o fueron las palabras de Arroyo las que me hicieron tener ojos sólo para el paso del tiempo, la edad y la enfermedad en una tarde tan cálida y tan llena de luz.

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LA PREPARACIÓN CONTINÚA