VUELVE A CRÍTICAS DE E.E.U.U. Y REINO UNIDO
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EL CINE ACUTAL
OBSESIONES: Hable con Ella y La Mujer Fatal
Por David Denby

En una flamante clínica de Madrid, Benigno (Javier Cámara), un enfermero que encarna uno de los protagonistas de Hable Con Ella de Pedro Almodóvar, asea el cuerpo de una paciente llamada Alicia (Leonor Watling). Con lentitud, pacientemente, la envuelve en capas de sábanas culminando su obra como si de un lujoso regalo se tratara. Alicia, una bella y joven bailarina, ha sufrido un accidente de tráfico que la ha postrado en un coma desde hace ya cuatro años, y Benigno le habla mientras trabaja, imaginando que necesita de esa compañía. Antes de convertirse en enfermero, ha estado cuidando de su madre de la misma manera. "Tienes que prestar atención a las mujeres", dice. Es un joven achaparrado, inteligente y poco imaginativo que goza de la confianza de la clínica y del padre y psiquiatra de Alicia, porque es virgen y, quién sabe, homosexual reprimido, que nunca se aprovecharía de ella. Su delicadeza y aseo ritual de las extremidades de Alicia sugieren una intensidad propia de la devoción religiosa. El segundo héroe del filme es Mario Grandinetti (Marco), escritor argentino, que conoce a una torera estilizada y con carácter llamada Lydia (Rosario Flores), y se convierte en su amante. Lydia sufre una cogida en el ruedo y también cae en estado de coma, pero Marco no habla con ella como Benigno hace con Alicia. El interés de Marco por Lydia es sexual y personal y cuando ella no puede responderle, él permanece en silencio. Pero es un hombre sensible y llora cuando recuerda el tiempo que pasó con su anterior amor. En la anterior película de Almodóvar, Todo sobre mi Madre, los hombres morían o llevaban prótesis de pecho, se convertían en mujeres y eran buscavidas. Parecía no haber manera, ni siquiera por las malas, de ser un hombre en el mundo de Almodóvar. Pero el director ha encontrado una ahora: los hombres pueden adorar a las mujeres. Los dos hombres opuestos generan un vínculo centrado en su objetivo.

Las historias de Almodóvar han sido siempre improbables, incluso disparatadas, literalmente, pero también emocional y poéticamente satisfactorias. En estadios anteriores de su carrera como La Ley del Deseo o Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios, trabajaba con colores brillantes, sombras de revista o exposiciones de escaparate. Como veterano de la noche madrileña y de la cultura funky del cómic, se valió del rápido tempo pop y de abruptas transiciones para trazar extravagancias de todo tipo. En Mujeres, Carmen Maura prende fuego a su cama y después, mirando maravillada, arroja un cigarrillo encendido entre las llamas. Esa "redundante antorcha" era la rúbrica de exceso de Almodóvar. Como chico malo, desenfadado y fabulista, ha creado momentos que superan la blasfemia y el escándalo, pero la imaginería extravagante y las interpretaciones hiperbólicas eran tan divertidas que no hirió los sentimientos de nadie seriamente. Almodóvar era algo nuevo en el cine, un creador erótico sentimental de insuperable generosidad. Sus personajes eran monjas drogodependientes, transexuales, homosexuales, superficiales machos heterosexuales y alocadas y temperamentales mujeres. No había emociones normativas excepto el anhelo y la obsesión romántica y el dolor de la lealtad.

La amistad entre dos hombres surgida sobre los cuerpos medio desnudos de dos mujeres es extraña, por decirlo suavemente, pero esta vez Almodóvar nos mete en su narración lentamente, tiernamente, y fundamenta su construcción psicológica sobre una situación escalofriante retrocediendo en el tiempo. Vemos a Benigno viviendo en el piso de su madre y obsesionado con Alicia antes de sufrir el accidente, cuando era bailarina y ensayaba al otro lado de la calle. Y años antes, Marco se había entregado a una heroinómana a la que protegió pero no pudo salvar al final. Sigue presente el fabulista en Hable con Ella, pero su intento de realismo psicológico es nuevo y Almodóvar ha conseguido aportar una extraordinaria calma a la superficie de su obra. La imaginería es suave y hermosa, los colores son cálidos y mezclados, armónicos. Pasado y presente fluyen juntos, todo parece tratado con una magia sutil y melancólica.

Al principio de la cinta, Benigno y Marco, que aún no se conocen, ven en butacas contiguas una representación de una pieza de ballet de Pina Bausch, Café Müller. Sobre el escenario, dos mujeres rebotan sobre las paredes, ciegas de angustia, mientras un hombre corre de un lado para otro apartando sillas de su camino. El ballet de Bausch es una obra independiente, pero parece surgir directamente del inconsciente de Almodóvar, poniéndonos en contacto con extremos de aislamiento y dependencia. En la clínica, Benigno mira de reojo a la desnuda Alicia que tiene una silueta sensualmente madura. Él parece sólo empeñado en servirla, en adorar a una mujer ideal, pero, tras un instante, no estamos seguros, podría esbozarse también un deseo sexual en su esmerada atención. Y Marco, como el hombre del ballet, acaba atraído por una mujer furiosamente ego-dramática. La mujer que siempre gustó a Almodóvar. Rosario Flores tiene un perfil picasiano, barbilla larga, nariz grande y afilada y pelo negro denso y revoltoso. Vestida de torera es una impresionante criatura, la más poderosa de las chicas Almodóvar. Existe un toque de fantasía en ambas relaciones. El mensaje de Almodóvar, creo, es que no se puede amar sin fábula. Que toda historia amorosa es una maraña de inverosímil narrativa del "no ser" y la soledad.

La historia da un giro asombroso, pero Almodóvar nos prepara para él creando una película de cine mudo que Benigno cuenta que ha visto. En esta película, dentro de la película, un ferviente amante ingiere la medicina de su amada y se convierte en un homúnculo. Durante la noche, mientras su amada duerme, el excitado hombrecillo se abre paso penosamente entre sus pechos y entra por los inmensos labios de su vagina, rodeados de densos y monumentales matojos, y desaparece para no volver a salir. Hay ecos de paranoicos y surrealistas episodios de Buñuel o Fellini y muchos de nosotros estaremos tentados de ver la película como un sueño de Benigno. Una manera de enfrentarse a Hable con Ella, supongo, es como si fuera la historia de un homosexual que desea a las mujeres, pero con un deseo que sólo puede expresarse con la ironía o con una pesadilla. En la clínica, las mujeres no se mueven ni hablan, están completamente inmovilizadas y son completamente manipulables. Alicia y Lydia, a las que han sacado en silla de ruedas para tomar el sol, se "miran" mudamente con gafas de sol y albornoz. Como dos ricachonas. Podrían ser maniquíes, mujeres reconstruidas para el arte, una imagen divertida y siniestra a la vez. Muchos espectadores pensarán que la película se balancea sobre un filo de desastrosa malevolencia, pero no creo que deba interpretarse así. Más bien sería la admisión de un director gay de la avidez emocional y el miedo físico. Al final de la película, la compañía de Pina Bausch vuelve a escena, pero esta vez con una bucólica danza en la que hombres y mujeres se abrazan con fuerza. Utilizando los dos ballets como marco, el filme se eleva desde la soledad y la locura a la totalidad romántica. Ciertamente, Almodóvar cree en la realidad del amor romántico, cree en ella tanto como cualquier director, hetero o gay, siempre ha creído.


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