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"Hable con ella", de Pedro Almodóvar,
afecta profundamente a algunos, mientras que,
a otros, como a mí, les parece un kitsch
monumental. La película la protagonizan
más hombres que mujeres, algo realmente
novedoso en Almodóvar, y acaba encauzándose
hacia su consabida corriente principal: la inefable
naturaleza misteriosa de la mujer.
Benigno, maravillosamente encarnado por Javier
Cámara, es un enfermero esmerado y entregado
a su paciente, Alicia (Leonor Watling), una estudiante
de ballet a la que solía espiar mucho antes
de que ésta acabara en un coma irreversible
tras sufrir un accidente de tráfico. En
el mismo hospital está ingresada Lydia
(Rosario Flores), torera, también sumida
en un coma, que recibe regularmente la visita
de Marco (Dario Grandineti), un adusto autor de
guías de viajes que comenzó una
relación con ella poco antes de que Lydia
sufriera la grave cogida en el ruedo. Los dos
hombres, tan distintos en la superficie, están
ligados por su cometido de vigilancia. La idea
más evocativa, y divertida también,
es que se llevan mejor con sus mujeres que la
mayoría de las parejas de la vida real
y consciente. Hablan con su pareja como si pudieran
oírlos y entenderlos
y Benigno, además,
cree en los milagros.
Almodóvar es más juguetón
cuando crea películas acerca de mujeres,
travestidos o transexuales. Los hombres, en ésta,
parecen sacar de él una gravedad mortecina.
La esencia del hilo argumental es más intrincada
que lo que Almodóvar deja vislumbrar. Hay
algo casi fetichista en la manera en que se regodea
en la inmutabilidad de las mujeres. Como si hubieran
entrado en estado de coma para que sus respectivos
hombres pudieran convertirse en sus almas gemelas.
Me atrevería a decir incluso que es un
acercamiento novelístico a la manera que
los hombres tienen de entregarse.
(NEW YORK MAGAZINE, EEUU, 25 de noviembre de
2002)
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