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Homenaje a la catatonia
Las diversas y a veces ridículas versiones
de El fantasma de la ópera para enmascarar
el horror (y el amor) y, al mismo tiempo, el actor
irreconocible no muestra más que media
cara, como la luna menguante, oculta por un antifaz
(¿delante o en contra de la cara?, la máscara
más cara al protagonista), en profusos
pero populares remakes. ¿Y qué es
un remake? Una película (también
hay novelas y cuentos) literalmente aprovechada
de un éxito anterior, a veces con varias
décadas de prioridad. Pero hay un axioma
para esta clase de películas: los que olvidan
las películas del pasado están condenados
a ver remakes.
En la primitiva El hombre invisible, el hombre
se hace invisible y así permanece hasta
el visible final. Para muchos, la primera versión
(por supuesto hay diversos y previsibles remakes
que aprovechan todos los trucos que permiten ahora
el morphing y la animación por computadoras),
con Claude Rains, contenía a un protagonista
completamente invisible, pero que hablaba con
una de las voces más reconocibles del cine,
memorable en este intercambio: Kem pensó.
'Es horrible... ¿Pero qué arte diabólico
puede hacer a un hombre invisible?'. 'No es (un
arte) diabólico. Es un proceso'. Pedro
Almodóvar puede decir también que
su arte es un proceso. (Diabólico diría
yo desde las sombras de mi butaca de la tercera
fila). Ahora, Almodóvar ha corrido uno
de los riesgos ruinosos del cine y ha salido,
como otras tantas, triunfador en esta prueba que
es una ordalía que se repite. ¿Cuáles
fueron esas pruebas diabólicas precedentes?
Más que un cuento, vamos a hacer un recuento.
Almodóvar ha hecho que una mujer drogada
se quede dormida en medio de la acción
trepidante de Mujeres al borde de un ataque de
nervios, y a su alrededor se organizan los enredos
y desenredos de esta comedia perfecta. Otra ocasión,
en Kika hay una muy visible violación que
es para reír (y echar espuma por la boca
las feministas enragées) gracias a la visión
atrevida de Almodóvar y la considerable
vis cómica de Verónica Forqué.
En otras como Todo sobre mi madre, una tragedia
desgarradora con intermedios cómicos, Cecilia
Roth sufre su dolor compartido con otras mujeres
y uno que otro transexual -a medias y de comedias-.
(Esta comedia es una tragicomedia.) Ahora, en
Hable con ella, el director más auteur
del cine español reconocido en todo el
mundo, que es el cine más cosmopolita de
Europa, mantiene a su protagonista de cúbito
supino y víctima de una catatonia en que
el cuerpo de Leonor Watling se permite las consecuencias
de un accidente en que la mayor secuela es la
desaparición de su espíritu mientras
permanece en lo que la bruja de Blancanieves llamó
la 'muerte dormida'. Ahora los mirones admiran
sus senos más que su cara, su pubis más
que sus muslos, y hasta se le permite una fornicación
forzada (violación que no se muestra) y
un embarazo del que se habla más que se
ve. Cuando el personaje recobra su normalidad,
la mujer que padece la catatonia (en realidad
parece dormida) deja de ser el fascinante espectáculo
que ofrece su coma profundo.
Al mismo tiempo, Rosario Flores, ahí al
lado, en otra habitación del mismo hospital,
ha caído en coma. Pero el coma de Leonor
es producido por un trauma que es, a la vez, diferente.
Rosario es una torera y vemos cómo se pone
el traje de luces y se impone las medallas de
su santo patrón. Michel Leiris, un surrealista
temprano, escribió La literatura considerada
como una tauromaquia; ahora Almodóvar compone
la tauromaquia como cine. Están la mujer
y el toro, pero no es el mito de Pasífae
que creó el laberinto, sino el toro como
un minotauro, y la mujer es una torera, una Ariadna
sin Teseo. Vemos el ritual de vestirse de luces
y la Flores es como una versión de Manolete
creada por Brancusi: ella cita al toro y sufre
una cogida que la deja catatónica, en un
estado de coma que es un dédalo particular.
Leonor recobra la conciencia después de
un acto de amor que sufre impávida. Pero,
para acabar con las simetrías, Rosario
muere sin recobrar el conocimiento.
Las dos mujeres están vistas en su vida
actual (Leonor es una indiferente bailarina; Rosario
es gitana y padece de fobias terribles) y después
Almodóvar pasa revista en una sucesión
de flashbacks que son relatos de una visión
a través del espejo retrovisor. Hable con
ella es, tal vez, la película que mejor
ha construido Almodóvar, y hasta se permite
un guiño malicioso con un inserto en blanco
y negro. Se trata de una versión muda de
The Incredible Shrinking Man, en que éste
se reduce por el amor de una mujer -hasta introducirse
en la vagina de la amada: es el amante menguante-.
Es el único gesto de humor que nos regala
Almodóvar. Hay una introducción
casi folclórica de la siempre eficaz Chus
Lampreave, pero es solamente una breve anécdota.
Los fanáticos de Almodóvar (entre
los que se encuentra quien escribe) esperaban
después de Todo sobre mi madre, que era
una tragedia desesperada, una película
más risueña, llena de humor: una
especie de retorno a Kika. Pero Hable con ella
es aún más sombría que Carne
trémula. El breve episodio con Chus Lampreave
muestra que Almodóvar puede regalarnos
el humor que quiera. Es obvio que después
de Hable con ella pueden esperarnos días
de ira o una estancia en el infierno humano. Nunca
hay que pedirle a un artista que siga el camino
obvio, sino esperar que suceda el milagro. Hable
con ella no es un tránsito amargo, sino
la película mejor hecha (fotografía,
decorados, montaje) técnicamente que ha
realizado Almodóvar hasta la fecha. Viéndola,
el espectador acucioso sabe que Almodóvar
sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.
Como dice Oscar Levant ante la magia total del
director Jeffrey Cordova: 'Este hombre puede hacerlo
¡todo!'.
Pedro Almodóvar tiene tanto talento que
aun en sus fotografías del rodaje de Hable
con ella, montadas en una exposición, se
ve el ojo detrás de la cámara, el
talento convertido en genio. (Una frase que he
tratado de evitar desde el comienzo de esta crónica
es la que dice el mexicano, ¡Ni modo!).
Los superlativos son siempre peligrosos, pero
he visto tres veces Hable con ella y hasta la
he exhibido como vídeo para el crítico
neoyorquino René Jordán, y no le
encuentro un fallo ni un punto flojo. No se trata,
como los filmes franceses de Buñuel, en
que el color revela las debilidades que el blanco
y negro ocultaba desde Abismos de pasión
hasta Viridiana. (No he visto y no creo que exista
una película de Almodóvar en blanco
y negro para referirme a sus puntos débiles).
Con Hable con ella y Todo sobre mi madre sus títulos
se han vuelto coloquiales y nada rotundos: son
como una proposición atendible, pero no
como los últimos títulos (franceses)
de Buñuel, tales El discreto encanto de
la burguesía o Ese oscuro objeto del deseo,
que son tan literales y literarios y de un surrealismo
tardío basado en las contradicciones in
abjecto como esos comensales burgueses que defecan
en el comedor y cenan en el retrete. Si se quiere
una metafísica de la burguesía hay
que ir atrás y volver a ver El ángel
exterminador.
Para Almodóvar y sus últimas películas
hay que pedir prestado su grito de victoria a
Penélope Cruz en la noche de los óscares
en que Todo sobre mi madre se ganó la estatuilla
dorada y gritar como ella: '¡Pedro!'.
(Guillermo Cabrera Infante, EL PAÍS,
2002)
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