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BENIGNO Y MARCO
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La vida de Benigno transcurre alrededor de una cama,
dentro de la cama siempre hubo una mujer. Primero fue
su madre, después Alicia. Su madre se instaló
en la cama (y no volvió a salir de ella) cuando
todavía no estaba enferma, fue su modo de celebrar
que había cumplido 40 años, su marido
acababa de abandonarla y el espejo de la mañana
empezó a insinuar que su belleza, hasta ese momento
eterna, mostraba los primeros síntomas de su
naturaleza efímera. Ocurrió todo al mismo
tiempo. De no ser por la ayuda de Benigno (su hijo,
un niño cuya fealdad ella nunca acabó
de entender) la Madre habría muerto de desidia.
Benigno estaba pendiente de ella día y noche,
y para aprender a cuidarla mejor, estudió para
enfermero. Sólo estaba fuera de casa cuando salía
a dar clase. También estudió estetitienne,
y peluquería, pero eso lo hizo por correspondencia.
Él no quería que su madre se deteriorara,
quería verla siempre bella.
La guiaba en sus paseos, por el interior de la casa.
La bañaba, secaba, vestía, maquillaba,
peinaba e instalaba en la cama como en un trono. Y después
la contemplaba. A pesar de sus cuidados, su madre murió
veinte años después. A su corazón
no le bastaron los cortos paseos por el salón.
Antes de morir le preguntó a su hijo, (Benigno
era ya un hombrecito de veinticinco años que
no había conocido hembra ni varón): ¿Qué
vas a hacer cuando me muera, Benigno? Suicidarme, supongo,
le contestó él, con naturalidad. Si su
madre no estaba, su vida carecía de objeto.
Después de un halagado silencio, la Madre decidió
por él:
- Pues tienes que vivir, Benigno. Cuando ya no tengas
que cuidar de mí, tendrás que cuidar de
ti mismo. Sal a la calle, mira por las ventanas, viaja.
Ahí fuera encontrarás un mundo horroroso,
pero también descubrirás cosas que te
interesarán, y alguna la querrás para
ti, y lucharás por ella...
Benigno abrió sus pequeños ojos, llenos
de estupor, ante las palabras de la madre. Se acercó
a la ventana, descorrió el visillo pasado de
moda hacía más de 20 años, y moderno
justamente por ello, y miró la calle.
Paseó su mirada por los edificios de enfrente,
contempló la Academia de Baile Decadance situada
justo frente a su casa, en diagonal, a la izquierda.
Puesta ahí por el destino para que él
pudiera contemplarla a gusto. Este fue el primer día
que vio bailar a Alicia, una adolescente de piel muy
blanca, que se cimbreaba al compás de una música
insonora (él no podía oírla). Después
de deleitarse con la contemplación de su rostro,
su cuello larguísimo, sus hombros, el pecho que
se insinuaba poderoso bajo el top de lycra, Benigno
pensó que quería para sí aquella
adolescente, y admiró a su madre por su talento
premonitorio.
JAVIER
Cámara es Benigno. Y lo es por entero. Estoy
seguro que si Javier buscara trabajo como enfermero
lo encontraría (también como manicuro
y estetitienne, y bordador; todas ellas disciplinas
que por la dictadura del guión, el actor tuvo
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que aprender hasta dominarlas). Además de bordar,
peinar, cortar el pelo, hacer la manicura, etc. durante
cuatro meses se entrenó en las múltiples
actividades que conllevan la responsabilidad y el cuidado
de un cuerpo como materia. Los cuerpos en estado vegetativo
necesitan 24 horas de cuidados. Javier le imprimió
a su trabajo la misma alegría y dedicación
que el personaje le dedicaba a Alicia en la ficción.
Su evolución como enfermero un poco gordito,
naïf y vivaracho, con cierta feminidad adquirida
por el continuo (y único roce con su madre),
hasta convertirse en el hombre delgado, barbudo, prisionero
de una tragedia que sólo Marco puede entender,
separado de lo único que le mantiene vivo, la
presencia de Alicia
la evolución que el
actor le imprime al personaje es prodigiosa. Me temo
que por mucho tiempo, Benigno acompañará
a Javier Cámara, como su sombra.
MARCO (Darío Grandinetti)
Marco es el "hombre que llora" un buen título
para la película si no fuera porque a Sally Potter
se le ocurrió antes.
Marco es un hombre argentino, sentimental y misterioso,
enfermo de nostalgia, viajero y periodista vagabundo,
escritor de guías turísticas.
En la década de los 90 conoce a Angela, todavía
una menor, por la que siente una pasión instantánea.
Al poco tiempo descubre que la joven tiene problemas
con el caballo. Poco después se instalan en un
infierno de agresiones y mentiras.
La vida en Madrid es insoportable y empiezan a viajar
para separar a Angela de las drogas y de Madrid. Su
relación sólo funciona en la huida. Marco
aprovecha los viajes para escribir una guía turística
del lugar; una vez superado el mono, Angela es la mejor
compañera de viaje imaginable. Vagan por Estambul,
la Habana, Costa de Marfil, Méjico, Santo Domingo,
Brasil
siempre sin rumbo. En cada uno de los
viajes se dan de bruces con imágenes imprevistas
y maravillosas. A Marco, desde entonces, la irrupción
de un momento de belleza inesperado le hace llorar,
porque le recuerda a Angela y porque ya no puede compartirlo
con ella.
Después de cinco años y siete guías
turísticas, Marco deposita a Angela en casa de
sus padres, en su pueblo natal. Con el tiempo los padres
consiguen separarla de Marco y de las drogas.
Es una historia muy triste. No hay nada peor que abandonar
a alguien a quien amas todavía. Esa herida no
se cura nunca, o tarda una década.
Marco se queda anclado en Madrid, no concibe la idea
de viajar sin Angela, siente nostalgia hasta de sus
"monos". En una caja de cartón, de
las que se usan en las mudanzas, guarda cientos de fotos
con ella, después de años todavía
no se atreve a abrir la caja. También guarda
sus notas pidiéndole perdón cada vez que
él volvía a casa y ella no estaba. Tampoco
se ha atrevido a leerlas.
Cuando conoce a Lydia ella acaba de romper con un amor
que aún palpita con fuerza en su corazón.
Ninguno de los dos conoce el secreto del otro, sin embargo
el misterio les acerca, como a seres de la misma especie.
Marco recupera el placer de viajar. Acompaña
a Lydia en coche a todos los lugares donde torea.
Dentro del coche, Lydia le agarra de la mano en silencio,
y él mira el paisaje. Y ambos se sienten aliviados,
apoyados mutuamente en el otro.
DARIO
Grandinetti es Marco, sin duda el papel más
complejo y con apoyaturas menos visibles de la película.
Darío da una lección de amplitud de registros.
Posee el mayor catálogo de miradas que yo conozca
(con la ayuda impagable del director de Fotografía,
Javier Aguirresarobe. La densidad de la luz y las sombras
que Aguirre ha depositado en los primeros planos de
Darío son de una riqueza explosiva).
Mil ojos tiene Darío y cada uno de ellos expresa
una emoción precisa y distinta.
Su técnica depurada y virtuosa afortunadamente
es de la que no se nota. Cuando Darío atraviesa
el objetivo de la cámara se embellece y se engrandece.
Al igual que Benigno es un personaje imantado por una
cama con una mujer dentro, Marco es viajero, móvil,
vagabundo (en el escaso mobiliario de su casa, hay una
mesa con ruedas de bicicleta y los únicos cuadros
que tiene son dos corazones y un mapa del mundo que
le ocupa toda una pared). Durante los meses que permanece
anclado en la clínica, le vemos recorrer continuamente
los pasillos. Caminar sin prisas, y casi sin objetivo,
que es el modo más hermoso de caminar.
A la lista de los actores que mejor han caminado delante
de una cámara (John Wayne, Gary Cooper, Robert
Mitchum) habría que añadir el nombre de
Darío Grandinetti. Su lento modo de caminar por
el borde de la piscina, hasta sumirse en la oscuridad
del extremo opuesto al porche donde Caetano Veloso canta,
es tan emocionante como las lágrimas que intenta
ocultar.
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