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TACONES LEJANOS. HABLA EL DIRECTOR
La idea de "Tacones Lejanos" nace del guión de
un cortometraje que escribí mientras preparaba "Átame".
Me desespera tanto la preparación de un rodaje que casi siempre,
para evadirme, improviso sobre el papel historias caprichosas que
después acaban convirtiéndose en el guión de
alguna película. Es un modo de serle infiel a la historia
que tengo entre manos, pero sobre todo me distrae de las inclemencias
del período de preproducción.
En el corto sólo narraba la parte que se refiere al telediario.
No soy un buen espectador de televisión, de hecho es un medio
que odio (cuando alguien me ha propuesto trabajar en ese medio siempre
he respondido que lo que más me interesaba era dirigir un
programa de noticias. Y no era una boutade).
Lo que hace Rebeca en el telediario yo lo había soñado
muchas veces, una locutora que después de dar la noticia
de una muerte se confiese autora y explique con toda naturalidad
los detalles.
De todos modos, para mí no es ese el momento culminante de
la escena (cuando dice ante el estupor del cámara, del regidor,
de los técnicos de control, de su madre que la está
viendo, de todos los espectadores españoles, que ella es
la asesina de su marido) sino cuando echa mano del bolso y mirando
siempre a la cámara como si fuera una amiga o un psiquiatra,
reconoce con toda naturalidad (y dolor) que después de matar
a su marido ella se siente sola y que matándole no ha matado
el amor que sentía por él. Saca un sobre lleno de
fotos y mientras las muestra a la cámara explica que en la
noche que siguió al asesinato fotografió algunos de
los recuerdos de su vida en común con la víctima,
con la terrible certeza de que ya no volverían a compartir
ninguno de ellos (la cama, el armario, los muebles, etc).
Ese es el momento más dramático y el más emocionante.
La confidencia de esos detalles da a la confesión auténtica
grandeza.
De no ser por esta segunda parte, la confesión sería
sólo un gag, un golpe de efecto más cómico
que dramático. De este modo se convierte en algo estremecedor.
Cuando terminé "Átame" pensaba rodar el
corto, pero me intrigaba tanto su personaje central que necesitaba
conocer su trayectoria. Era un personaje demasiado grande para un
relato tan corto, demasiado sugerente. Así que empecé
a desarrollar su historia por ambos extremos, dejando la confesión
justamente en el medio. Y no fue fácil, porque yo no quería
que Rebeca fuera un monstruo o una psicópata. Yo pretendía
que el espectador se emocionara con ella, que la entendiera y que
no la juzgara, y por supuesto que no la condenara. Por una simple
cuestión de duración, la breve narración de
un corto te permite exponer unos hechos sin implicarte ni explicarlos,
pero un largometraje exige que el autor explique esos hechos y se
sitúe con respecto a la historia. Y yo me había situado
desde el principio muy cerca de Rebeca. Esta era la principal dificultad
para escribir, dirigir e interpretarla. No hacer de ella una asesina
antipática, sino un ser humano herido y furioso, víctima
de su propio dolor. En ese sentido el trabajo de Victoria Abril
ha sido determinante. Su interpretación es de una humanidad,
complejidad y transparencia escalofriantes.
El personaje de la madre me resultaba más asequible. No
es una madre ejemplar, ni abnegada, pero su heroico gesto del final
la redime de todas sus imperfecciones y conquista fácilmente
el corazón del espectador-interlocutor.
El tercer personaje, Femme Letal y el Juez Domínguez,
tampoco es un modelo de conducta. Con la edad voy descubriendo que
me siento más cerca de los personajes complejos e imperfectos.
Siempre que sea capaz de explicar en qué consisten sus imperfecciones,
lo cual equivale a explicarles como seres humanos. Mi reto como
guionista y director consiste en hacer diáfana su complejidad,
que uno pueda leer en sus ojos y en sus palabras las razones que
inspiran sus actos.
He intentado contar de un modo lineal una historia que no lo es
en absoluto, ni siquiera el guión lo es. En el guión
el tiempo está fragmentado y sólo a partir de la mitad
la historia fluye en un curso paralelo al del tiempo. Aunque ocurren
dos asesinatos mi intención no era describir cómo
se llevaban a cabo, ni aprovechar la tensión y la intriga
propia de una historia con crímenes. Quería contar
el efecto de esas muertes en los personajes y cómo instrumentalizaban
su alternativa culpabilidad o inocencia a favor de sus propios intereses.
He rehusado juzgar a los personajes, permitiendo que sean ellos
mismos los que se juzguen, se castiguen o se perdonen. La justicia,
si es que existe, no se ejerce en los tribunales, sino en el fondo
de la conciencia de los individuos y se expresa con un lenguaje
propio, el lenguaje del dolor y de la pasión.
Rebeca y su madre actúan de espaldas a la ley de los hombres
y de la de Dios (un dios católico como lo entendemos
en España). Yo confío más en la fragilidad
del individuo y su imperfecta naturaleza que en la solidez de las
instituciones. Esa es una de mis intenciones al contar esta historia,
sin temor a parecer amoral.
La búsqueda (nostalgia) del padre (o de la madre) es un tema
clásico, eterno. Ha servido de argumento para muchos melodramas,
antiguos y contemporáneos. Desde "Stella Dallas",
"Mildred Pierce" ("Alma en suplicio"),
"Imitación a la vida" o "Paris-Texas"
hasta "Mommie Dearest", "Terms of Endearment",
"Postcards From The Edge" y "Buenas noches,
madre" por citar sólo las que me vienen a la memoria.
Si tuviera que elegir una referencia escogería "Leave
Her To Heaven", de John M. Stahl, un melodrama corrosivo
e insólito para su tiempo, que mostraba el lado perverso
de la pasión amorosa. Gene Tierney amaba de tal modo
a su marido que no soportaba compartirlo con nada en el mundo, ni
siquiera con el hijo que llevaba en sus entrañas, para lo
cual no duda en deshacerse de él. Aunque adoro el melodrama
clásico he prescindido del habitual maniqueísmo propio
del género y de su complacencia sentimental. "Tacones
Lejanos" es un melodrama duro, por momentos cercano al terror
o a la serie negra (y por qué no, a la comedia musical).
También es una película literaria, una historia que
avanza y se desarrolla a través de las palabras. Los personajes
se explican a sí mismos con palabras, o renunciando a ellas,
y la palabra se convierte también en su mejor arma para atacar
o defenderse. Con la palabra pueden llegar a matar o a salvar la
vida de una persona. Para mí dos buenas líneas de
diálogo, en boca de un personaje bien construido, cumplen
la misma función que los efectos especiales de "Terminator
2", y pueden conseguir el mismo impacto. En el cine actual
el uso de la palabra no es habitual, es algo que se ha perdido,
con la excepción de Woody Allen, Eric Rohmer, Spike Lee,
Steve Soderbergh ("Sex, Lies...") Gonzalo
Suárez, el primer Trueba y algún otro.
A diferencia de ellos (con la excepción del inclasificable
Suárez) mis diálogos no son de corte naturalista.
Mi modelo estaría más cerca de Mankiewicz (si
se me permite la pretensión).
Desde pequeño he mantenido con el cine una relación
apasionada. Mi vocación fue temprana, siempre quise hacer
cine. De niño pensaba que el cine eran los actores, después
descubrí que alrededor de ellos existían muchos otros
elementos, gente por ejemplo que creaba la historia y la narraba.
Desde ese momento decidí que mi vocación era la del
narrador, el dueño del juego, el que establecía qué
historia quería contar y el modo de contarla. Sin embargo,
ahora que soy director, sigo pensando que los actores son la materia
sobre la que se imprimen las películas. Ellos son quienes
materializan la narración, la conducen, y la convierten en
algo vivo y real. Me hice director de cine para poder dirigir actores.
"Tacones" pertenece a ese tipo de películas que
depende casi exclusivamente de los actores, son el eje alrededor
del que giran todos los procesos, la luz, el diseño de producción,
los encuadres, la atmósfera, la música, el montaje.
Todo. Y "Tacones" no sería nada sin el poderoso
virtuosismo de Marisa Paredes y Victoria Abril, adecuadamente vigiladas
por Miguel Bosé. Para mí el gran espectáculo,
sin despreciar ninguno de los otros aspectos igualmente deliberados
y elaborados, consiste en contemplar a estas dos fieras enfrentadas.
La magnitud del talento de Victoria y Marisa contagian e impregnan
cada una de las imágenes donde aparecen.
Y ya que, como he dicho antes, esta es una película muy oral,
voy a permitir que sean los mismos personajes los que con su atroz
sencillez nos cuenten parte de su historia.
REBECA
Mi madre siempre fue débil con los hombres, yo intentaba
ayudarla y defenderla contra ellos. Me hubiera gustado convertirme
en un hombre para ella, un hombre fuerte, divertido y flexible que
la protegiera, la entretuviera y no la asfixiara. Pero sólo
era una niña y nunca conseguí provocar en mamá
otra cosa que incomodidad y algo de culpa.
Ya que lo único que me ofrecía era eso, su sentimiento
de culpa, me esforcé para que ese sentimiento fuera lo más
grande posible. Pero eso sucedió mucho más tarde.
Dirán Vds. que soy una psicópata. Y puede que tengan
razón.
Después de la muerte de su segundo marido mamá se
fue, dejándome con el primero, es decir, con mi padre. Durante
su larga ausencia, su recuerdo ha sido una cárcel de la que
no he podido liberarme, y la verdad es que ni siquiera lo intenté.
He tenido ocasión de saber lo que es una cárcel de
verdad y puedo asegurar que no es peor que la cárcel que
yo había construido dentro de mí.
Como mamá no estaba conmigo el único modo de recuperar
su presencia, de que su recuerdo no se desvaneciera con el tiempo,
era imitarla. Me peinaba y me vestía como ella, no me importaba
que su estilo no me favoreciera. Intenté cantar, llegué
a grabar un single que yo misma produje, y busqué trabajo
como actriz en una telenovela que afortunadamente nadie recuerda.
Fracasé.
Con mi imitación sólo conseguí aumentar la
diferencia (la distancia) que había entre las dos. Cambié
cuando conocí a Manuel, yo sabía que él
había sido amante de mi madre y lo último que quería
era recordársela. De hecho cuando me casé con él
ni siquiera le dije que era hija de Becky del Páramo,
se enteró cuando llevábamos un tiempo casados. Desde
ese día empezó a mirarme con otros ojos.
Pero mamá ha vuelto, ha tardado quince años en decidirse
pero por fin a vuelto. Cuando la vi en el aeropuerto, desorientada
por el continuo vaivén de maletas, envuelta en un conjunto
de Armani de gasa roja y camisa blanca, experimenté la confirmación
de su magnitud estelar. Al contrario que a mi, su ausencia había
aumentado su fulgor, definiéndolo, concretándolo,
marcando de modo natural una línea que la separaba del resto
del mundo, que la separaba también de mi, su pequeña
Rebeca.
El tiempo había trabajado en su favor, pero en su relación
conmigo parecía que ella hubiera detenido al tiempo. Cuando
me abrazó y me habló sonaba exactamente igual que
antes de irse, para ella yo seguía teniendo doce años,
y así me sentía yo. Solo mido un metro cincuenta cm,
como si su ausencia me hubiera impedido crecer. Algo dentro y fuera
de mí se paralizó cuando se fue, algo que en vez de
madurar sólo se erosionó, como un trapo sujeto de
una cuerda, y expuesto a la intemperie.
Después de nuestro reencuentro, durante los primeros días,
luché con todas mis fuerzas para vencer el rencor acumulado
durante años. Mi pasión por ella era muy superior
al rencor, pero a veces el rencor me cegaba y vencía al amor,
como ocurre en el tenis, que una tenista que esté en el número
20 del ranking mundial de pronto un día le gana a la número
uno, muy superior a ella, sin que nadie lo entienda.
Yo me había habituado al lenguaje y a los gestos del resentimiento,
y aunque mi vida ha estado marcada por la pasión hacia mi
madre, es el resentimiento el que ha dominado todas mis expresiones.
Y mi madre, temerosa de este resentimiento, se cortaba y no acababa
de recorrer ese corto camino que la hubiera conducido hasta las
puertas de mi amor sin límites. Era yo quien debería
haber recorrido ese camino, y llegar hasta ella, pero no supe hacerlo.
Y lo que debería haber sido una simple declaración
de amor se convirtió en lo contrario, en una compleja declaración
de guerra, guerra en la cual ella ni siquiera podía contraatacar
porque la primera víctima de esa guerra era yo.
Maté a mi marido, no sólo porque había vuelto
a liarse con mi madre, ella no fue su única amante. Quería
llamar su atención. Pero mamá se bloqueó, ante
un acto tan monstruoso no supo cómo reaccionar y para defenderse
de la confusión y el dolor se refugió en lo único
que nunca le había fallado: su trabajo. La Canción.
Por mi parte, yo destapé el pozo de mi amargura y me lancé
de cabeza contra su negra superficie. Para vengarme de ella (y de
Manuel) me confesé culpable de su muerte en pleno telediario,
mientras daba la noticia de su entierro. No me importaba que la
primera víctima de esa venganza fuera yo misma. No se me
ocurrió otro modo de llamarle la atención, de que
se diera cuenta que tenía una hija en el fondo del abismo.
Pero claro, esa distancia, una vez establecida, era imposible de
acortar, porque hubiera supuesto que también ella se hubiera
lanzado al abismo, y eso era pedir demasiado, incluso a una madre.
Sobre todo a una madre como la mía, que en un momento crucial
de su vida optó por su carrera y su placer, renunciando a
su familia. Entiendo que a veces una mujer necesita tomar ese tipo
de decisiones para sentirse libre. Pero nuestro caso era distinto,
desde muy pequeña yo le hice prometerme que nunca nos separaríamos,
que juntas compartiríamos su libertad y su autonomía,
sin perder ninguna de ellas. Yo le apoyaba cuando decidía
dejar a un hombre, y le ayudaba muchas veces sin que ella lo supiera.
Pero no cumplió su promesa y aunque (juro que) lo he intentado,
no he podido perdonárselo.
Hay casos en que la gente nace con un fin muy concreto. Yo nací
para adorar a mi madre y para estar con ella. Es una lástima,
y una tragedia, que su destino fuera otro, y que yo no estuviera
incluida en él.
BECKY DEL PARAMO
He vuelto a Madrid para morir. Como un animal que cumple
su ciclo quiero morir en la misma casa donde nací, en la
misma habitación y si fuera posible en la misma cama. He
comprado el piso bajo de la Plaza del Alamillo, nº 5.
Para muchos resulta extraño que una estrella como yo viva
en un subterráneo, la razón es que nací en
ese sótano, mis padres eran los porteros del edificio y naturalmente
ocupaban el espacio menos apreciado. Yo, sin embargo, no lo cambiaría
ni por el palacio de Luis II de Baviera. Del lugar recuerdo
sobre todo las ventanas a ras del techo y la luz que nos llegaba
a través de ellas. El recuerdo de esa luz y de los pies que
pasaban por la calle han acabado convirtiéndose en una obsesión.
Sólo yo sabía que venía a morir (yo y mi médico
de cabecera) pero nadie preveía que en Madrid me esperaba
un infierno.
Soy una mala madre, una mujer que siempre antepuso su condición
de mujer a la de madre, pero no podía ser de otro modo. Si
me hubiera quedado sé que habría sido aún más
desgraciada.
No estoy pidiendo disculpas, siempre fui una hedonista. También
fui débil. Egoísta y débil. Mi modo de resolver
los problemas era huir de ellos. Pero desde que en Méjico
el médico me dijo que no sólo mi carácter era
débil, sino también mi corazón, decidí
volver a Madrid, para terminar mis días aquí. También
necesitaba arreglar mi situación con Rebeca. Sabía
que no sería una empresa fácil. Desde pequeña
Rebeca fue una niña muy compleja. Vengativa y solitaria.
Obsesiva y posesiva, como un marido. Exigente, cabezota y absorbente.
Para una niña de estas características el abandono
de su madre no era la mejor terapia. Yo no venía preparada
para encontrarme con una hija que me odiaba, aunque reconocía
que no le faltaban razones. En cualquier caso no quería advertirle
sobre la "delicadeza" de mi estado. Porque hubiera sido
como hacerle un chantaje. Quería reconquistarla de verdad,
sin que para ello influyera mi enfermedad, sólo así
la reconquista sería auténtica.
Pero como siempre cometí muchos errores, no supe medir la
influencia atroz de mis actos. Me equivoqué al creer que
en esos 15 años Rebeca se había convertido en un ser
maduro e independiente. Cuando comprendí mi error, Rebeca
ya había iniciado su escalada de terror. La confesión
de Rebeca en televisión, y nuestro posterior encuentro, cuando
el Juez nos citó en una sala del Juzgado donde nos dejó
solas, precipitaron la muerte de mi cansado corazón. Pero
también aquello fue necesario, sólo después
de recibir ese castigo tuve fuerzas para decidir que la poca vida
que me quedaba iba a dedicarla a mi hija. Aquel cansado corazón
sólo palpitaría por ella; al fin, también a
mí me había llegado el momento de madurar. Por primera
vez, sin ningún miedo, iba a enfrentarme a la situación
e iba a intentar solucionarla a mi modo. Tenía que demostrarle
que la quería y que no estaba sola, frente a la justicia,
y frente a su propia conciencia.
Aunque el Juez Domínguez la había puesto en
libertad por falta de pruebas, sus problemas no habían terminado.
Mi hija ya había pagado en vida el castigo que mereciera
por sus crímenes, si es que merecía alguno. Y yo no
soportaba la idea de irme y abandonarla otra vez, ésta para
siempre, entre rejas y con la vida destrozada.
Mientras me trasladaban al hospital, después de tener un
infarto en el escenario, me asaltó una idea que podría
salvar a Rebeca. Sólo tenía que convencerla para que
guardara silencio. Su silencio nos salvaría a las dos. Si
una madre y una hija se alían, no hay fuerza que pueda contra
ellas. No existe poder superior al de una madre y una hija juntas.
Ahora no puedo desvelar en qué consistía mi plan,
es un secreto que debe permanecer entre las dos y que nos mantendrá
unidas. ¡Por fin nos hemos convertido en cómplices!
Si en vida fui egoísta, es justo que mi muerte le sirva de
algo.
Cuando veníamos en la ambulancia, en dirección a
mi casa en la plaza del Alamillo y Rebeca me cogía la mano,
comprendí que el mundo habría sido nuestro si hubiéramos
conseguido derribar anteriormente las barreras que nos separaban.
Por primera vez hablamos sin ninguna tensión, ella me contó
cómo mató a Manuel y yo le dije que tenía que
encontrar otra forma de solucionar sus problemas con los hombres.
Ella me dijo "enséñame tú" y yo me
puse la mascarilla de oxígeno sobre la boca para evitar una
respuesta pesimista. ("Yo ya no tengo tiempo").
¡Qué gran pareja habríamos formado las dos juntas!.
El mismo extravagante sentido del humor, el mismo inconformismo,
la misma independencia de todo prejuicio, social o moral. De tal
palo, tal astilla. Es una pena que lo descubriera al final de mi
trayecto.
Una vez instalada en mi cama, en la misma habitación donde
nací, oigo entrar a Rebeca. Ha traído una maleta con
sus cosas y se ha instalado en una habitación junto a la
mía. Aunque solo sea por unos minutos hemos vuelto a vivir
juntas.
Ha entrado a mi habitación para ver cómo estoy, hemos
hablado poco, no teníamos tiempo y yo todavía debía
rematar mi plan, esa herencia preciosa de la que no puedo hablar.
Intenta disimularlo, pero Rebeca está desencajada por el
dolor. Yo sin embargo, me siento en paz, tranquila, la muerte me
ha esperado hasta que pudiera cumplir con todas mis obligaciones.
Le digo a Rebeca que me abra la ventana para ver la calle. Yo sabía
que había llegado el momento de recibir a la muerte. Y le
abría la ventana para que pudiera entrar.
Mientras Rebeca deslizaba la cortinilla a ambos lados de la ventana,
entró en nuestro campo de visión la rueda de una bicicleta,
conducida por lo que parecían las piernas de un hombre joven,
poco después unas piernas de mujer, que caminaban sobre unos
altos tacones se reunían con la bicicleta. La sombra de esos
tacones se proyectó sobre el cabecero de la cama. Fundida
con esa sombra expiré.
Rebeca me daba la espalda mientras abría la ventana. Al ver
los tacones se quedó unos segundos como extasiada y me dijo:
"De pequeña, cuando vivíamos juntas, no podía
dormirme hasta que oía el ruido de tus tacones, a lo lejos,
viniendo por el pasillo y entrando en mi habitación".
Entonces se volvió y continuó diciendo, como en una
oración: "No me importaba la hora en que llegaras, yo
te esperaba despierta".
Esto último ya no pude oírlo, pero Rebeca tenía
que decírmelo. Después se abrazó a mi cuerpo
y empezó a gemir.
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