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Ni tan divertida como "Mujeres" ni tan inquietante como "Tacones", "La flor de mi secreto" es la mejor película de Almodóvar hasta ahora. La más perfecta técnicamente, la mejor escrita y la más moralmente integrada, este espectador sintió siempre que estaba anta una obra mayor. Olvídense de George Cukor, de Mitchell Leisen y hasta de Claude Chabrol que Pedro Almodóvar, ahora, es el mejor inventor de mujeres del cine: una suerte de Adán con costillas disponibles para crear varias Evas.
Guillermo Cabrera Infante, "El País"
Crítica completa

EL INDISCRETO SECRETO DE PEDRO ALMODÓVAR
"La flor de mi secreto", la última película de Pedro Almodóvar, comienza como "Mujeres al borde de un ataque de nervios", con una mentira: el doblaje antes, ahora una entrevista de médicos terminales con una madre que sufre. Pero no es, como "Mujeres...", una comedia loca, sino la vida, pasión y muerte (literaria) de una mujer casada que se quiere divorciar. No de su marido ausente, al que ama con un amor de un solo lado, sino de su oficio de sueños felices. Son felices sus novelas, como todo lo que roza lo rosa, pero la novelista sufre infeliz desmesurada. Como solían sufrir las mujeres antes de hacerse feminista el cine: cuando era políticamente incorregible. Siempre he creído que hay autores, como Manuel Puig, que conocen mejor a las mujeres que la mayor parte de los hombres y, por supuesto, más que muchas feministas, que han convertido el feminismo en una cusa: la exacta contrapartida del machismo. Ahora Almodóvar se proyecta mucho como lo hacía Manuel. Pero está más cerca de Lorca que de Puig, con esa extraña mezcla de inteligencia y de intuición poética, la combinación que hacía combustión interna en el genio del poeta que Buñuel y Dalí llamaban el perro andaluz antes de que lo matara la descarga que lo hizo inmortal. Pero, como dice Jules, el negro asesino a sueldo de "Pulp fiction", antes de entrar a matar: "Vamos a ponernos en carácter". Fue Oscar Wilde quien declaró que la diferencia entre una gran pasión y un capricho es que el capricho dura más. Almodóvar apuesta por la gran pasión y ésta, claro, no dura nada. Pero no hay peor sugestión que la que no se hace. La novelista Leo no es una novelera, sino una neurótica incapaz de quitarse las botas románticas a pesar de la ayuda ajena: se le convierten, como al soplón en las vidas de gángsteres, en zapatones de cemento. Son lo opuesto a las botas de siete leguas del cuento de hadas. Pero la definición de un hada es "un ser fantástico... con figura de mujer de maravillosa belleza, que emplea su poder en hacer beneficios a sus elegidos". No sólo conviene al personaje principal, sino al arte de Almodóvar, quien con su varita mágica moderna reparte beneficios (y oficios) a sus personajes. Esta Leo de ahora es una autora que firma con el sonoro nombre de Amanda Gris. El crítico como artista, la dicotomía de Wilde al final del siglo XIX, la resolvieron los directores franceses de la Nueva Ola cincuenta años más tarde al convertirse los críticos en artistas. Pero Almodóvar no le debe nada a la crítica de cine ni a ese ejercicio inútil, la crítica de la sociedad. Sus películas no se parecen a nadie ni a nada. Si se parecen a algo es a otra película de Almodóvar. Eso se llama, en otras partes del arte, estilo. En cine, ya lo ha dicho Alfred Hicthcock, "el estilo se parece a la antropofagia, pero sólo cuando uno es caníbal de sí mismo". Si algo se repite, es lo comido. A mí me gusta Almodóvar cuando ríe porque nos hace reír. Pero, cosa curiosa, su obra maestra absoluta, "La flor de mi secreto", no da risa. Es, por el contrario, su película más dramática, de veras desesperada, y es ala vez una flor de ese género que el cine cultivó desde su primer jardín, la película para mujeres. La "womans's picture", en que temprano descollaron actrices expertas en ser mujeres que sufre. Como Greta Garbo en casi todas sus películas, Barbara Stanwyck (especialmente en "Stella Dallas") y, mucho más cerca, Joan Crawford en "Mildred Pierce". El título en español de esta obra maestra de Michael Curtiz (más maestra que "Casablanca", que dirigió también por ese tiempo) es "Sacrificio de una madre" y es todo un programa de acción para la protagonista, que siempre sufre, como sufre ahora más que nadie, mejor que nadie, Marisa Paredes. El personaje de Paredes se parece al que ella hizo en "Tacones...": una cantante ya mayor pero un mito menor que recibe el homenaje entre puro y paródico de un travestí. La cantante es extraordinaria solamente en la ficción. En realidad es una enferma más del yo que del corazón: un ser enfermo del ser. El suyo es un corazón todo tiniebla, apenas redimido por el final trágico. Ahí terminan y comienzan los parecidos. Las películas (llamarlas filmes sería un insulto) de Almodóvar muestran un sentido de la estructura interna ya desde el guión, que él mismo siempre escribe con un seguro oficio del cine y una ingenuidad literaria no exenta de cierto encanto popular. Hace rato que Nietszche dijo que quien trate de separar la forma del fondo no es un artista, es un crítico. Una película, una novela , un cuento, que todos cuentan, tienen una estructura que es fondo y la forma, hechos visibles no como una binidad sino como una unidad. La más saliente característica del arte de Almodóvar es su inteligencia, en un director que parece a primera vista totalmente intuitivo, que improvisa más que elabora, en una orquestación de las partes que se ve musical, mientras que el mismo Almodóvar para conseguir su atmósfera sexual o sentimental (es lo mismo, sólo se diferencian en la expresión) depende directamente de la música y casi siempre de la música popular. Ahora es Bola de Nieve cantando su propio bolero, firmado por su "alter ego" Ignacio Villa, "Ay, amor" -que debería llamarse "Hay amor"-. (Con un guiño hace incurrir al petulante magistral de Juan Echanove en pecado concebido al afiliar al Bola al "feeling"). Uno de los antecedentes de la novela rosa radial es, cosa curiosa, un bolero. Su autor, Félix B. Caignet, fue también el autor de "El derecho de nacer", estruendoso éxito primero en Cuba y luego en todo el continente donde fue contenido. Su aura sonora llegó hasta el Japón, que se hizo la tierra del Mojito, nombre japonés para una bebida cubana. Ese bolero viejo decía: "Te odio y sin embargo te quiero./El odio es cariño, / no me cabe duda, /pues te odio y te quiero a la vez / y me muero por ti". El protagonista femenino de "La flor..." bien podía adoptar este verso masoquista como divisa. Es lo que hace en casi toda la película y en un momento el símil poético, "me muero por ti", la lleva a cometer un suicidio afortunadamente fallido -para ella y para nosotros los espectadores-. Que el personaje que se obliga a perder, gane permite presenciar todo el juego (el español es un idioma en que los actores no juegan, como en inglés y en francés, sino que trabajan) que es el arte de Marisa Paredes. Almodóvar, que la colocó en el centro de "Tacones lejanos", ahora la hace el eje concéntrico, en una actuación que recuerda por su soledad a la Joan Crawford sufrida de los años cuarenta y cincuenta de "Mildred Pierce" y "Hojas muertas", melodramas maduros. En "Hojas...", Joan también escribe incesante a máquina como Marisa. Pero, como advierte Leo, ella es una escritora, mientras la Crawford era una mecanógrafa. Ella atribuye Capote la distinción, pero las memorias de una mecanógrafa, "Leaves", es una película clave para Puig, que llamaba a Crawford Santa Juana de América. Según Manuel, esa película le salvó la vida una vez. Ahora Almodóvar viene a conferirle a Marisa Paredes la inmortalidad. Joan Crawford ha muerto pero Paredes permanece. Almodóvar paree aquí fascinado por la letra impresa y hae que su protagonista, como Quijote en Barcelona, vaya a un periódico, EL PAÍS, y visite la Redacción, a la que accede entre fragmentos de "vitraux" como a una catedral sumergida en el silencio de los ordenadores. Luego ella, como Cervantes antes, se deja seducir por el estruendo de la imprenta. Tal parecería que Gutemberg inventó la novela. Pero la novela rosa ha estado ahí antes de 1440. Mucho antes. Manual amoroso "Dafnis y Cloe", la primera novela rosa porque se describían en ella los sentimientos más que los actos de su héroe y, muy importante, su heroína, estaba escrita en griego antiguo y se tradujo al inglés en 1657. Un primer eslogan romántico proclamaba que era "an amorous handbook for ladies". Es decir, un manual amoroso (leve guiño de pestañas postizas) para las damas. Sobre las novelas rosa en general y en particular sus variaciones modernas sobre un tema de Longo (novelita de serie, novela radial, novelón de televisión, especialmente en colores cuando se llama culebrón, que el diccionario define, de veras, como mujer intrigante y, anoten, de mala fama) llevé un curso el año pasado en las escuelas de verano de El Escorial. Entre escritores y profesores se sentaron por derecho propio dos cultivadoras del género, de mujeres de genio: Corín Tellado, mi maestra en "Vanidades" ("revista para la mujer y la moda"), y Delia Fiallo, la reina del culebrón, ambas hechas ricas y famosas por su oficio. (Pero no vino la viuda en rosa, a quién quiero mantener en su anónimo antillano). De oyente que tiene oído y opiniones propias estaba Pedro Almodóvar. Vino, lo sospecho, a ver y oír a Corín, que se había marchado ya, pero Pedro se quedó a poner reparos al género. Ya escribía "La flor de mi secreto" como guión, aunque alguien que lo oyó con atenta atención pudo haber detectado una cierta aversión (o por lo menos reticencia) al género que tiene más de dos mil años literarios. Almodóvar habló de malos actores, de peores diálogos, de situaciones falsas. Él, mejor que nadie, debía saber que esos ingredientes forman parte para algunos de su sabor artificial: un edulcorante que crea hábito. Para otros (miles, millones de ellos) ahí reside su fascinación. (Que viene del latín y quiere decir también mal de ojo -como el que produce la televisión: mal de ojo único-). Sospecho que "la cosa secreta", uno de los nombres del sexo, es el rechazo de la protagonista a su oficio del siglo veinte de escritora rosa. Esto estaba ya escrito o pensado por Almodóvar cuando escaló El Escorial. La otra parte (cuando la protagonista vive su vida nada roa que tiene una culminación rosa) se le ocurrió al bajar a un Madrid que una vez estuvo a merced de las imágenes y los diálogos de "Cristal", la novela escrita por Delia Fiallo y realizada en Caracas. Como el culebrón, los males de las mujeres en "La flor..." vienen, como una sífilis del espíritu, de los hombres, de sus hijos y, ay, amantes. Todas ellas sufren ese mal venéreo, desde Paredes hasta Rossy de Palma, con su belleza que crea canon. "Sufre, mujer, sufre" proponía Fats Waller al piano, y ellas siempre sufren. Hasta Manuela Vargas, fuerte como el flamenco, sufre. Es curioso que "La flor de mi secreto" (título que podría adoptar un novelón venezolano) termine con una escena que es una parodia del final de "Ricas y famosas". Esa es la película favorita de una escritora catalana, feminista y familiar, y mucha gente jura por su feminismo fílmico. En "La flor de mi secreto" el secreto final es que aquí el excelente Echanove en el papel (periódico) de Ángel y la novelista, que no por gusto se llama Leo (de Leocadia, su nombre, pero también de leer), se sientan al amor de la lumbre, el único amor posible entre ella y él. Es, como muchas veces en Almodóvar, un final feliz. Que es el final que, aparentemente, inventó Hollywood. Pero, ¿han leído ustedes "La Odisea" últimamente? Allí un héroe, que sufre desterrado diez años de infelicidad, regresa a casa, al hogar y a su mujer, una de las protagonistas, que esperaba pero no desesperaba. Un beso. Como Tarantino, Almodóvar está tremendamente interesado en los transgresores. Pero, al revés de Tarantino, no rinde culto a la violencia, sino a la parodia: sus actos de violencia son siempre parodias. (La violación en "Kika" es tan cómica como cuando Laurel y Ardí tratan de dormir en la misma precaria cama). Inclusive en su película más dada a la transgresión (y de paso la más rica en provocaciones), "Tacones lejanos", la violencia aparece como una referencia, un dato lejano. El asesinato del odioso marido de Victoria Abril es un estampido y un fogonazo dentro de una casa de la que se ve sólo la fachada. Victoria, muy principal, confiesa su crimen delante de las cámaras de la televisión de la que es una modesta "speakerine". Pero esa confesión, que debiera ser dramática, se ve (ese es el verbo) convertida en la versión oral de los gestos, a veces desesperados, con que otra locutora, esta vez muda, remeda el lenguaje manual de los sordomudos. Es, como es a menudo la televisión, una comedia de horrores. La única violencia visible en "Tacones..." es sexual, heterosexual por más señas. No es una última seducción a lo Linda Fiorentino, sino que es Victoria, derrotada, la que es seducida por un travesti que, semivestido de mujer, se da a un cunnilingus desesperado. Como representación sexual, es decir, teatral, este coito abrupto pero no interrupto es uno de los ejemplos de conocimiento carnal más crudos y a la vez estilizados del cine español. Las películas de Almodóvar ("Mujeres", "Tacones", "Kika") parecen pertenecer a lo que se llama "efímero pop", donde hay que diferenciar entre el pop industrial de Andy Warhol y el pop pictórico puro de David Hockney. Hay elementos en el arte de Almodóvar en que las referencias pictóricas son bien visibles. Esta es la diferencia enre él y Quentin Tarantino, su semejante. Los dos hacen arte referencial, pero las referencias de Tarantino son siempre otras películas, aunque haga referencia en su título más conocido al arte literario popular de los novelistas "pulp", no "pop". Las referencias de Almodóvar son ocultas, pero más cultas. Hay dos interregnos. Uno es la vuelta a la aldea como un útero al que se vuelve para volver a nacer. Ocurrió en "Átame" en un final feliz. Ocurre en "La flor in media res". Ahora la aplastante verticalidad urbana da paso al horizonte de un campo de flores amarillas para siempre en nuestros ojos. Mientras el comentario sonoro es un poema que recita Chus Lampreave, siempre sabia, con la conmovedora sencillez que sabe que "Mi aldea" abre las páginas sonoras del pasado "para hacerles oír a ustedes la emoción y el romance de un nuevo capítulo", que era el lema de la "Novela del aire" en la radio que no cesa en la memoria, escrito cada noche a las nueve por la inolvidable Caridad Bravo Adams. El otro interregno en su reino es la música de los créditos finales. En "La ley del deseo" Almodóvar le cedió la voz a Bola de Nieve, en "Mujeres" La Lupe cantó "Teatro" como nadie. Ahora le toca el turno a ese asombroso músico que es Caetano Veloso, que canta "La tonada de la luna llena", que es tan delicada como el campo amarillo, que es un tránsito para que Leo vuelva a ser la Leocadia de la aldea. Como contraste entre una realidad y otra, Madrid la pinta Almodóvar sofisticada y elegante y macarra, hecha de piedra y cristal, dinámica. Si Roma era de Fellini y Nueva York es de Woody Allen, Madrid le pertenece a Almodóvar. En la historia de los sentimientos viene primero el amor -que rima con flor-. Es un "tour de force" de Almodóvar crear una historia de sentimientos previsibles y armar con ellos una novela de amor. Hay ahora un gran romance en vez de una pasión. Romance es un amor intenso y breve, que, por supuesto, dura más que un capricho. Hablar en romance por la televisión es una pasión americana. Sentado en un vestíbulo de Televisión Española esperando una tarde para ser entrevistado, vi a varios actores españoles viendo "Cristal" y los oí. Veían fascinados pero oían a regañadientes: les molestaba el acento americano. "Ese acento es insoportable", decían unos, mientras otros manifestaban: "A mí que me cuenten las cosas en cristiano". Rezongaron hasta que el actor Escribá, debo añadir, se vio obligado a intervenir y dijo de buen aire: "Pero, señores, eso es parte de su encanto". La novela rosa y la reacción contra la novela rosa que sufre la autora (y, supongo, el autor de sus días y sus noches: la noche en Almodóvar es siempre cómplice, de un crimen y de una pasión y de un crimen pasional) tejen y destejen la trama con Paredes de Penélope renuente. Esas contradicciones forman parte de su encanto porque ese encanto, hay que decirlo, es otra novela rosa. Ni tan divertida como "Mujeres" ni tan inquietante como "Tacones", "La flor de mi secreto" es la mejor película de Almodóvar hasta ahora. La más perfecta técnicamente, la mejor escrita y la más moralmente integrada, este espectador sintió siempre que estaba ante una obra mayor. Olvídense de George Cukor, de Mitchell Leisen y hasta de Claude Chabrol que Pedro Almodóvar, ahora, es el mejor inventor de mujeres del cine: una suerte de Adán con costillas disponibles para crear varias Evas. Freud, no en su suave sofá sino en su lecho de muerte, confesó que nunca supo qué querían las mujeres. Ahora yo sé: Almodóvar sabe. Ese es el secreto de esa flor que lleva en su solapa, solapado.

Impulsada por interpretaciones estelares y un guión cargado de inteligencia, sutileza y sorpresas, ésta es, de lejos, la mejor película de Almodóvar en años y su órbita comercial debería expandirse en consonancia. […] Con su exuberante mezcla de tragedia, comedia y cruel paradoja, alimentada por dosis de realismo, romanticismo rural y un intrínseco sabor español, la película se desarrolla como un viejo drama de Hollywood borracho de sangría y bailando al ritmo flamenco"
David Rooney, "Variety", 21 de noviembre de 1995

En "La Flor de mi secreto" Almodóvar vuelve a la mordaz pero simpática comedia de sus primeras ( y mejores) obras. La película es graciosa y libre de esos matices que le han hecho parecer cansado y hasta aburrido. La mayoría de la película descansa sobre esos deliciosos y pequeños toques que conllevan un oscuro sentido del absurdo.
Caryn James, "The New York Times", 13 de octubre de 1995

Bellamente dirigida e interpretada, "La Flor de mi secreto" es, de hecho, el tipo de película que George Cukor solía hacer y que seguramente le hubiera encantado ver, con esa mezcla que tiene Almodóvar de humor, ternura y sabiduría.
Kevin Thomas, "Los Angeles Times", 3 de marzo de 1996.

Esta es una película irregular, con concesiones no tanto a la galería como al propio Almodóvar; pero son cine con sentimiento, humor, y personalidad; las imágenes centrales del desequilibrio doloroso y las finales de una cordura recobrada, una desesperanza aceptada.
Francisco Marinero, "Metrópoli", 6 de octubre de 1995.

En cierto modo, "La Flor de mi Secreto" es una contestación frontal a su anterior película, lo que convierte a este cineasta en un casi inmisericorde crítico de sí mismo.
Almodóvar alcanza las leyes de la armonía mediante dos recursos: una omnipresente actriz-médium, la magnífica Marisa Paredes, y varias divertidas adherencias colaterales a esta omnipresencia, pero que no interrumpen la musicalidad del desarrollo, sino que contribuyen a él mediante respiros y dilaciones buscadas e introducidas en el continuo con mucha cautela y sagacidad, sin fiarse de Almodóvar de su olfato y sacando una regla de cálculo de un escondite en la bocamanga.
Ángel Fernández - Santos. "El País", 22 de septiembre de 1992.

El último melodrama de Pedro Almodóvar es un retrato colorista y emocional de una mujer "al borde de un ataque de nervios". Después del inevitable éxito en España, "La Flor de mi secreto" seguramente hipnotizará a todas las audiencias mundiales de los cines de arte y ensayo, después de la decepcionante "Kika". […] Paredes despacha, con una cautivadora actuación como la desmoronada Leo, el tipo de papel que la transformará en estrella y que la dará reconocimiento mundial. Está ayudada por una multitud de habituales de Almodóvar, incluyendo la graciosa pareja formada por Chus Lampreave y Rossy de Palma, estrenando peinado como la batalladora madre y hermana de Leo, respectivamente."
Mike Goodridge, "Screen International", 6 de octubre de 1995.

Es uno de los films más emotivos, sinceros, cadenciosos y susurrantes del gran Almodóvar. [...] "La flor de mi secreto" tiene todos los caracteres de las obras del español Pedro Almodóvar, los altisonantes y los mesurados, pero vienen decantados por una voluntad no usual en un director narcisista: por esta vez deja el primer plano y le confiere ese espacio dramático y comprometido a su protagonista, Leo, es decir, Marisa Paredes; es decir Amanda Gris, y finalmente, es decir, Almodóvar, desdoblado en todas esas mujeres, que son una sola y que son él mismo. [...] El melodrama consciente, el humor constante y las actuaciones brillantes de intérpretes a quienes conocemos demasiado bien son rasgos de naturalidad en la obra de un artista cuyo discurso poético ya no pertenece sólo al espectador de cine.
Claudio España, "La Nación de Buenos Aires", 16 de mayo de 1996.

PREMIOS

Festivales
Festival de cine de San Sebastián. Septiembre, 95
Festival de cine de Nueva York. Octubre, 95
Muestra de cine de Sao Paulo. Noviembre, 95
Festival de cine de Londres. Diciembre, 95
Festival Karlovy Vary. Julio, 96
Festival de cine de Pusan. Septiembre , 96
Semana de cine español en Pekin. Abril, 97
Festival de cine de Shanghai. Octubre, 97
Semana de cine europeo "Mujer y Cine" de Marruecos. Noviembre, 97
Premios
Nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera
Nominaciones a los premios Goya al Mejor Director,Mejor Actriz (Marisa Paredes), Mejor Interpretación Femenina (Chus Lampreave y Rossy de Palma), Mejor Sonido (Bernardo Menz), Mejor Maquillaje (Juan Pedro Hernández), Mejor Peluquería (Antonio Panizza), Mejor Director Artístico (Wolfgang Burmann).
Premio del periódico El País al Mejor Director, por votación popular.
Premio a la Mejor Actriz en la 40ª edición de los premios Sant Jordi de cinematografia, instituidos por RNE.
Premio Fotogramas de Plata a la Mejor Interpretación Femenina: Marisa Paredes.
Premio a la Mejor Interpretación Femenina de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI).
Premio Olid-Melià, de Valladolid, a Marisa Paredes.
1996
Premio a la Mejor Interpretación Femenina (Marisa Paredes) en el Festival de Karlovy Vary.
Premio Nacional de Cinematografía: Marisa Paredes.
1997
Premio de la Asociación de Cronistas Hispanos de Espectáculos de Nueva York a la Mejor Actriz: Marisa Paredes.