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BUÑUEL, LOS PIES Y LAS PIERNAS.
A Buñuel le atraían mucho los pies, especialmente los de mujer. Los pies y toda su parafernalia: medias, zapatos, zapaterías, dependientas de zapaterías, etc. Las piernas también le gustaban bastante, y las medias. Para Buñuel la mujer empezaba por los pies.
La primera secuencia de "Él", una de mis películas favoritas de su época mejicana (junto a "Leave Her to Heaven" componen las dos torres gemelas, auténticas cumbres cinematográficas, sobre la psicosis de los celos), se lleva a cabo en una iglesia: un sacerdote le lava los pies a varios fieles en una ceremonia de Semana Santa. Como punto de vista del protagonista, la cámara va mostrando los pies de algunos penitentes hasta llegar a unos bonitos tacones negros de los que emergen sendas piernas. La dueña de dichas extremidades se convertirá en la dueña de su corazón, y en la prisionera de los celos más paranoicos y crueles.
En una escena de "Carne trémula", Elena se abraza desesperadamente a las piernas de Víctor. No se trata de un homenaje a Buñuel, ni el personaje de Elena es una fetichista. Elena está casada con un parapléjico, su vida marital carece de "pies" y de "piernas". Por esa razón estrecha contra sus mejillas los tobillos de Víctor y los rocía con su llanto entrecortado y matinal.

LOS CUERPOS
de los amantes reposan invertidos sobre la cama. Han recorrido toda la noche cabalgando el uno sobre el otro, el uno dentro del otro. Víctor se ha quedado amodorrado. Siente, medio en sueños, que Elena se agarra a sus piernas y recuerda el único día que fue a su casa, cuando Elena vivía con su padre. La televisión emitía una antigua película donde un tipo arrastraba por el suelo un maniquí femenino. Al rozar un escalón al maniquí se le desprendía una pierna. Aquella imagen surrealista se le quedó grabada a Víctor en la memoria y la recuerda al sentir los brazos de Elena alrededor de sus piernas. La película no era otra que "Ensayo de un crimen", de Luis Buñuel.

RODAJE DE INVIERNO.
España acaba de sobrevivir al invierno más caluroso de su historia (el invierno del 97). Para los exteriores de "Carne trémula" yo esperaba contar con esos cielos recorridos por nubes oscuras como el humo tan típicos de Madrid; pero la naturaleza no estuvo de mi parte y en lugar de cielos grises, de enero a marzo hemos padecido la insistencia de un sol cegador. No he tenido otra alternativa que aceptarlo como una imposición del destino (idéntico al de los cinco protagonistas, un destino incandescente y negro como las letras que Juan Gatti ha diseñado para el cartel).
Además de una metáfora que justifica el espléndido trabajo de Alfonso Beato (director de fotografía) y el de Gatti (responsable de la parte gráfica) este calor extremo, madrileño, invernal e infernal, ha provocado extraños y nuevos fenómenos en la naturaleza, rupturas y anticipos de ciclos ecológicos ante los que los observadores etnográficos todavía no salen de su asombro: las moscas nos han molestado todo el año (es el primer invierno con moscas que recuerdo), los grillos empezaron sus trinos en marzo cuando lo suyo es hacerlo a final de abril, el cuco anticipó en varias semanas el debut de su canto, y los cerezos cubrieron de flores blancas el valle del Jerte 45 días antes de su fiesta oficial. Algo así como si una novia decidiera vestirse de blanco y acudir a la iglesia dos meses antes del día de su boda sin avisar a los invitados. ¡Un desatino!. Idéntica premura ha impulsado a la mariposa de la col y a las cigüeñas, el calor prematuro las ha desorientado.
Víctor Plaza (Liberto Rabal) sale de la cárcel una mañana de este caluroso invierno. Y al igual que el sol imprevisto enloqueció a moscas, grillos, cucos, cerezos, cigüeñas y mariposas, la presencia de Víctor va a provocar una verdadera catarsis en Elena, David, Sancho y Clara, sin pretenderlo, simplemente por el hecho de estar vivo, sano, libre (y caliente) como el sol.

ELENA (Francesca Neri)
es hija única de un diplomático italiano viudo, una de esas "pobres niñas ricas", de infancia nómada y consentida.
Al final de los 80, Elena tonteaba con el abismo, el caos y las drogas duras. Una de esas interminables noches madrileñas, en el lavabo de un afterhour tuvo un encontronazo erótico con el adolescente Víctor. Cuando éste la llama por teléfono, una semana después, ella ni siquiera le recuerda. No le da opción a enrollarse porque la chica está esperando a un dealer. Víctor se queda frente a la puerta de la casa de Elena, frustrado, humillado, solo y rebotado. Es un adolescente solitario, susceptible y orgulloso, hijo de una prostituta con la que comparte una casa prefabricada en un barrio condenado a desaparecer.

DAVID Y SANCHO (Javier Bardem y Pepe Sancho, respectivamente)
son dos policías vestidos de paisano que patrullan el centro de la ciudad. El primero es un joven todavía por hacer (de haber tenido la oportunidad se habría convertido en un buen policía), el segundo le dobla en edad y en desesperación. Es un personaje típico de film-noir. Sancho bebe como un cosaco, desprecia y sospecha de todo bicho viviente. Según le confiesa a David, su mujer, Clara, se "entiende" con alguien. "Podría ser cualquiera de los que pasan por la calle"; lo dice y lo piensa, mientras mira por la ventana del coche. Obcecado, ciego, intoxicado, esclavo de la pasión como esos hombres mayores y gordos (los Broderick Crawfords, de "Human Desire") capaces de matar como único modo de liberación. Sancho, armado, supone un peligro en sí mismo, una auténtica arma letal. David, su compañero, lo sabe e intenta llevarle la corriente mientras pasean su tensión por las calles animadas y pacíficas de un Madrid noctámbulo.

CLARA (Ángela Molina)
es una hermosa mujer que merodea la cuarentena rodeada de plantas, flores y temores. En su juventud fue bailaora de flamenco. Del flamenco conserva esa mirada ancestral de mujer trágica y eterna. Imprevista y pasional. Maternal y fatal. En su momento debió amar intensamente a Sancho, pero de eso hace tiempo. Cuando él la llama desde el coche-patrulla (la aciaga noche del 90), Clara le responde con monosílabos. Tiene un ojo morado; antes de salir Sancho la golpeó, y no hay nada más doloroso para un enamorado que el recuerdo de haber golpeado a la mujer que ama. Ya en el 90 la relación con su marido atravesaba por un grave proceso de deterioro. Cuando Víctor sale de la cárcel el proceso es el mismo, pero seis años más deteriorado. La fragilidad de Clara la hace inmune al dolor, se ha convertido en un ser sin voluntad, una sombra de sí misma que recupera su cuerpo cuando encuentra a Víctor en el cementerio, dos días después de salir de la cárcel.

EMPEZAR POR EL PRINCIPIO.
Siempre fue un muchacho intempestivo, Víctor. Una fría noche de Enero de 1970 arrancó a su madre de la cama de la pensión donde vivía y trabajaba. No le dio tiempo a llegar al hospital, Víctor nació a mitad de camino, en el interior de un autobús. La ciudad estaba desierta, un viento helado no conseguía barrer el miedo de las calles. Y no era para menos, ese día el Gobierno de Franco había declarado el Estado de Excepción en todo el territorio nacional. Se prohibían todo tipo de libertades y se legalizaba la detención indefinida de cualquier español, sin la menor explicación (suspensión del Art. 18 del Fuero de los Españoles). Es muy saludable que muchos de los que vean la película ni siquiera sepan en qué consiste el Estado de Excepción.
Las primeras secuencias de "Carne Trémula" narran el nacimiento de Víctor, dentro de un autobús, en pleno y desierto corazón de Madrid.
La idea de este vibrante arranque no me la inspiró "Speed" sino mi propia madre. Hace algunos años, como parte de un documental que sobre mí realizaba la BBC 2, un equipo se desplazó hasta el pueblo donde vive mi madre, para entrevistarla. Yo hacía de improvisado traductor. Cuando el periodista le sugirió que contara alguna anécdota sobre mi infancia, mi madre comenzó narrando con todo detalle cómo vine al mundo, cuáles fueron mis primeros gestos, mis primeros sonidos, mis primeras reacciones. Yo me moría de vergüenza, después comprendí que sólo las madres y algunos genios poseen esa capacidad de abordar de inmediato lo esencial, sin esfuerzo ni pudor.
En efecto, no hay mejor modo de empezar una historia que explicando el nacimiento de su protagonista, es lo que se llama "empezar por el principio".

EL VERBO.
Dos días después de salir de la cárcel, Víctor va a visitar la tumba de su madre, que murió mientras él estaba "dentro". Contempla la humilde lápida, que sólo lleva inscritos el nombre de la difunta y los límites de su existencia. Víctor se dirige a la lápida como si realmente estuviera frente a su madre. Esta es una constante en algunos de mis personajes: la oralidad. No importa que el interlocutor sea un trozo de mármol (Víctor y la lápida), un supuesto muerto (Kika y el cadáver que está maquillando), una mujer que no puede responder porque está amordazada ("Átame") o dormida (Paul Bazzo a Kika, antes de violarla) y por supuesto el habitual diálogo con las flores, o con un contestador automático mudo (Pepa en "Mujeres..") o la oración frente al altar de un Dios ausente (La Madre Superiora en "Entre tinieblas"). Todos ellos son víctimas de la misma soledad e incomprensión. Por eso no cesan de explicarse a sí mismos, para que los demás les conozcan y les amen un poco. Hablando en voz alta al menos se sienten acompañados por su propia voz. Supongo que este es el principio de la oración, tanto en gramática como en las prácticas piadosas. Desde la escritura del guión, Víctor se perfilaba como un tipo solitario e incomprendido, pero locuaz. Hablaría hasta con las piedras, como es el caso de la lápida, en el cementerio. Eso no significa que sintonice con el mundo que le rodea. La química de la comprensión sólo funciona, y de inmediato, con Clara, porque ella es una mujer tan a la deriva como el propio Víctor, e igualmente básica y naïf.

MONÓLOGO ENTRE VÍCTOR Y LA LAPIDA DE SU MADRE MUERTA:
"Hola, madre. Hace dos días que estoy fuera. No he venido antes porque he estado limpiando la casa... Esta mañana he ido al banco a cobrar tu herencia. Ciento cincuenta mil pesetas. Cuando venía para acá, intentaba calcular la cantidad de polvos que habrás tenido que echar par ahorrar ciento cincuenta mil pesetas. Más de mil polvos, seguro. En cambio yo he conseguido el mismo dinero sin haber follado una sola vez. No es justo. Yo no creo que sea justo..."

EN EL CEMENTERIO
Después de este monólogo emocionado (en el que Liberto Rabal hereda directamente el trono que Antonio Banderas dejó vacante en "Atame") Víctor se da la vuelta y descubre una comitiva vestida con estupendos trajes oscuros y lo último en gafas negras de sol. Es el entierro del padre de Elena. Ella está irreconocible, el pelo recogido y oscuro le da un aire sobrio e intransigente. Pero a las mujeres les favorece el contacto con la muerte. Víctor la encuentra más seductora que nunca. A su lado, David se desplaza en silla de ruedas, acompañado por Sancho.
Rodeados de muerte, y por azar, nada más salir de la cárcel Víctor coincide con los personajes que le condenaron a ella. Elena no solo ha cambiado de peinado y de modo de vestir, del "lado más salvaje de la vida" ha cruzado y se ha instalado en la acera contraria.

EL AZAR.
Incluso el homenaje a Buñuel, con la inclusión de "Ensayo de un crimen", ha sido producto de la casualidad.
Como fondo para la escena en la que Víctor y Elena discuten en el salón (y ella le amenaza con una pistola que se dispara al caer al suelo), yo quería que el sonido del disparo se confundiera con otro disparo procedente del televisor. Necesitaba, por lo tanto, elegir un film en el que hubiera un disparo.
Películas con disparos hay millones, a producción le di una lista aleatoria, con los primeros títulos que me vinieron a la memoria: El primero fue "Hard Boiled" de John Woo. Abundancia de tiroteos deliciosamente coreografiados, que ilustran una historia supernaïf y encantadora, ideal para que Víctor la estuviera viendo después, mientras vigila el desmayo de Elena. Para esa secuencia yo ya había elegido el momento en que un heroico policía, después de poner a salvo a toda una planta de un hospital infantil, huye del fuego con un bebé en la cadera, las llamas le han alcanzado el pantalón, el bebé apaga el fuego incipiente con una oportuna meada. Pero debían ser películas producidas antes del 90, año en que se desarrolla la acción en C.T. Esto invalidaba el film de John Woo.
Mi segunda opción era "Tiger Bay", de John Lee Thomson. De niño yo era fan de Hayley Mills, (nunca fui adicto al cine infantil, con excepción de la simpática Hayley Mills). "La Bahía del tigre" me encantó en su momento. Vista con ojos contemporáneos la relación de asesino pasional (Horst Buchold) y la niña-testigo-rehén resulta increíblemente morbosa, esa es la razón por la que el film no ha envejecido. Existe una pulsión sexual, soterrada pero evidente, entre la niña enamorada del asesino, que le da a la historia un toque moral tan equívoco como atrevido para la época.
"La huída", de Peckimpah era la tercera de la lista. La pareja de amantes intercambiaba abundantes tiros y bofetadas, lo cual me permitía hacer un montaje paralelo, con la disputa de Víctor y Elena. Además adoro a Peckimpah, y a Jim Thompson, sus personajes tan desgarrados como desgarradores... (la relación Sancho-Clara posee cierto sabor thompsoniano, o eso me gustaría). Thompson es a la literatura lo que Goya a la pintura.
También pensé en "Gun crazy" (Josep H. Lewis), un thriller que rebosa fatalidad, donde los disparos forman parte de un show circense. Es la historia de dos virtuosos del tiro al blanco que además de amarse, dadas sus habilidades, están condenados a delinquir.
La última película de la lista era "Ensayo de un crimen", la última cuyos derechos se consultaron. Por razones económicas, burocráticas, de asequibilidad o de tiempo resultó finalmente la elegida. Tuve suerte. "Ensayo..." y "Carne..." no sólo tienen un disparo en común, ambas películas hablan de la Muerte, el Azar, el Destino y la Culpa (todo esto lo descubrí después).

LA MUERTE.
Para Buñuel, la muerte es parte del azar. Archibaldo de la Cruz, el protagonista de "Ensayo...", se acusa ante la policía como autor de varias muertes que sucedieron porque él así las deseó. La realidad demuestra que fue pura coincidencia en el tiempo, todas las muertes se debieron a causas naturales. Con una actitud típicamente española, Buñuel se burla de lo que más teme, la muerte y el complejo de culpa, dos sólidos pilares que soportan el peso de nuestra peor educación católica.
Mi generación y la de Buñuel fueron formadas en el miedo a la muerte y al castigo. Nacemos culpables de uno de los pecados más originales que se puedan imaginar, el llamado precisamente pecado original. Dudo que exista en la historia universal de la perversión, una invención más monstruosa que esta (la del pecado original) para iniciar a un niño en el conocimiento de sí mismo y de Dios. En "Carne trémula" la muerte acecha sin que nadie la desee, y sin que ninguno de los personajes sea capaz de evitarla, a pesar de lo previsible... Acontece por pura fatalidad. Ese sentimiento trágico de la vida (tan español como la esperpéntica burla de la muerte) impregna toda la película.

LA CULPA Y SU COMPLEJO.
Elena se siente culpable de todo lo ocurrido en el vestíbulo de su casa la noche en que Víctor la llamó y ella no le recordaba (sólo le había visto una vez, en el lavabo de un afterhour y estaba muy "pasada"). La noche en que Sancho patrullaba por las calles de Madrid y no paraba de beber para olvidar la infidelidad de su esposa, Clara. La misma maldita noche en que David no se atrevió a confesarle a Sancho, su compañero, que él mismo, David y no otro, era el que se estaba tirando a su mujer, Clara. La noche en que el dealer no llegaba y Elena estaba cada vez más ansiosa y cuando Víctor llamó al portero automático, ella le abrió por error creyendo que era el dealer, y que después de insultar y humillar al chico, viendo que éste no se iba, le amenazó con la pistola de su padre. La noche en que el azar y la llamada de una vecina hicieron que en su vestíbulo irrumpieran dos policías armados y enormes dosis de fatalidad...
Elena expía su culpa a través de una caridad compulsiva. Además de casarse con el policía parapléjico, ha creado con unas amigas una Casa de Acogida Infantil, a la que dedica todos sus esfuerzos (y su dinero). El complejo de culpa ha arraigado en ella de tal modo (como esas enredaderas que acaban engullendo las fachadas de las casas, auténticas depredadoras) que Elena sólo concibe la vida como un continuo auto castigo. Su compulsión con las drogas ha sido sustituida por una generosidad igualmente compulsiva. Vive asfixiada por su complejo de culpa (la palidez vampirizada de Francesca Neri es ideal para el papel).
Es la primera vez que en mis películas aparece una mujer con la piel tan blanca, pero no es la primera vez que utilizo el sentimiento de Culpa como motor para alguno de mis personajes. El de Antonio Banderas en "Matador" tenía una madre que militaba en la secta del Opus Dei, Antonio era víctima de un complejo de culpa tan delirante que acaba acusándose de todo lo que ocurre a su alrededor, para su desgracia es alumno de un asesino en serie... de cuyas muertes naturalmente se acusa, por lo cual es encarcelado... (la mala influencia de esa madre opresiva me servía para denunciar la monstruosa educación religiosa que yo había recibido en mi infancia).
De un modo muy distinto, en "Tacones lejanos" el personaje interpretado por Victoria Abril utiliza su conciencia de culpa para agredir a los demás, en concreto a su madre, para llamarle la atención y para vengarse de ella. Se confiesa culpable de un asesinato, en pleno telediario del que ella es locutora, con la seguridad de asestarle un duro golpe a la madre que la estará viendo: la culpa como arma arrojadiza e instrumento de venganza. Casi lo contrario de lo que ocurría en "Matador".
En "Carne Trémula" el complejo de culpa devora al personaje, le impide vivir con alegría y resulta tan nocivo como lo opuesto (es decir, la inconsciencia de los propios actos, o el desprecio hacia los demás). Probablemente Elena sea el personaje femenino más triste de los que he escrito. De hecho esa es una de las novedades de C.T. respecto a mi cine anterior: la autonomía moral, la fiereza, la capacidad de decisión, etc. que hasta ahora habían adornado a mis personajes femeninos, en C. T. son características de los personajes masculinos. Para superar los problemas uno no debería situarse en el extremo opuesto, y mucho menos de un modo fanático. Una de las escenas más crueles de la película es cuando Elena le confiesa a David que en su ausencia ha estado follando toda la noche. Desde su redención, Elena ha decidido no volver a mentir, ya mintió bastante cuando estuvo enganchada. Pero la verdad puede destruir en la misma medida que la mentira.
A la mañana siguiente, cuando David le pregunta qué piensa hacer, ella le responde "Quedarme contigo... porque tú me necesitas más que él..." Lejos de suponer un alivio, la sinceridad y la generosidad de Elena resultan insultantes y desde luego humillantes. Y provocan que el propio David reaccione de un modo perverso:"Está bien", le dice, "seguiré aprovechándome de tu complejo de culpa".

EL GÉNERO.
Como casi todas mis películas, "Carne Trémula" no es fácil de clasificar en cuanto a género. Solo sé que es la película más desasosegante que he hecho hasta ahora, y la que más me ha desasosegado.
No es un film de suspense, ni policiaco, aunque haya policías y disparos con culpables que son inocentes. Tampoco es una secuela de "Arma letal", aunque haya dos policías, uno joven y otro mayor. No es un western crepuscular, aunque me gustaría rodar uno algún día. Tampoco es una película erótica, aunque haya varios polvos explícitos, naturales y didácticos, y la historia transcurra en el terreno del deseo carnal más descarnado. A juzgar por las primeras reacciones, parece que me ha salido un film muy sexy. Desde luego, los protagonistas poseen una presencia arrolladora y un indudable tirón físico.
C. T. es un intenso drama, barroco y sensual (totalmente independiente de la novela de Ruth Rendell que lo inspira) que participa del thriller y de la tragedia clásicos.

EPÍLOGO
La película empieza y termina con un nacimiento en plena calle y durante las fiestas navideñas. En el primero nace Víctor, mientras la voz de Fraga Iribarne desgrana por la radio, (con una dicción atropellada, impropia de una persona cultivada) el horror que significa para el pueblo español la declaración del Estado de Excepción. El segundo nacimiento es el del hijo de Víctor. Víctor y la futura madre están atrapados en un atasco. Aunque los nervios ante la inminencia del parto sean los mismos, las circunstancias no admiten comparación. Veintiséis años antes, las calles estaban desiertas, ahora el bullicio hace que los coches no puedan ni moverse, las aceras están repletas de gente alegre, borracha y consumidora. Hace tiempo que en España la gente ha perdido el miedo, sólo por esa razón el hijo de Víctor nace en un país mucho mejor que en el que nació su padre.
No se me había ocurrido (pero pensando en el género, tan difícil de asignar) tal vez, "Carne Trémula" no sea sino un cuento de navidad. Odio la navidad, pero me gustan los cuentos navideños, especialmente si son muy tristes. Pedro Almodóvar.