| MODORRA
Por Pedro Almodóvar
Llego amodorrado al rodaje, estamos
en la 11ª semana de rodaje, la ducha, el café
no bastan para despertarme.
Mi cuerpo llega al estudio mientras mi alma vaga todavía
por mi casa o viene de camino.
Indico al primer ayudante (verdadero árbitro de todo
el tinglado) por qué plano empezamos la jornada.
Él se lo transmite al cámara y el director
de fotografía (dueño no sólo de la
luz sino también del tiempo) se dispone a dirigir
una coreografía vertiginosa en la cual los eléctricos
son el cuerpo de baile. De todos los equipos que forman
El Equipo, el departamento de fotografía es el que
cuenta con los miembros más atractivos, los que trabajan
más rápido y más duro y los que devoran
mayor cantidad de bocatas. Poseen ese físico rotundo
y “normal” que caracteriza a los jugadores de
fútbol.
Mientras los eléctricos transportan cables, regletas,
estucos, focos, pantallas, etc., yo me retiro a mi camerino
con la esperanza de que el silencio deposite su balsámica
mano sobre mi cabeza y haga la luz dentro de ella.
Espero, modorro, a que el cameraman haya ensayado los movimientos
con la cámara y el director de fotografía
haya creado la atmósfera. Entonces entro yo, les
indico a los actores cómo deben moverse por el decorado
y porqué; normalmente me pego como una lapa y me
muevo con ellos. Después leemos el texto, les impregno
de mis intenciones, que muchas veces están entre
líneas, les sugiero el tono y ellos siguen con aplicación
mis indicaciones.
Cada jefe de equipo tiene algún detalle que corregir
en el último momento. Vuelvo a indicar a los actores
la música de cada palabra, la longitud de cada pausa,
la tesitura de cada frase. Los dirijo como si fueran cantantes
sonámbulos de una ópera cuya única
música son sus palabras.
Lo mismo que uno es inconsciente en el momento justo en
que te quedas dormido, yo no soy consciente del momento
en que me despierto, pero siempre coincide con la aparición
de los actores (actrices en esta película) y mi trabajo
con ellos. Totalmente espabilado me sitúo junto a
la cámara, o frente a la pantalla del vídeo
que conectado a la cámara reproduce el plano. A partir
de ese momento mi cuerpo es como un conglomerado de 100
Kg. de adrenalina. Soy todo ojos y oídos que vigilan
a los actores en su delicado, neurótico y conmovedor
juego.
En la undécima semana de rodaje sólo mi trabajo
con los actores, único e intransferible en todos
los sentidos, consigue despertarme.
LOS OJOS DE LOS ACTORES
No me pregunten por qué, pero “Volver”
es una historia que se cuenta a través de los ojos
de los actores. Desde el principio me he sentido obligado
a verlos, y este impulso, un poco abstracto pero muy poderoso,
me ha obligado a una planificación determinada en
la que casi no se notan los emplazamientos ni los movimientos
de la cámara.
Me he dado cuenta de esto cuando el sábado vi el
material montado, con mi músico Alberto Iglesias.
La cercanía a los actores te obliga a una planificación
digamos clásica; lo opuesto, para entendernos, al
estilo Dogma (aunque eso no quiere decir que no me gusten
sus películas. De hecho me gustan todas, pero detesto
las de sus seguidores).
NOCHE DE MONÓLOGOS
En el guión de “Volver” hay una larga
secuencia, que casi es un monólogo porque sólo
habla un personaje, el interpretado por Carmen Maura. En
dicha secuencia Carmen explica a su hija del alma (Penélope)
las razones de su muerte y las de su vuelta a la vida, a
lo largo de seis intensas páginas y seis no menos
intensos planos. Esta secuencia es una de las razones por
las que yo quería rodar “Volver”, he
llorado todas y cada una de las veces que he corregido el
texto. (Me siento como el personaje que interpretaba Kathleen
Turner en “Tras el corazón verde”, una
ridícula escritora de novelas rosas, muy kitsch,
que lloraba mientras las escribía).
Todo el equipo es consciente de la importancia de esta secuencia
desde que empezamos la película y tanta expectación
ponía un poco nerviosa a Carmen. Ella quería
abordarla cuanto antes para quitarse ese peso de encima.
Empleamos toda una noche en rodarla, y desde el meritorio
hasta yo mismo teníamos esa extrema concentración
ante las escenas difíciles que justo por ello se
convierten en las escenas más fáciles, porque
todos damos lo máximo de nosotros mismos. De nuevo
vuelvo a sentir esa complicidad sagrada con Carmen, esa
maravillosa sensación de estar ante un instrumento
perfectamente afinado para mí. Todas las tomas son
buenas, y muchas de ellas extraordinarias. Penélope
la escucha. En esta película se habla mucho, se oculta
mucho, se escucha mucho y para ser una comedia (eso dice
el equipo) se llora mucho.
En una noche tan complicada como esta recibimos la visita
de Cecilia Roth y Felicity Lott. Ambas interpretan en el
teatro de la Zarzuela “La voz humana” de Cocteau
(Cecilia) y la opera de Poulenc basada en el mismo texto
(Felicity). Demasiadas emociones para una noche en que sólo
había cabida para una: el monologazo de Carmen.
Con Cecilia comento la importancia de la “La voz”
en mi trayectoria. Carmen la interpretaba en “La ley
del deseo”, ¡y cómo! Es maravilloso comprobar
que desde “La ley” (para mi gusto, su cima como
actriz) al monólogo de esta noche, Maura no ha cambiado
como actriz. No ha aprendido nada porque ya lo sabía
todo, pero mantener ese fuego intacto a lo largo de dos
décadas es una tarea admirable y difícil que
no podría decir de todos los actores con los que
he trabajado.
La presencia de Cecilia, la acumulación de monólogos,
la noche y mi propia voz interior me llevan a pensar en
estos últimos veinte años, el tiempo transcurrido
entre “La ley” y “Volver”. En cómo
hemos cambiado, mejor dicho, cómo he cambiado, porque
yo creo que en lo personal Carmen no ha cambiado casi. Sigue
siendo la dulce dicharachera, que huye de complicarse la
vida y que la vive con un humor relajado y nada chirriante.
En comparación con ella noto que todo yo soy más
pesado, no sólo físicamente. Antes mi carga
era mucho más ligera. Los contratiempos y las dificultades
encendían en mí una chispa disparatada que
no sólo los desactivaba sino que a veces los convertía
en inspiración.
Recuerdo, por ejemplo, el día que íbamos
a rodar la escena de “La voz humana” en “La
ley”. Nos habían prestado el teatro Lara por
un solo día. Cuando llegué a las ocho de las
mañana y vi el decorado sobre el escenario me puse
furioso. No me gustaba nada y sólo teníamos
ese día para rodar.
Aunque era temprano pedí un hacha. Nadie pareció
extrañarse, me la trajeron. Y una vez que la tenía
en la mano me puse a darle hachazos al decorado. Llamamos
a Carmen y le di el hacha. “Cuando empieza la escena
tú estás desesperada hasta el paroxismo, mientras
esperas la llamada de teléfono destruyes la casa
que compartiste con tu amante”, le dije. Carmen me
miró con una sonrisa de niña traviesa y cómplice.
¿De verdad? Me preguntó.
Le di el hacha y la emprendió a hachazos con el decorado
de su habitación. A mí me gustó mucho
más esta solución que lo que había
proyectado hacer cuando la preparaba.
¡Bendito decorado feo!
Ahora un decorado que no es de mi agrado me provoca una
crisis de ansiedad. Lo que antes resolvía con humor
salvaje e inconsciencia, ahora lo hago con ejercicios de
respiración y algún tranquimazín. Pero
no me quejo.
©Pedro Almodóvar
Este texto
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