VOLVER A DIARIO, por Pedro Almodóvar

1.
Se me acerca un hombre mientras desayuno en un bar. Me dice que ha visto “La mala educación” tres veces. Como acostumbro, le agradezco el detalle.
La primera vez me dormí, me explica el desconocido.
¿Tanto le aburrió?
No, al contrario, responde. Estaba completamente enganchado, pero me entró sueño y me dejé ir. Después naturalmente volví a verla, pues lo poco que vi me dejó muy intrigado.
¿Y?
Me gustó más que la primera vez, pero hubo otro momento en que estaba tan relajado que también me dormí. Y lo mismo me ocurrió la tercera vez.
Entonces, ¿no ha llegado a verla nunca entera?
Pues no. Estoy esperando que salga en DVD para verla tranquilamente en casa.
El hombre aparenta algo más de cincuenta años y no hay en él nada que llame especialmente la atención. No sé qué aspecto tienen los narcolépticos pero éste desde luego no tiene pinta de padecer la enfermedad del sueño súbito. Y tampoco parece estar bromeando.
Pues no sé qué decirle, le digo.
No se lo tome a mal, añade él, pero cuando algo me gusta mucho me relaja y puedo llegar a dormirme, es una sensación muy agradable, se lo digo como un halago. Bueno, también... ahora estoy tomando una medicación para controlar la ansiedad, y el médico me dijo que podía provocar somnolencia.
Entonces no hay duda, digo con énfasis, ésa debe ser la explicación. Se duerme por las pastillas, no por mi película!
¿Vd. no padece ansiedad, angustia o desesperación?, me pregunta, inconsciente de que es la letra de un bolero. Mi psiquiatra me ha dicho que estos problemas suelen aparecer alrededor de los cincuenta. Por si fuera poco, yo además le tengo un miedo atroz a la muerte.
Le señalo el periódico: Acabo de leer una entrevista con Julian Barnes, el escritor inglés, a propósito de su último libro de relatos. Entre otras cosas dice que es mentira el mito de que con la madurez llega la serenidad. La realidad es más bien lo contrario...
Estoy de acuerdo. ¿Cómo se llama el libro?
“La mesa limón”. Es una colección de cuentos, cuyo tema es la muerte, y la falta de serenidad de la gente mayor.
Pero yo no soy mayor, me dice.
Ni yo, le digo. Ni Julian Barnes. Pero los tres pensamos que con los años no conseguimos esa paz interior de la que tanto hemos oído hablar.
El fan espontáneo se va a comprar el libro y yo me dirijo a mi oficina, tengo una cita con tres mujeres y un guión.

2.
El guión se llama “Volver” y habla justamente de la muerte, pero en un tono menos angustiado que el del hombre que se dormía viendo “La mala educación”. Más que de la muerte en sí, el guión versa sobre la rica cultura de la muerte en la región manchega donde nací. Sobre el modo (nada trágico) con que varios personajes femeninos de distintas generaciones, se manejan dentro de esa cultura.
Al otro lado de mi mesa, en El Deseo, sentadas frente a mí, tengo a tres de las actrices que protagonizarán “Volver”. Cada una de ellas significa una importante vuelta: la Más Esperada, Carmen Maura. Y dos vueltas más, llenas de sentido y sensibilidad: Penélope Cruz, con la que he trabajado en dos ocasiones, actriz y mujer a la que adoro dentro y fuera de los platós. Y Lola Dueñas. Con Lola trabajé en “Hable con ella” (una enfermera, compañera de Javier Cámara) y me quedé con ganas de más.
El encuentro me produce gran excitación. A pesar de que en este circo me ha tocado el papel de domador, eso no significa que no me cueste trabajo romper el hielo. Pero en eso consiste, entre otras cosas, ser director (en un país europeo, al menos). Soy el rompedor de hielos, la chimenea que caldea el ambiente, la madre-padre-psiquiatra-amante-amigo que con una sencilla palabra te hace recuperar la seguridad.
Una película, el conjunto de todos los procesos que la componen, supone un gran manojo de preguntas, por eso el carácter aventurero de un rodaje. El valor de la aventura no es proporcional a la cantidad de respuestas que uno encuentra en el camino, sino directamente proporcional a la resistencia de sus miembros. La cuestión consiste en que el director conduce un tren sin frenos, y su trabajo es conseguir que el tren no descarrile. Así lo veía Truffaut.
Mi primera pregunta siempre es: ¿volveré a sentir la misma pasión de las quince veces anteriores por una nueva historia? Éste es ese tipo de preguntas sin cuya respuesta más vale no embarcarse en un nuevo proyecto.
Con “Volver” la respuesta es afirmativa, claro. De nuevo tengo la sensación de tener entre las manos una historia (fábula, tesoro y secreto) en la que ansío abismarme.

Yo no soy consciente en el momento, pero cuando miro a Carmen, Penélope y Lola inevitablemente me pregunto, si este trío de fisicazos funcionará como familia (el personaje de Carmen es la madre de las otras dos). Este tipo de pregunta no exige respuesta. Hay que hacer la película para averiguarlo, pero yo las miro y las siento ya como madre e hijas. Las tres tienen en común que deben hacer de manchegas sin serlo y las tres tienen unas ganas locas de ponerse las pilas. Esas ganas son en sí mismas un espectáculo del cual soy el primer y a veces único espectador. Las miro y nada me chirría. Con esto basta. En este trabajo la intuición es la que manda.

Les propongo empezar a leer para romper el hielo. Trabajo de mesa, le llaman los del teatro. A veces las interrumpo para explicarles detalles sobre sus personajes, anécdotas reales en las que me he apoyado. Una lectura no llega a ser un ensayo, pero yo siempre me extralimito. Sin darme cuenta me encuentro indicándoles tonos, intenciones veladas, paralelismos misteriosos. Carmen caza mis insinuaciones al vuelo.
La lectura rula, fluye como una canoa en cuyo interior remarán al mismo compás las tres actrices.
Penélope y Lola se lanzan con soltura y aparentemente sin miedo. Hay mucho miedo en los primeros balbuceos, pero yo no lo noto, o no quiero notarlo.
Me doy cuenta de que estoy hallando respuesta a una pregunta que ni siquiera soy consciente de habérmela formulado: ¿Volveré a entenderme con Carmen, como en los ochenta? Ha pasado mucho tiempo. Nos han pasado muchas cosas. La química, esa cosa inaprensible y milagrosa, volveremos a sentirla?
Oigo leer a Carmen, integrando mis indicaciones y siento que seguimos siendo los mismos de “la ley del deseo”, tengo que tocarme la barriga para darme cuenta que el tiempo ha pasado. Diecisiete años.

©Pedro Almodóvar
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Penélope Cruz y Carmen Maura en la mesa de trabajo.
© foto: Pedro Almodóvar.

Cruz, Maura y Lola Dueñas durante la lectura del guión.
© foto: Pedro Almodóvar.